Belén no es Macri

marcha abortoDesde hace algunos días comenzó a rebotar una noticia: una joven de 19 años, Belén, fue condenada a 8 años de prisión luego de haber tenido un aborto espontáneo en el Hospital de Clínicas Avellaneda en San Miguel de Tucumán.

Pero es noticia ahora, es decir, nos enteramos ahora aunque el origen de esa reciente condena sucedió hace tiempo. El 21 de marzo del 2014 Belén ingresó a dicho nosocomio con fuertes dolores, con los síntomas de un aborto espontáneo. Ella no sabía que estaba embarazada. Los médicos y enfermeras del hospital encontraron un feto en el baño. Se lo llevaron, se lo mostraron y la acusaron.
Belén nunca pudo volver a su casa. Quedó detenida. La causa, iniciada como aborto, luego cambió de caratula a “homicidio doblemente agravado por el vínculo y por alevosía”. Belén estuvo estos más de dos años con prisión preventiva en una cárcel de Tucumán.
Esta joven norteña proviene de un sector social vulnerado, y así fue el trato que recibió desde el Estado, fiel reflejo de los abusos y privaciones que siempre vivió. No sólo hablamos del maltrato físico y psicológico obvio, ya que alguien que llega en esas condiciones a un hospital debe ser atendido respetando sus derechos humanos, para empezar. Ni qué decir del hecho de que le presenten un feto en un recipiente, la acusen, la agredan y la maltraten los mismos que deberían velar porque sus derechos no sean vulnerados.
Belén estuvo este tiempo con prisión preventiva, cuando sabemos que otros procesados han podido gozar de libertad mientras las causas en las que se los imputan avanzan (o no) en la Justicia. De hecho, en nuestro país, los procesados hasta pueden ser candidatos a Presidente. Y ganar. Pero Belén no es Macri, ni nació sin privaciones como él, ni tiene un pasar acomodado, ni recibió la educación y contención necesaria cuando quedó detenida. No pudo pagar abogados, la defensora que le tocó antes de la exposición oral, en ningún momento señaló estas aberraciones en el proceso, que habrían podido propiciar la anulación del juicio que el 19 de abril la condenó.
Claro. Belén es pobre, una obviedad a esta altura, pero la base podrida de toda esta historia, de la historia de todas las Belén que llegan a un hospital con un aborto espontáneo o que quieren interrumpir un embarazo. Si Belén hubiera querido abortar y hubiera tenido recursos, no estaría presa. Pero, otra vez, Belén es pobre. Tiene esa otra condena sobre sus hombros: la desigualdad, la injusticia, el asesino mandato patriarcal de nuestra sociedad.
Quizá si Belén hubiera muerto desangrada o por otras complicaciones el día que entró al hospital, no hubiéramos conocido su caso. Porque hubiera sido una más de las cientos de pibas que pierden la vida todos los años por abortos clandestinos. Un cadáver más de mujer pobre en una pila que no para de crecer.
Recién ahora Belén tiene una abogada que en verdad hace su trabajo: defenderla. A Belén nadie le va a devolver estos años en prisión, nadie le va a retirar de la memoria ese feto que le estamparon delante de sus ojos mientras la señalaban con el dedo quienes debían sanarla y atenderla. A Belén nadie la salvará de semejante maltrato, porque ya la lastimaron todos aquellos que debían hacer valer sus derechos.
Y aunque no existen pruebas de que se haya provocado el aborto ni de que ese feto tenga alguna filiación con ella, está condenada a otros 8 años en la cárcel. Muchas menos pruebas hay de que haya asesinado a una persona, como rezaba la carátula de su caso.
Pero ahí está Belén, privada de su libertad, no sólo desde que fue retenida e imputada, sino desde mucho antes. El mismo Estado atentó contra su libertad aun antes de vulnerar en el hospital los derechos por los que debía velar, porque ¿qué opciones tuvo esta joven? Ninguna. Llegó condenada a urgencias, condenada por las condiciones de su procedencia, condenada por una justicia que obliga a la maternidad a las mujeres, que decide sobre nuestros cuerpos anulando nuestro albedrío. Condenada por la matriz machista de una sociedad que mira hacia otro lado cada vez que una piba deja en tierra la sangre y las tripas apuñadas con agujas de tejer porque no quiere parir.
Hace tiempo se logró un avance: el aborto no punible. Con este protocolo, cuando peligra la vida de la embarazada o cuando el embarazo es producto de una violación, se puede practicar legalmente un aborto. La ley dice que “es de aplicación obligatoria en todo el territorio argentino y debe ser puesto en práctica por todas las instituciones sanitarias, tanto públicas como privadas”. A Belén nadie le preguntó nada. No indagaron cómo fue que quedó embarazada, ni si su salud corría riesgos, sólo la culparon sin más y la metieron en prisión.
Este caso, con todo el dolor que ha traído para su protagonista, sirve para volver a poner en escena un tema que la mayoría trata de ocultar siempre, cuando no negarlo: la imperiosa necesidad de legalizar el aborto. No sólo despenalizarlo, sino hacerlo libre, seguro y gratuito. Porque van a seguir muriendo mujeres por practicarlo en la clandestinidad, en condiciones nada higiénicas, arriesgando la vida, porque la violencia institucional que sufren es moneda corriente, porque el cuerpo de una mujer es de ella y de nadie más. Porque decir Ni Una Menos, también es decir Aborto Legal.

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