Los fueros del pueblo
Escribo después. Tarde, quizá. Pero siempre necesito escribir luego de ciertas experiencias y sensaciones. A veces la perspectiva que ofrecen los días, al transcurrir, resulta necesaria para acomodar emociones e ideas.
Es que pude viajar, de madrugada, y estar en la mañana del 13 de abril muy cerquita de las puertas del famoso edificio ubicado en Comodoro Py. Llovía, eso ya lo saben. No nos importó nada, eso también lo tienen claro.
Fuimos cientos de miles, allí, bajo el agua que no cesaba, esperando la palabra de quien nos ha representado mejor, de quien gobernó por y para nosotros: Cristina no nos dejaría con las ganas y hablaría, como hace un tiempo no hacía, poniendo blancos sobre negros, llamando a las cosas por su nombre y haciendo uso de esa oratoria que Macri nos enseñó a extrañar.
El actual presidente nos enseñó a extrañar otras cosas, más complejas, que duelen más que saber que quien ahora nos gobierna no puede hilvanar dos frases seguidas sin quedar en vergüenza: ahora miles de argentinos extrañan sus puestos de trabajo, millones extrañan comer carne más seguido, poder pagar las cuentas, poder acceder a un Procrear, poder tener una computadora para estudiar, ser vanguardia en la industria satelital y energética, tener lo mínimo indispensable cuando nace un bebé.
Nos dijeron que era necesario, que todo aumenta por culpa de ella, que los programas sociales se deben cerrar, que vivíamos en una especie de sueño, en una irrealidad singular durante más de una década. Nos dijeron que nos están haciendo un favor al quitarnos derechos, que es la pesada herencia del gobierno anterior, -que fue justamente el que amplió nuestros derechos y nos empoderó-, la que obliga a tomar estas decisiones que no gustan, pero son necesarias para insertarnos en el mundo. Nos explicaron por los medios masivos, con repeticiones de metralleta, que había que pagarle a los buitres, que había que darles lo que pedían, lo que sea, que la soberanía económica tan luchada no es importante, que lo que diga la Embajada Yanqui está bien, que hay que replicar sus recetas de hambre y pobreza porque es así como podemos progresar.
Si crecieran las narices de los mentirosos, muchos políticos y periodistas ubicados en CABA deberían sonarse los mocos en la Patagonia.
Y, al final, también, la extrañábamos a ella. Hasta muchos que nunca la votaron miran con nostalgia por encima del hombro al pasado reciente de nuestra historia, lo comparan con el día que viven y piensan “qué bien que estábamos cuando estábamos mal”. Porque en 12 años no se hizo todo, pero se hizo mucho. Porque nos subimos a la lona, porque hasta pudimos ponernos de pie en esa lona ingrata que parece siempre estar en movimiento, chupándonos para abajo. Porque pudimos tender la mano a quienes aun no pudieron correr nuestra suerte y acceder a las mismas oportunidades, porque entendimos que esa es la única forma de crecer, de avanzar: juntos, sin mirar a nadie desde arriba, sabiendo que el otro es uno, que el otro es la Patria.
Y aunque decimos que volvió, sabemos que no se había ido. No se había ido porque nosotros y nosotras seguimos acá. Y ella somos nosotros. Y estamos acá haciendo lo que aprendimos, lo que mejor sabemos hacer: seguir dando las peleas necesarias. A veces aguantando sismos brutales, otras veces sepultados bajo sus escombros. Pero acá. Soportando que nos digan ñoquis, vagos, chorros, planeros, que crean que somos susceptibles a todos los insultos que puedan pergeñar. Acá, firmes, no como soldados que se cuadran por obligación para saludar a un superior, sino como compañeros que no retroceden, que reconocen en una sola persona la contención política e ideológica que los impulsa a continuar a pesar de las derrotas, de las agresiones, del bolsillo cada vez más grande donde bailan con holgura las pocas monedas que quedan, cada vez más pequeñas.
Y si, la lluvia no paraba, teníamos los pies empapados, sumergidos en charcos fríos que salpicaban a los costados en cada salto, en cada grito, en cada canción. Es que nosotros protegemos la alegría como un bien preciado, y la sacamos a pasear sin importar lo que el clima tenga para ofrecernos. Y es justamente la alegría de militar, de hacer por el otro, la que nos llevó hasta Comodoro Py, a cada plaza llena, a cada barrio, a cada sindicato, a cada club, a cada ONG y a todos los lugares desde donde aprendimos a construir y resistir.
Quienes participamos en política desde antes de la llegada del kirchnerismo como movimiento nacional al país, sabíamos cómo era estar del otro lado, no nos olvidamos nunca como ser opositores. Pasa que ahora somos millones de opositores organizados, preparándonos para volver.
Ella no buscó cargos, ni fueros. Se preparó para el odio de proporciones bíblicas que iba a intentar avasallarla. Y aguantó. Porque el odio también está organizado y se transmite por esa otra cadena nacional desde hace años. Y un día, un juez la citó en una causa traída de los pelos, sin sustentos legales, sólo armada desde la política que no queremos, buscando sacarla de una cancha en la que ella siempre jugará de local. Y ahí fuimos, como les conté. Y la escuchamos. Y nos hinchamos como galletita en el agua. Contentos. Emparchados. Escuchando como del otro lado como hablan de nuestra muerte cada vez que pueden, mientras nosotros les regalamos velorios cada vez más grandes.
Bonadío nos dio el lápiz y el papel sin querer, pero nosotros seguimos escribiendo la historia. Porque se puede engañar a muchos, a una mayoría circunstancial, pero en algún momento la realidad se impone, te arranca el velo oscuro que no te la deja ver de frente y te impulsa a comprender que no te mentía el que te avisaba lo que iba a pasar, sino el que te gobierna ahora y te empuja, insensible, al vacío doloroso de la desocupación, del hambre, la desesperación, y te dice que hace eso por vos, porque es necesario sincerarse para ingresar a un mundo de locos.
Porque vienen por ella porque vienen por nosotros. Por vos. Ya se llevaron puesto tu poder adquisitivo, las oportunidades que tanto constó lograr. Ya nos sumergieron en la deuda que con esfuerzo afrontábamos, nos hipotecaron el futuro, nos robaron derechos conquistados. Nos apalearon en 120 días de horror, de pesadilla. Y siguen. Porque a eso vinieron.
Y ella tiene los fueros que le damos nosotros, que estamos ahí por ella, sí, pero por nosotros también. Por cada despedido, por cada panza vacía, por cada expulsado de este sistema que no tiene nada de nuevo aunque se llame neoliberal.
Firmes. Sólo sabemos ir hacia adelante. Nuestros brazos no se cansarán jamás de sostener estas banderas. Nunca vamos a aflojar, siempre vamos a amar, siempre vamos a buscar que el otro viva mejor, siempre vamos a chorrear grasa militante por los cuatro costados. Total, qué importa que nos escupan rencor en la cara, si el amor que sentimos no tiene techo, no tiene cura. Si el amor vence, no tenemos que temer nada ni a nadie. Si nuestras certezas son acciones, si nuestra forma de vida es ésta. No cambiamos, no abdicamos, no retrocedemos. Estamos acá, como siempre. Como nunca.

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