Relato M y discrepancias

Siempre hay relatos. Todos los gobiernos tienen una prédica que acompaña lo que hacen, que explica, justifica, intenta convencer y vende su obra de gobierno. Durante el pasado gobierno los medios opositores insistieron con el “relato”, en tanto “narración de una mentira”. Algunas narraciones eran grandilocuentes, pero otras más centradas bien relataban el loable sentido reparador de las políticas de un gobierno. Queda a juicio de cada quien. La cuestión es que el gobierno macrista también le va dando forma a un relato.
Hace hincapié en lo que han dado a llamar “la pesada herencia K” debido a la cual hay y hubo que hacer toda una serie de correcciones para sacar al país del pozo y salir adelante.
Esa pesada herencia –dicen- es producto de la irresponsabilidad de un gobierno que sostuvo una situación ficticia, insostenible. Y vienen con medidas impopulares que son necesarias. Piensan a largo plazo y se dejan de medidas irresponsables redituables políticamente.
En el último mandato de Cristina abundó el pragmatismo. Hubo mucho de salir a empatar, de emparchar y patearla para adelante. Hubo una falta de capacidad y de decisión para resolver algunos frentes. Legó cuestiones a las que había que hacerle frente o torpemente no hizo ciertas correcciones pero de ninguna manera entregó un país en crisis o pronto a una crisis. No fue poco sostener unos niveles de actividad económica, de consumo, de empleo, de ingresos que se habían logrado.
Probablemente era necesaria alguna corrección en la política energética y tarifaria. Quizás era necesario dar un golpe de timón en lo que respecta al frente externo, el mercado cambiario, el tipo de cambio. Para ser francos: había un reconocimiento de los principales candidatos de esos temas y otros más.
Pero –en caso de que se lo considere necesario e impostergable-, ¿el ajuste en los precios de las tarifas debía ser el que fue? ¿No será mucho? De golpe, aumentos de esa magnitud, sin diferenciar entre distintos sectores sociales, sumándose a los terribles aumentos en el precio de los alimentos y desencadenando otros incrementos en los precios. Al mismo tiempo se le quitaron retenciones al agro. Semejante política no parece haber perseguido una optimización del gasto público con un criterio de equidad, buscando sintonía fina y disponer más inteligentemente de los recursos del Estado. De todos modos, habrá que ver cómo termina. ¿Cuál fue entonces la razón de ser de estos aumentos? Parece que incrementar las ganancias de las empresas de energía. ¿Realmente llegarán las inversiones en el sector con esos ingresos mayores para las empresas? Atino a decir que no.
¿Así había que salir del “cepo”? ¿De una, produciendo una brusca devaluación, añadiéndole a eso quita de retenciones y desencadenando así una fenomenal alza del costo de vida?
La caída de los precios de las principales exportaciones agropecuarias y el retraso del dólar con respecto a la inflación desató los reclamos por un tipo de cambio más alto y por quita de retenciones. Pero –suponiendo que había que satisfacer aquellos reclamos-, ¿no habrá sido mucho hacer las dos cosas, devaluar y quitar retenciones, y en esas magnitudes?
Quizás otro tema era resolver el prolongado conflicto con los fondos buitres. No lo sé. Pero ¿no habrán ido muy rápido? ¿No habrán sido muy concesivos y entreguistas frente al capital financiero más deplorable?
Fue cumplir con demandas de distintos sectores concentrados de la economía concediéndoles enormes ganancias a costa de las mayorías y gestar una política de shock que los encamine rápidamente a cumplir con sus desdeñables propósitos. Algo muy distinto a hacer correcciones y resolver virtuosamente frentes que quedaban abiertos.
Prometen una vuelta a crecer y a generar empleo por la vía de atraer inversión extranjera directa. Dicen “con esto van a venir inversiones”: liberando el mercado cambiario, quitando las restricciones del intervencionismo “kirchnerista”, menguando la presión impositiva, dando concesiones al empresariado para incentivar a que vengan e inviertan en el país. Y atentos porque quizás ésta sea la que se venga próximamente: flexibilizando las relaciones laborales. Nos dicen: “Hay que reducir los costos y los salarios son un costo más”.
Apuntan al inversor, a mimar a los capitalistas con concesiones, mayores libertades y menos cargas impositivas. Sostienen que hay que transferir ingresos al gran empresariado, que así estarán deseosos y posibilitados de venir a invertir.
Creen -o por lo menos eso expresan- que la economía se dinamiza por el lado de la oferta. Pero… ¿y si no hay demanda? ¿si resentimos la demanda? ¿No será más bien la demanda el motor de la economía, la que incentiva la inversión, la que lleva a que los empleadores tomen gente y promueve el crecimiento?
A diferencia de este nuevo gobierno, el anterior hacía hincapié en la demanda. La creación y el sostenimiento del empleo pasaba por robustecer el mercado interno, fomentar la demanda interna que desencadena un circulo virtuoso proteccionismo mediante y con una fuerte política de ingresos.
Las inversiones productivas no han llegado ni parecen prontas a llegar. La economía no crece, ni se generan puestos de trabajo. Se pierden puestos de trabajo, bajan los niveles de empleo, la economía ha entrado en recesión y los salarios reales han caído. Ha caído la demanda.
Es que… ¿Quién estaría deseoso de realizar inversiones productivas, tomar trabajadores allí donde no hay quienes demanden bienes y servicios habilitando un terreno propicio para la obtención de ganancias? No muchos. No somos el sudeste asiático, difícil transformarnos en eso y desdeñable que quieran ir en ese sentido.
“Hay que abrirse al mundo”, sostienen. Y dicen “nos estamos abriendo al mundo”. “Y lo hacemos normalizando nuestra economía”, quitando lo que consideran un “asfixiante intervencionismo estatal” y dando “previsibilidad”. Me temo que ni esa previsibilidad que pregonan brilla por su ausencia. “Queremos y tenemos que exportar trabajo argentino”, sostienen.
La prometida generación de empleo por la vía de atraer inversiones es una farsa. Mientras pregonan este arribo de inversiones y no llegan, los niveles de empleo se resienten como también se resienten los salarios reales, hay caídas en el nivel de actividad. Así las cosas, sumado a sus pretensiones de flexibilizar el régimen laboral, vamos camino a perder más empleos, a retroceder más en el poder adquisitivo de los salarios y en la dirección de precarizar el trabajo de los argentinos. Han herido de gravedad al mercado interno fuente primera de empleos en un país de nuestras características.
Se dicen interesados en la generación de empleo genuino, sus prometidas inversiones generadoras de empleo no vienen y en el “mientras tanto” –si es que lo hubiera- han descuidado muchos empleos de los que ya había.
La prédica de reducir salarios –algo guardadita- para ser competitivos internacionalmente es doblemente torpe: 1) nos dinamita el mercado interno y con ello empleos sujetos a él y 2) jamás llegaremos a ser competitivos en salarios cual sudeste asiático, de manera que estas inversiones internacionales y el trabajo argentino for export prometido brillarán por su ausencia. Eso sí… no faltará el empresariado frotándose las manos con la mayor rentabilidad que les entregue una reducción de los costos laborales.
