Los verdaderos monstruos
Vale más un carnicero enojado, sacado de su eje. Vale más un botín robado. Vale más el auto que lo pisa. Vale más la bala que los mata. Todo vale más que la vida de un chorro. Si hay muchos, sobran por todos lados. Si cuando muere (matan) a un pibe que afana lo primero que se dice es “un chorro menos”, pero la realidad es que el único resultado no es ése, sino otro más crudo: un asesino más.
Porque no alcanza señalar a cada pibe con gorrita o capucha. No alcanza con tenerle miedo a cualquier morocho que te cruza por la calle a la noche. No alcanza sentirlo ajeno, otro. También debe morir. Porque en su muerte hay un descanso, un alivio: uno menos que podía robarme a mí.
Esa lógica monstruosa impera. Nos han enseñado a ponernos unas gafas oscuras, por donde vemos el mundo dividido entre ellos y nosotros. Las gafas del capitalismo salvaje, que opera como una religión perversa, la que más fieles tiene en el mundo. Es un fanatismo irracional, como todos los fanatismo, es violenta, siniestra: es una máquina perfecta de excluir. Y esos anteojos con los que vemos el mundo, nos regalan la seguridad del temor al otro, porque el otro no soy yo. Y como nos enseñaron que hay que tenerle miedo a lo desconocido, ese miedo nos habilita a cualquier cosa, porque también aprendimos que nosotros valemos más que el otro, el distinto. Y si ese otro es negro y pobre, pierde cualquier derecho, hasta el de vivir.
Entonces, tras esos cristales empañados de odio y consumismo, podemos pisar las cabezas con gorrita o capucha. Porque nos enseñaron a pensar a los pibes chorros como monstruos que andan al acecho de nuestros preciados bienes. Bienes que estos chicos también aprendieron a querer, porque el capitalismo llega a todos lados, seduce con ese invento tan suyo que nos genera necesidades que en realidad no tenemos, se mete entre los resquicios de las chapas de los techos de las villas, atraviesa las maderas de las casillas, ametralla mostrando todo lo que no pueden ser, todo lo que no pueden tener: el capitalismo no distingue presas. Es la jungla neoliberal, brutal, despiadada, meritocrática.
Y cuando el miedo y el odio se combinan, nacen los verdaderos monstruos, que pueden subirse a un auto, perseguir a un pibe y atropellarlo contra un poste. Y otros mosntruos aplauden ese accionar y piensan pero qué bien, uno menos, y no ven, (no pueden, tienen incrustadas esas gafas en la cara) como se van reproduciendo engendros, esperpentos que se relamen en la sangre derramada. Que no quieren comprender el desastre que es para todos y todas por igual la falta de oportunidades, el hambre, el abandono. Porque ellos quieren pertenecer, sentirse parte de esa élite de mierda que se cree que está arriba de los demás porque tiene. Tiene cosas. Y piensa que esas cosas valen más que la vida de ese que viene a quitárnoslas. Pero no hacen nada más que aferrar fuerte, con pasión amorosa, esas cosas. Gruñendo al que pasa demasiado cerca y las mira con ganas, y mordiendo al que las toca.
Y no, no está bien que nos arrebaten lo propio. Tampoco está bien que haya gente que no tenga acceso a nada de eso. Porque está pensado así: para que unos lleguen ahí y otros no, sino ¿cómo va a ser importante lo que tengo? ¿cómo me va a dar ese estatus que anhelo si es algo común, que todos poseen? Está pensado para que unos accedan a ese escalón mentiroso, y otros miren desde abajo, masticando la bronca de los desechos.
Hace unos años en Mar del Plata quisieron linchar a un nene de 8 años que había entrado a un negocio de ropa a robar. Lo patearon en el piso, contra un árbol. Y muchos creyeron que eso era lo correcto, que ese nenito iba a crecer, iba a ser un chorro más grande e iba a volver a hacer eso. Hay que exterminarlos desde chiquitos, decían. Porque la lógica monstruosa indica que vos podés poner por delante de esa vida lo que a vos te costó llegar ahí, tener lo que tenés, mantenerlo, pero nunca, jamás, pensar siquiera en por qué ese nene de ocho años entra a robar a un negocio. Si comió hoy, si va a la escuela, si toda la adversidad de este mundo no lo cagó ya demasiado a trompadas, aunque aun ni cumplió
los dos dígitos. No, hay que aplastarle la cabecita, en el piso, con la zapatilla que él quiere y no se puede comprar.
Qué mundo, éste. Qué injusto. Qué desigual. Nos muestran todo el tiempo lo que no podemos tener, lo que no podemos ser. Y nos enseña a odiar al otro porque es diferente. Y ese odio planta en nuestras mentes la semilla de la destrucción, porque no hay vuelta atrás cuando un Presidente justifica un crimen, sin hacerse cargo del desastre que eso significa: un laburante asesina a un pibe. La historia fría es esa. Pero Macri nunca estuvo del otro lado, no sabe lo que es el martilleo perverso del capitalismo, la repetición de pesadilla de la necesidad acuciante. Entonces, porque es un ignorante incapaz de la mínima empatía, avala un homicidio.
Horror. Siento horror. Y mucho miedo. Nos gobiernan estos tipos, que piensan así y fueron votados por más de la mitad de la sociedad. Que dicen que está bien matar, quitar la vida al que es diferente, a ese que ellos también señalan como “el otro”.
Ellos son los que deberían estar ahí por ese “otro”. Satisfaciendo sus necesidades básicas, garantizándoles los derechos que este mundo les arrebató antes de nacer. Pero no, no vinieron a eso, vinieron a reforzar la diferencia, a ensanchar la brecha, a empujar al abismo que siguen construyendo a cualquiera que no se adapte a un país para pocos, a los que siempre estuvieron postergados, los que ya no pueden escuchar el ruido que hacen todo el día las tripas vacías, porque ése es ya el único silencio que existe.
Porque no son prioridad, ya no hay políticas públicas para mejorarle la calidad de vida a los que menos tienen, los pobres son un problema que sólo se resuelve empujándolos a esa grieta cada vez más amplia, a ese precipicio. Porque para ellos todos los pobres son chorros en potencia. Todos los negros de este país, son los otros. Los separan, los aíslan, los ocultan. Y los matan, cuando sea posible. Porque no valen. Porque sobran en este sistema mal parido. Porque son un peligro, porque no son nosotros.
Lo único que va a hacer Macri es generar más pobres. Cada vez más gente pasa hambre: hacer tres horas de cola por un paquete de acelga o tres manzanas es tener hambre. Hambre. Y eso es lo que que hay que resolver. No habilitar desde el cómodo sillón de Rivadavia una mal llamada justicia por mano propia, que en realidad es un balde ruin lleno de sangre que creemos ajena, donde podemos hundir los dedos, lavarnos la cara para después relamernos el sabor metálico de los labios con el regocijo de pensar que no es nuestra, que el gusto es a muerte ajena. Porque ese rojo es de otro. Y hay muchos otros, hay mucha sangre que beber de esa copa capitalista que nunca va a derramar nada.
Venimos de años construyendo escuelas, vivimos meses donde la prioridad es edificar cárceles. Lo que faltó hacer es obvio, mucho. Pero ahora la diferencia es demasiado notoria, unos queremos meter a los pibes en aulas, los que nos gobiernan ahora, en prisión. Hasta por las dudas. Este sistema prefiere las balas a las tizas, porque las tizas empoderan, liberan. Y nos quieren sumisos y obedientes. No nos quieren educados, nos quieren pobres, llenando Plaza de Mayo por un poquito de verdura gratis.
Los monstruos existen. No usan gorrita ni capucha. Se ponen los trajes más caros, manejan los autos de la gama más alta, la que tiene tapizados que reaccionan al color de piel. Los monstruos existen, y nos piden que nos matemos entre nosotros. Porque el hambre no es la verdadera bestia, sino el que decide sacarnos la comida de la boca. Fijate, ¿qué gusto tiene la sangre de tus manos? Fijate de nuevo, porque esa sangre, aunque no quieras, aunque no entiendas, es también la tuya.

Esto escribí hace días sobre el carnicero q atropelló al pibe, no pensé que semejante horror se repetiría en horas:
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