A propósito de la “relanzada inseguridad” de los medios.

costa inseguridadDifícilmente puedan los grandes medios construir una imagen de la inseguridad sin correspondencia alguna con hechos de la realidad. La inseguridad existe. Se deja ver. Se experimenta en la vida cotidiana. Te anoticias con independencia de los medios. Hay realidad y sensación, las dos cosas. Hay sensaciones que se pueden ajustar más o menos a la realidad.

Pero… los medios de mayor llegada, con independencia de las estadísticas, de las manifestaciones y variaciones reales de los hechos de inseguridad, pueden tapar, retomar, relanzar, reforzar, poner y quitar de agenda a la inseguridad como problemática, pueden darle mayor o menor tenor. El país es grande, el conurbano bonaerense o la provincia también y hechos de los que agarrarse siempre va a haber.
Al referirse a la inseguridad construyen sentido común a la vez que se asientan en lo que es parte de ciertos discursos “extendidos” que solemos llamar del sentido común. Los medios median entre nosotros y la realidad. Valga echar por tierra esa mirada hacia los medios como guardianes de la verdad, como ventana a la realidad y como ávidos de plantar cara al poder, fiarse de ellos como si no estuvieran atravesados por intereses, como si esa imagen que devuelven no pueda ser antojadiza y llena de falacias, como si no fueran en gran medida usinas al servicio de poderosos.
Se puede hablar de exageradas sensaciones de inseguridad, de imágenes instaladas que se alejan de la realidad y de maneras desdeñables de abordar la temática.
La inseguridad –por si quedara alguna duda- es una problemática acuciante y que reclama la atención de las autoridades gubernamentales, tomar cartas en el asunto. Valga poner en cuestión cuáles deben ser las intervenciones del Estado en la materia, cómo se la piensa, cómo se la concibe y cómo se sitúa a la “inseguridad” entra las problemáticas que atraviesan a la sociedad.
Inseguridad es un término que ha quedado reducido a los actos contra la propiedad y la integridad física de las personas, principalmente a arrebatos violentos contra la propiedad, que eventualmente pueden llevarse vidas.
En algún momento hay que plantear estas preguntas: ¿Cuánto es mucho? Difícil responderlo. ¿Qué indicadores habría que tomar? ¿Qué tan fiables son las estadísticas? ¿Acaso vale trazar comparaciones?
Comúnmente, un indicador al que se ha referido ha sido la tasa de homicidios. Un buen indicador, hagamos primar la vida. El AMBA registra tasas mayores a la de los países europeos, similares a las de los conurbanos de países semejantes como Uruguay y Chile y mucho menores que las reflejadas en la mayor parte de los países latinoamericanos.
¿Cómo está compuesto ese universo de homicidios? Un quinto lo componen los homicidios en ocasión de robo y otro tanto por ciento el gatillo fácil y los casos de “legítima defensa”. En total, un tercio. El resto: reyertas, homicidios intrafamiliares, femicidios, ajustes de cuentas. Es decir, el resto lo componen circunstancias que no son habitualmente tematizadas como parte de la inseguridad. Son de todos modos muertes violentas que no se hallan igualmente tematizadas. Nótese que unos hechos tienen más visibilidad mediática que otros. Hay hechos subrrepresentados y sobrerrepresentados. Hay construcciones de sentido alrededor de la inseguridad que hay que poner en cuestión.
Da la sensación que lo que se subraya son los hechos más violentos que tienen por víctimas a sectores medios y altos, a ciudadanos que dan con ciertos prototipos, que suponen arrebatos contra la propiedad, de que para los medios hay vidas que valen más y vidas que valen menos.
La inseguridad sale, se retira un poco y vuelve con fuerza en la agenda mediática, como si acaso fuera creíble que oscilara mucho y tan bruscamente la magnitud de los hechos de inseguridad. ¿La relanzada exposición mediática acerca de la inseguridad refleja un aumento de la inseguridad realmente significativo y que no pudieran ocultar o es una exposición adrede? ¿Acaso aparece por emergencia acentuada de hechos de inseguridad?
Sorprendentemente, los primeros meses de gobierno macrista no conocieron de coberturas alarmantes sobre la inseguridad, como poniéndola en primer plano en la agenda. Es cierto que las principales preocupaciones ciudadanas no podían ser otras que las ligadas a la pérdida de poder adquisitivo, a la baja de los niveles de actividad, los tarifazos, al empeoramiento de los indicadores sociales, la recesión desencadenada y el escenario de despidos.
Hay razones para pensar y evidencias para convencerse de un repunte de la inseguridad: el deterioro de la situación social fácilmente pudo haber hecho repuntar el delito predatorio y por qué no la Policía Bonaerense tan tensionada con grupos ávidos de producir hechos y manejar el termómetro para redito propio pueda ser otro factor.
Fue habitual la utilización política de la inseguridad en tiempos kirchneristas desde los medios opositores. ¿Acaso hoy vuelve con otra lógica de capitalización política? ¿Acaso hoy la inseguridad es puesta en la centralidad como “hecho que tapa hechos” y esos hechos que tapa son las políticas en curso y en puertas y sus consecuencias? ¿Es puesta en el centro para capitalizar políticamente, para desatar reclamos ciudadanos tendientes a reforzar las fuerzas y facultades represivas del Estado, como problema que reclame una intervención, un despliegue que se ponga en marcha y que se capitalice políticamente?
Da la impresión de que esta instalación de la inseguridad y las construcciones de sentido que vuelven a asomar son todo un escollo para la acumulación política de las fuerzas de centroizquierda, que tienen razones de sobra para plantarle cara al gobierno macrista, deschavarlo, proponer soluciones a los problemas, exponer programas de gobierno distintos –para tomar y retomar- más convenientes para el conjunto. Frente a la inseguridad, estas fuerzas suelen tener expresiones que uno comparte, y que no suelen sentar bien, indicando a la “cuestión social” como su principal causa y sin ánimos represivos / de refuerzo punitivista.

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