Con aguantar no alcanza
De boxeo no entiendo nada, pero se me ocurre una analogía, más por literatura que por correlato con la realidad. Porque la literatura siempre es mi refugio posible.
Es así: somos un peso pesado que ha logrado grandes cosas, pero que ahora se encuentra en un rincón del cuadrilátero, recibiendo trompadas en toda la cara. A veces atinamos a levantar algún guante, para buscar protegernos el rostro machucado. Otras veces tiramos algún golpe, con más esperanza que puntería. Y hasta acertamos alguna mano en la nariz de nuestro rival, porque la esperanza de cambiar el resultado es, justamente, la que impulsa nuestro brazo con firmeza, olvidando que ya empezó a cansarse de pegar. Porque sabemos que podemos, que podríamos. La esperanza se parece mucho a la memoria, sólo que va para adelante. Bueno, la memoria que nosotros practicamos, también.
Lo cierto es que cuando logramos esas grandes cosas también tuvimos que pelear mucho, a veces con el guante protector y acolchonado, y otras a mano pelada, destrozándonos los nudillos. Somos un peso pesado un tanto callejero, verán.
Entonces estamos ahí. Ligando de todos lados. La mayoría son golpes bajos que el árbitro no quiere ver. Parece que siempre es el mismo: cuando nos iba bien ese referí veía lo que quería, siempre había que reclamarle justicia.
Tenemos los ojos hinchados por las piñas, y nos parece ver que a veces el que nos pega es el que tendría que detener los golpes bajos, descalificarlos. Pero quizá sea la ilusión de nuestros ojos que han visto mejor, con la perspectiva límpida, sin la inflamación de estas horas. Si no estuviéramos en un cuadrilátero, cualquiera diría que tenemos los ojos abultados de quien ha llorado bastante. Lo cierto es que lagrimean a causa de los golpes. Y eso es un peligro, en nuestra situación, porque eso puede hacer que veamos peor.
Pero aunque ahora estamos en el rincón, ligando de lo lindo, no olvidamos lo fundamental: somos un peso pesado que logró grandes cosas. Y no pensamos en triunfos, en ganar. Sino en lo que logramos, en los hechos que cambian realidades. Porque parece que boxeamos solos, pero nadie llega solo a ningún lado. Y sabemos que todos nuestros logros fueron colectivos.
Entonces afirmamos nuestros pies en el rincón, que es ahora nuestra trinchera. Vamos a aguantar desde ahí y vamos a arremeter con fuerza, porque parece que el adversario olvidó quienes somos, pero ese error no lo vamos a cometer nosotros.
Y podría seguir el derrotero de esta analogía que pensé. Podría condimentar la escena, hacerla más literaria. Hablar de cuando ese boxeador de cae a la lona y se levanta con ayuda de la lona. Esa sería una linda metáfora para las próximas elecciones, sólo que aun falta mucho para las próximas elecciones. Es que van 40 días de macrismo y todos los días nos llueven trompadas de todos los costados, la mayoría por debajo del cinturón.
Y debemos salir del estupor que nos da esa catarata de golpes. Porque van a seguir pegando, porque con sólo aguantar no avanzamos nada, cada piña nos puede empujar hacia atrás. Y eso es algo que no nos podemos permitir, retroceder es la única derrota de la que no podríamos volver. Porque eso nada tendría que ver con coyunturas electorales, porque si todo lo que logramos y todo lo que queremos lograr no nos alcanza para seguir, por haber perdido una elección, ese boxeador que imagino, merece caerse en la lona, todo machucado, y no levantarse más.
Hoy parece que todo lo que avanzamos y conquistamos está en malas manos, manos que no lo van a cuidar. Y cada día confirmamos ese parecer. Pero eso ya lo sabíamos. Pero nuestras propias manos tienen que servir para algo más que bloquear trompadas, tienen que servir para proteger y seguir construyendo. Porque el adversario es grande y poderoso, siempre lo es. Que el miedo a los golpes no nos coma. Que el miedo a retroceder nos haga avanzar.

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