El mismo mundo tirano de siempre

blengio miramarUna vez escribí sobre una piba de 16 años que se quitó la vida porque no soportó más las cargadas de sus compañeros de escuela y hasta de sus docentes. Bueno, lo obvio: la piba ya no estaba cuando escribí eso, ni cuando me enteré de lo sucedido. Ya habíamos perdido esa vida. ¿Qué cambió? Nada. Quizá leyeron esa columna de opinión algunos que desconocían lo sucedido, quizá simpatizaron con mi bronca, mi dolor y mi impotencia. Y hasta ahí. ¿Qué cambió? Nada, reitero.
Claro, tengo que agregar que esa chica era lesbiana, y que las cargadas (si es que podemos tomarnos el indulgente permiso de llamarlas así) se basaban en eso, en que era una chica a la que le gustaban las chicas. Y tenemos que aclarar eso no sólo porque quien no recuerde o haya conocido el caso no entenderá el porqué de su drástica determinación, sino, también, porque murió por culpa de eso. Murió porque un puñado de intolerantes se creyó con algún pervertido derecho de opinar sobre su vida. Y no sólo de opinar, sino de llevar esos pareceres que nadie solicitó al extremo de perseguirla, lastimarla, vejarla. Ajustaron la cuerda que la asfixió. Fueron sus manos, llenas de dedos que señalaron, los que sellaron su final, las que apretaron, hasta dejarla sin aliento.
¿Por qué hago memoria de esto, ahora? Bueno, primero porque nunca la olvidé. Y porque la injusticia y el odio se han hecho tan frecuentes que pasamos los malos tragos y seguimos, mientras caen a nuestros lados las víctimas del desprecio, de la ignorancia y de la indiferencia. Y porque podíamos evitarlo, pero no lo hicimos. Por eso la memoria, que pincha y que sangra. Y porque jamás voy a resignarme a que naturalicemos esto.
Esto que sigue pasando. En Miramar, hace unos días, unos policías secuestraron y torturaron a un pibe militante LGTB. Era una práctica reincidente, sabemos ahora. Lo amedrentaban y acosaban seguido, hasta que eso no fue suficiente y lo metieron en un auto, lo cortaron, le pegaron, le arrancaron un arito, lo quemaron con cigarrillos, lo insultaron. ¿Tenemos que esperar a que otro pibe se quite la vida porque existen los mal paridos que piensan, en esas pequeñas mentes corrompidas por el odio del que se alimentan, que hay algo ‘malo’ en sentir de la manera que se nos canta sentir? ¿Tenemos que esperar que esos policías se pasen en el apriete diario y lo maten? Ahí podría escribir otra columna indignada y posarla sobre el cuerpo aun tibio de una nueva víctima de la intolerancia. Quizá la lean y simpaticen conmigo, otra vez. Y va a ser tarde de nuevo. Y no va a servir para nada. Otra vez.
Yo no quiero esperar. Lautaro Blengio, de 17 años, no puede esperar. Y no debe esperar nada. No debe reclamar respeto ni aceptación. No debe pedir tolerancia. Porque no se trata de aguantarnos. Si ese es el horizonte, estamos perdidos en la noche más oscura, solos, a merced de los monstruos. Si tenemos que implorar que nos toleren por pensar distinto, por elegir querer a alguien de nuestro mismo sexo, por vestirnos de determinada manera, aceptamos que vulneren nuestros derechos. Y eso no podemos hacerlo nunca.
Es simple: esto no tiene que ocurrir. Y para que nadie más sea víctima de los déspotas de turno, tenemos que entender que nadie, pero nadie, tiene la potestad de opinar sobre nuestros gustos, orientaciones y sentimientos. Porque ese es el derecho inalienable que poseemos: ser lo que queramos ser.
Pero como estas cosas horribles siguen sucediendo, tenemos que evitar que se naturalicen. A Lautaro no le pasó esto por gay, le pasó porque un grupito de uniformados fachos cree que puede hacer esto. Y la justicia mira para otro lado con la conveniencia siniestra del peor cómplice, ése que podría evitar que todo esto pase.
“¿Qué mundo desquiciado es este en el cual hay que pedir permiso a los demás para amar a quien se quiera?”, me pregunté en aquella nota que escribí hace mas de un año. Yo no tengo la respuesta, porque pasó el tiempo, opinamos, nos indignamos, pero, al final, seguimos viviendo en el mismo mundo tirano de siempre.

2 comentarios