¿Qué es una garrafa?

pobrezaEs atinado preguntar cuando no se sabe. En vez de inventar una falacia e intentar argumentar con la masilla aguanchenta de un conocimiento escaso, decir “no sé”, es honesto. Casi sabio, arriesgo. Es decir, hablar sobre determinado tópico y dejar a las claras el desconocimiento que se tiene sobre esa materia, aunque se hable mucho y lindo, no sirve. Denota la ignorancia, la pone bajo un reflector que alumbra el inevitable ridículo.

“Me gustaría saber qué tan pobres son los pobres”, pide González Fraga, economista de raigambre radical, actualmente consustanciado con el macrismo. Bueno, no sabe. Y pregunta. Bien por él. Porque evidentemente necesita que le expliquen, es que no sabe nada de eso: “Creo que la situación de los pobres no se ha agravado tanto”, dice. ¿Ves? No sabe. Nada.
Debe pensar que cuando sos pobre, saltearte un almuerzo más o una cena más de las que de vez en cuando no podés costear, es lo mismo. Que tardes tres o cuatro días más en comprar la garrafa, que el pibe no vaya otro día a la escuela porque no tenés para darle para el colectivo, que no puedas estudiar para un parcial porque no tenés un peso para comprarte los apuntes de la facultad, es lo mismo. Eso debe pensar, en su ignorancia. Un día más sin comer, un día más sin nada caliente, sin ir a la escuela, sin estudiar. ¿Qué te hace un día más así, si así es como vivís? ¿No es más o menos lo mismo? Debe preguntarse González Fraga, mientras le sirven entrada, plato principal, y postre, regados con un vino que, capáz, encima alguna vez un gobierno te hizo creer que podías llegar a probar.
Bueno, pecando, quizá, otra vez de ser autoreferencial, me permito desasnarlo un poco al economista de la derecha rancia. Y millonaria, como toda derecha rancia. E ignorante, como toda derecha rancia y millonaria. No, González Fraga, no es lo mismo. Es una diferencia gigante, como la que existe entre querer y amar. Suena similar, pero cabe un mundo en el medio.
En la pobreza, -y me quedo en la pobreza que conozco, no avanzo en lo que no viví, en la marginalidad, ni en la miseria, ni en la indigencia, que son los subsuelos de la pobreza-, así como en la riqueza, no da lo mismo comer que pasar hambre. Un día sin comer, aunque ya se conozca la sensación del estómago vacío, no es lo mismo que un día con comida en la mesa. Y si cambia. Que un pibe o piba pierda días de clase porque no puede llegar a la escuela, no es lo mismo que si tiene los recursos para ir todos los días. Y ni qué decir de si puede ir todos los días con la panza llena. Diría que entiendo que González Fraga no sepa, pero no lo entiendo. Porque me parece demasiado obvio. Pero debe ser porque puedo y quiero ponerme en ese lugar. O, en mi caso, hacer memoria.
Dicen que el que no sabe es como el que no ve. O no quiere ver, en el caso del economista. Los pobres son tan pobres como las decisiones políticas que se toman quieren que sean. Aun con el esfuerzo personal. No es tan difícil de entender, y menos aun para un hombre de sus estudios, de universidad católica, con los apuntes al día y comida caliente en la pancita.
Y hoy los pobres son más pobres que hace seis meses. De la misma forma que los pobres de los ’90 y el 2001 fuimos menos pobres años después y muchos pudimos cubrir todas nuestras necesidades básicas, estudiar, cambiar el celular, viajar alguna vez y hasta pensar en el techo propio. Cosas que después descubrimos que sólo estaban reservadas para las personas como él, como nos explicó hace un tiempo, aquí sí fingiendo conocer del tema: “Venimos de 12 años en donde las cosas se hicieron mal. Se alentó el sobreconsumo, se atrasaron las tarifas y el tipo de cambio… Donde le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”.
Capaz, quienes venimos de una casa pobre, ni siquiera tengamos que hacer memoria para entender esta diferencia, porque la pobreza hizo ésto de nosotros. Y nosotros logramos hacer esto que somos después de que la pobreza hizo lo que quiso con nosotros. Porque nunca dio lo mismo poder comprar la garrafa que pasar otro día sin nada caliente para tomar. Porque González Fraga, al pensar en una garrafa en invierno, debe imaginar un envase de gas. Los pobres, cuando pensamos en una garrafa en invierno, imaginamos un té, unos mates o un guiso.
Como yo sí pude estudiar, -y en universidad pública, a diferencia de González Fraga-, después, cuando sí pude costear transporte y fotocopias, y hoy sé que nada de eso fue magia, recuerdo que el signo lingüístico está constituido por un significante y un significado. Y que Saussurre postulaba que el significado es el «contenido» del significante, es aquello a lo que apunta o refiere el significante. Lo guglié para ponerlo exacto. ¿Ven? Una garrafa es una garrafa, pero significa cosas distintas según de dónde vengas, qué haya hecho la vida con vos y qué decisiones sociales y económicas tomen tus gobiernos.
González Fraga no va a poder desprenderse de su ignorancia, ni de su hipocresía canallesca. No va a entender nunca esta diferencia fundacional. Pero sí debe saber muy bien que el que tiene hambre no finge el hambre. Que el que desespera en el desempleo, no finge desesperación. Que su “Me gustaría saber qué tan pobres son los pobres”, es como preguntar qué tanto duele el cuchillo que se clava siempre en el mismo lugar. Duele, cada vez más. También debe saber, y si así no es, resulta un propicio momento para que se entere, que el infame no finge ser infame. Lo es.

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