Consideraciones necesarias frente a las postales y discursos de la inseguridad
Los medios de mayor llegada exponen episodios de linchamiento, de “legítima defensa”, o nos ponen en primera plana la voz impotente, desgarrada de los familiares de las víctimas de episodios de robo en que se cargan vidas. Todo ello se replica en menor escala y se vuelve la cuestión del momento.
Se desata el drama, se lo televisa. Despiertan lo peor. Aparece un peligroso “ellos y nosotros”.
Se trabaja -a la vez que se gesta con cierta naturalidad- un compenetramiento, una identificación con la víctima,que es presentada como el ciudadano de bien, correcto, cumplidor, laborioso, familiero, Hijo/a, padre, madre, novio/a, hermano/a. Trabajan la idea del tipo que hace todo por “derecha”, laborioso emprendedor, que se hizo un porvenir con estudio y/o laburo, a veces les rinde la historia del trabajador de procedencia humilde que eligió el camino del bien.
Asoma más un sentido de venganza que de justicia, el ensañamiento, la irracionalidad y los impulsos, expresiones despreocupadas de un análisis serio de la problemática y faltas de cualquier racionalidad de sistema.
No cabe lugar para planteos referidos a un fundamentalismo de DD.HH., que repara en los derechos humanos del victimario, dirigidos a quienes entran a escena y tanto eco se hacen. Enseguida se responde: “¿y nuestros DD.HH. dónde están? ¿A mi quien me defiende?”.
Se acusa una ausencia del Estado. ¿Acaso pretendiendo que se ataje el delito en cada esquina? Frente a tal estado de indefección del que se habla cobra fuerza un peligroso “ellos o nosotros” y una prédica de “justicia por mano propia”. Se es testigo de premisas peligrosas, profundamente sentidas.
Se apunta contra la insuficiente o pésima política de seguridad, contra la policía, contra la justicia y eventualmente contra las legislaciones. Asoma el pedir penas más duras, efectivas, más severas, mano dura, más policía. ¿Efectivamente eso evita/disuade/cesa la comisión de delitos contra la propiedad, violentos, que pudieran cargarse vidas? Razones de sobra para decir que eso es limitado, desaconsejable y que a fin de cuentas tampoco lleva al cese de la “inseguridad”.
Mal que les pese a quienes se embanderan detrás de estos discursos y mal que nos pese a quienes tenemos otras miradas al respecto, ¿acaso los hechos en materia de políticas de seguridad, las legislaciones, el aprisionamiento no han ido en el sentido que estos discursos proponen? Da la impresión de que sí.
Las cárceles están superpobladas. Llenas de pobres, de jóvenes pobres encarcelados por delitos burdos, visibles, aunque no por eso menos violentos, acaso muy violentos. Muchos de los cuales se hallan privados de su libertad sin su debido procedimiento, sin condena firme. Efectivamente -a tono con esa predica de ensañamiento vengativo frente a quienes perpetran los hechos- a juzgar por la suerte de la mayoría se pudren en la cárcel. Y después escuchamos a tantos batiendo contra el garantismo, que bien entendido como no defenderlo. La puerta giratoria parece el beneficio de una pequeña fracción y en gran medida una construcción redituable para algunos.
Asoma peligrosamente la pretensión de militarizar las barriadas populares. Se refuerza la estigmatización de la pobreza y de los jóvenes pobres en particular.
Nunca han cesado esta clase de expresiones. Periódicamente repuntan. ¿Acaso estamos en las vísperas, en los inicios de un relanzamiento del “blumbergismo”?
Es un tema delicadísimo. Digamos en principio que se trata de una tragedia social.
Valga nomirar los hechos como algo que les pasa a otros. Esto hay que tenerlo bien claro: ¿Qué puede pedírsele a quienes son víctimas?
Llamemos al temple. Es ciertamente difícil. El tratamiento mediático cala hondo. Se obnubila lo analítico. Se lamenta que aquellos que pudiendo poner paños fríos y llamarse a una mirada más analítica, elijan el imperio de los impulsos y queden enfrascados en la identificación con el “otro” víctima a quien se ha puesto en primera plana, afincados en ese desdeñable “ellos” y “nosotros”, en ese “podría ser yo”.
A muchos les sienta bien decir que al “pan pan y al vino vino”, les gusta la cuestión fácil, se quedan en lo que gusta pensar, lo rápido, sin más rodeos. Permítaseme disentir. La cosa es más difícil y debe conocer de matices y juicios difíciles. Aquí hay más de circunstancias que marcan a fuego y extremas necesidades y menos de maldades inherentes. Acaso valga ver victima en el victimario. Y sí, es “piantavotos” decirlo.
Si se mira a la inseguridad propiamente como un fenómeno social, como tal explicable por cuestiones estructurales, recaer explicativamente sobre las personas refiriendo a características inherentes o al libre albedrío de las personas, pensarla como una agregación casual de conductas individuales es completamente insensato. A veces esa torpe lectura es la que prima.
En los principales medios, el abordaje ha sido extenso. De manera que incluso se han mencionado cosas que uno mismo se hallaría deseoso de decir. Pero no hay que quedarse con eso, sino que con lo que sobresale del tratamiento que han hecho, de lo que más han subrayado. Ha sido, como de costumbre un tratamiento canalla, orientado a reforzar desdeñables discursos.
Mejor sería que hablaran de las connivencias policiales con más énfasis y que digan que hay que ir por quienes orquestan el negocio o desencadenan gran parte, contra actividadesilegales que desencadenan y dan sustenta la comisión de muchos delitos violentos contra la propiedad y la integridad física o la vida misma de las personas. Porque se apunta ante todo al delito burdo contra la propiedad, al eslabón más débil, al último eslabón, al delito de poca monta pero visible, más cotidiano.
Predomina un quedarse en los efectos, una prédica de que resolver la inseguridad pasa por lo policial, por lo judicial, por atajar los hechos, prevenirlos, castigar, disuadir.
Se habla menos y con menos énfasis de las causas. Sería un error alistar con exclusividad a las causas dentro de la llamada “la cuestión social”. No se agota ahí. Pero se insistirá en ello: en la inseguridad como hija de “la exclusión, la desigualdad, la privación, hija de situaciones que son caldo de cultivo”.
Además hay que tener una política securitaria en el “mientras tanto”. Cierto “progresismo”–torpemente- parece desentenderse de esa agenda. Pero paraMacri no hay ningún “mientras tanto”. El –su- programa neoliberal en curso refuerza “las causas”: es exclusión, privación, más desigualdad. Su plan securitario no dará grandes soluciones tampoco, no será cerrar el grifo, sino salir a atajar los chorros, acaso no pueda, será más violencia social, más comisión de hechos de inseguridad.
La agenda de la inclusión social, de construir un piso de derechos, un piso de dignidad, de integrar, de reparar grandes desigualdades no es la de este gobierno, ni tampoco parece ser la de forjar una auténtica seguridad democrática, aunque hay algo de meter manos en el asunto por tierras bonaerenses –será eso probablemente- tema de una futura columna.
