La otra muerte

lucia-perezA las mujeres nos matan por ser mujeres. Eso tiene un nombre. Está tipificado jurídicamente: se llama femicidio. Pero la mayoría de los medios, sobre todo los hegemónicos, nos niegan hasta eso: somos “otro caso más de homicidio”, en sus frías páginas que, cuando no cuentan mal lo que nos pasa, fomentan la misoginia y el machismo.

Se pone, una vez más, el foco en la víctima, en la nueva mujer masacrada. Se habla de su vida, de qué hacía y con quién. Y eso es sólo una forma de buscar justificativos para un tipo de crimen que tiene un único motivo, que nada tiene que ver con cuántos porros fumó Lucía: el femicidio es el acto horrible realizado por un hijo dilecto de la sociedad patriarcal. Alguien que cree, que por su condición de mujer, cualquiera de nosotras debe someterse, como sea, a sus designios y deseos. Y ahí, no sólo nos violan, nos humillan, nos violentan de decenas de otras maneras, nos lastiman: nos matan. Nos matan. A nosotras se nos va la vida mientras algunos eligen hablar de “narcotráfico”, por ejemplo.
A Lucía no la mató la droga. A Lucía no la mató una red narco, ni un dealer enojado o un adicto fuera de sí. A Lucía la asesinaron hombres que creyeron que podían hacer de su cuerpo el campo fértil de sus perversiones y su misoginia.
Y el reflector debería estar puesto ahí, deberíamos utilizar cada espacio radial y televisivo, cada palabra dicha o escrita en educar, en generar estrategias en conjunto para abolir la matriz patriarcal de esta sociedad engendradora de hombres que matan mujeres por ser mujeres.
Pero no. Pasan los días y vemos cómo por un click más, el título y los comentarios son sobre otras cosas. Es como si dejáramos el cuerpo de Lucía ahí tirado, en la salita en donde la llevaron, y lo pisáramos, lo escupiéramos. Es decir, lo vejáramos de nuevo.
Lucía murió de dolor. ¿Se entiende? Le dolió tanto, porque la empalaron, que murió, después de que le hicieran infinidad de otras aberraciones. No fue el Chapo Guzmán ajustando cuentas, no fueron monstruos ni extraterrestres. Fueron hombres. Hombres que viven en nuestra ciudad, que circulan por nuestros barrios. No son demonios, son hijos sanos del patriarcado, porque nacieron y se criaron así: creyendo que pueden dominarnos, usarnos y tirarnos, como cosas.
Y los mismos medios que nos bombardean con la “inseguridad”, son los que elijen desviar el foco y colocarlo en otro lado. Como hicieron con tantas otras pibas víctimas de femicidio. Que si la ropa, que si la hora, que si salía mucho, que si fumaba o tomaba… Poniendo la culpa sobre sus cadáveres, como mortaja cruel e injusta.
Nos matan y casi, casi, dicen que andamos por ahí suicidándonos por usar pollera corta, por andar de noche, por fumar un porro o tomar una birra. Porque creen que buscamos que nos apoyen en el bondi, que nos sigan por la calle diciéndonos todas las perversiones que se les pueden ocurrir en esos segundos que los cruzamos en alguna vereda. Piensan que queremos que nos fuercen a hacer cosas, porque creen que cuando decimos no, en realidad queremos decir que si.
Ese es el núcleo sólido de la sociedad enferma. Una sociedad que cría hombres que matan mujeres por ser mujeres. Y eso es lo que hay que repetir, lo que hay que subrayar. De lo que hay que hablar hasta que se entienda, hasta que sea eso lo que se enseñe, lo que se difunda, y no si es muy tarde para que andemos por ahí “solas”.
Nos matan, todos los días. Nos violan, nos acuchillan, nos degollan, nos prenden fuego, nos empalan, nos tiran en bolsas de basura. Todos los días. Y ni siquiera hablan de femicidio, cosa que resulta clave para empezar a entender una problemática que nos atraviesa como un rayo a todos y todas.
Pero las tumbas las ocupamos nosotras. Y ninguna marcha trae de vuelta a Lucía. Ninguna jornada, ninguna concentración, ningún posteo indignado en Facebook le devuelve la vida. Pero vamos a seguir manifestándonos, porque es la única manera de seguir diciendo las cosas por su nombre, de insistir en la urgencia obvia. Nos matan por ser mujeres. Ocultar esto, soslayar la única verdad, es someternos a otra muerte y seguir sosteniendo la estructura machista de la sociedad en la que transcurre nuestra vida y en la que muchas de nosotras la pierde.

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