El selecto club de los nefastos

sin trabajoNefasto, por definición: que causa desgracia o va acompañado de ella, o que es extraordinariamente malo. Es aplicable a varias cosas, sucesos, personas… Podríamos hablar de una “época nefasta”, por ejemplo. De seguro, basándonos en esa categorización del término, a quienes leen estas líneas se les venga a la memoria alguna actitud o situación vivida que puedan calificar como nefasta. A mí se me ocurren varias. Sobre todo en estos últimos días. De hecho, sólo puedo pensar en algunas personas y algunas acciones.
Para hablar de algo o alguien puntual, podría recordarles algo que dijo hace pocos días Lopérfido sobre los desaparecidos. Que no eran 30.000, que ese número se arregló en una mesa. No voy a explicar aquí por qué se llegó a ese número que defendemos porque buscamos la verdad, pidiendo justicia, amparados en la memoria. Por la cantidad de centros clandestinos, por las familias diezmadas por los secuestros, asesinatos y desapariciones que ni siquiera fueron denunciados, y por tantas cosas que sabemos. Sabemos, no suponemos ni pactamos en un escritorio. Cosas que pasaron y que relativizarlas habla sólo de la hipocresía de quien aún nos debe explicaciones por su propio accionar durante diciembre del 2001, cuando el gobierno de De la Rúa, del que Lopérfido formaba parte, reprimió y mató a más de 30 personas. Quizá este cínico funcionario, ahora del macrismo, crea que ese número también fue pautado. Pero la sangre corrió, mucha y espesa, y no vamos a negociar la realidad. Eso es, para mí, algo nefasto. Una actitud nefasta, de una persona nefasta.
Pero ocurre que ese tipo de situaciones se están sucediendo con repeticiones dolorosas. Tirarle huevazos desde la comodidad de un alto piso en un edificio de Recoleta a quienes acaban de enterarse que pierden su empleo porque nos gobierna el salvaje neoliberalismo de nuevo, es algo que puede circunscribirse con tranquilidad pasmosa en “lo nefasto”.
Ni qué decir de quienes defienden esos despidos, miles de despidos. Quienes no logran, porque no pueden o porque no quieren, ponerse en el lugar del otro. De ese otro que no soy yo, pero que la está pasando mal. Ven que trabajadores se quedan en la calle porque piensan distinto, porque los persiguen por su ideología o porque en el gobierno del Cambio se ajusta así, y sólo eligen señalarlos con un dedo cruel y egoísta, y se llenan la boca hablando de ñoquis.
Eso es nefasto. Causa desgracia y es extraordinariamente malo. Y duele de lleno en las ideas. Porque los que creemos que es desde el amor desde donde debemos construir, desde donde nos paramos para hacer y decir, porque sí pensamos, nos duele escuchar con la liviandad que les regala la certeza del sueldo a fin de mes, que hablen sin saber, que se burlen, que agredan y humillen a aquellos que están pasando situaciones horribles.
Quien alguna vez perdió un empleo o vio a alguien padecer la desesperación de no tener trabajo, sabe de lo que hablo. Y si sabe de lo que hablo, seguro no intentaría agredir a quienes hoy pasan por eso. Patear en el suelo al herido. Al injustamente herido.
Pero hay personas, (las leí, las oí), que aprovechan para ensañarse. Que se regodean en la desgracia que les es evidentemente ajena. Y ahí está el punto. No nos puede ser ajeno el dolor y la necesidad del otro. La cosificación, la estigmtización que lograron administrando con discrecionalidad casi fascista la palabra ñoqui, es el escudo en el que se refugian para despachar su odio a gusto. Y se sienten cómodos allí, con un Estado que no sólo ampara esa forma de pensar, sino que la sustenta, la acicatea.
Ellos son los nefastos. Con ganas. Hasta con orgullo, parece.
Y duele. No lo niego. Lastima leerlos y oírlos. Quizá siempre pensaron así y ahora nadan a grandes brazadas por el mar de la intolerancia que les regala Macri y las corporaciones que nos gobiernan desde el 10 de diciembre. Quizá.
Es un club odioso, el de los nefastos. Y parece que últimamente en ese club sólo juegan de local. Es un club selecto, el de los nefastos. Y si es selecto es para pocos, y si no es para todos, no es para mí.