Se acabaron las salideras bancarias, ningún hombre quemó a su mujer, y tampoco tenemos noticias de una muerte violenta en la que hubiera intervenido un menor de edad reticente a ser incluido en los múltiples programas de inclusión social que abundan en la provincia. Ni hablar de los secuestros virtuales protagonizados por los reclusos que, amén de vivir a expensas del Estado, se resistían año tras año a resocializarse, y actuaban al amparo de algunos jueces que privilegiaban sus derechos por encima de aquéllos que les correspondían a las víctimas. Se jactaban de ser garantistas. Me pregunto de qué. Aquél que tenía las agallas de salir a delinquir, a convertirse por decisión propia en motochorro, a exponer su vida por unas pocas monedas que podía llevarse de la cartera de una dama, debía saber que la sociedad –nosotros, porque él se fue, eligió salir– debía defenderse a ultranza. Y en tiempos violentos, para los amigos todo, para los enemigos nada. Leer más