La ignorancia de Leuco y el techo necesario

guido estelaA veces necesitamos un techo. Y no para no pasar frío, no es para que la lluvia no nos pinche con las gotas de hielo que dispara contra los vagabundos. No. A veces tenemos eso, tenemos el cobijo de las tejas, tenemos lo necesario para estar a salvo de los elementos. Pero necesitamos un techo. A veces parecemos protegidos, pero el desamparo nos garronea los talones, como un perro malo que no se da por vencido.
Y los días nos fajan lindo. Se ponen de acuerdo las malas y nos visitan a intervalos regulares. Y vivimos en una casa con un techo que no alcanza. Porque la vida nos muestra su peor cara, la que está más cerquita de la muerte, y nos casca fuerte. Todo es cuesta arriba, y la cima no se ve, y las piedras se agigantan de pesar bajo nuestros pies, que flaquean la voluntad al subir. Porque es lejos, muy arriba, lejos.
Qué cansancio. Qué ganas de decir que muchas gracias, pero que no se aguanta mas, que hasta acá se puede soportar. Que hicimos lo mejor que podíamos, pero duele mucho respirar cuando otros no van a respirar más.
Y mirás para arriba y ves las estrellas, no hay techo. Y las estrellas también están lejos y se ven tan frías… Y pensás. Y te das cuenta que a veces te podés ahogar en un vaso, aunque para vos sea una fosa abismal, porque nada de lo que nos pasa sirve, sea bueno o malo, si no aprendemos algo de eso, sino logramos capitalizarlo en fuerza, en lucha.
Es que cuando volví a marchar con las Madres y las Abuelas me sentí pequeña y egoísta ante semejantes mujeres que transformaron el dolor más grande en amor y solidaridad. Y yo acá con mis cositas, mínimas, ante semejante perspectiva y ejemplo. Y ellas siguen resistiendo todo, todo lo que traen los años, a los rencorosos, los que sólo atinan a mirar la pelusa de su propio ombligo, los ignorantes que gustan señalarlas con un dedo, como si ellos pudiera siquiera asomar la nariz a la altura de uno de sus tacos.
Ignorantes peligrosos, como lo son todos los ignorantes que se creen con algún tipo de sabiduría y tienen posibilidad de desparramar su odio por los medios. Como Alfredo Leuco, digamos. Siempre que entendemos la consigna es bueno poner un ejemplo, para demostrar que aprendimos.
Y estos tipos, estos Leucos con acceso mediático irrestricto, que piden que se terminen los organismos de Derechos Humanos, que se reemplace a Estela de Carlotto por un Campanella, son tan dañinos como un perro rabioso. Escupen espuma por la boca, parece que la ira los ciega, no entienden nada, muerden, contaminan, enferman. Son peligrosos. Útiles para los fines espurios de quienes manejan, justamente, esos medios por los que se difunde la ignorancia mal escrita.
¿Sacar a estos organismos de DDHH y poner otros en su lugar? ¿De verdad, Leuco? ¿Tanto odio, tanto resentimiento, tanta obsecuencia en una sola nota? Proponer pasar a una especie de retiro a las Madres y Las Abuelas no es absurdo o irracional, es nefasto, oscurantista, antidemocrático y de una crueldad que pone los pelos de punta. Revuelve las tripas. Nos demuestra otra vez cuán lejos están estos tipos de nosotros, cuán ajeno nos resulta ese planteo inmundo, orquestado por el rechazo que les debe haber dado la Plaza del 24. Todas las plazas del país este 24 de marzo, las calles colmadas, las calles nuestras. Aunque los títulos de los diarios mientan lo contrario.
Y ellas aguantan todo eso, desde hace casi 40 años. Y debe haber habido cada tanto un Leuco, pasa que la Historia los olvida rápido, porque no son necesarios, como sí lo son ellas.
Y nuestros problemas, los individuales, los que nos dejan sin techo que nos ampare, son nada ante los proyectos colectivos, ante la lucha conjunta, ante la defensa de la alegría de todos y todas. Y está bien que así sea.
A casi una semana de esa nueva marcha, a casi una semana de esa nota de opinión del escriba de mala calidad con acento cordobés, me quedo mirando una foto. En ella está retratada una de las mayores felicidades colectivas que me tocó vivir: en esa foto aparece el primer abrazo de Estela y Guido. Y me desdigo: siempre podemos más, siempre podemos hacerlo mejor, siempre podemos seguir. Porque así nos enseñan, a darlo todo, a dar lo mejor por el otro, porque en ese abrazo se resume mucho, en ese abrazo hay un refugio, porque es el techo que a veces falta.

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