Y que el amor siga venciendo

carlotto estela acto 24 mar 2013Saliendo un rato de la campaña, la que llamamos sucia, la que no se basa en propuestas y debates, sino en operaciones mediocres y en difamaciones burdas. Saliendo un rato de la máquina mediática que nos bombardea todo el día con cosas inciertas o cuanto menos incomprobables, con malas noticias reales o inventadas, con imágenes y opiniones que sólo buscan desanimarnos, ocurren cosas realmente bellas.

Cosas buenas que nos pasan a todos, aunque algunos no quieran sentirlas propias. Como el fallo de la Justicia norteamericana a favor de la Argentina en el tema Fondos Buitres, por ejemplo. O, mejor aun, la restitución histórica de la identidad de un hijo o hija de desaparecidos en la última dictadura cívico militar. Un nieto o nieta encontrado por las Abuelas, y por todos nosotros, porque entre todos los estamos buscando.
Vaya cosa hermosa, esa: enterarse de que hay un nieto o una nieta más que recupera su identidad. Y siempre que sucede esto me asombra y alegra que la mayoría de la gente que conozco no sólo hable del tema, sino que se sienta feliz con esos anuncios emocionantes de las ‎Abuelas‬. Es común que me cruce ese día con personas que, en distintos ámbitos, quieran compartir la noticia y la alegría y lo primero que nos preguntamos cuando nos vemos, casi a coro, y con sonrisa de oreja a oreja, sea un: “¿Viste que las Abuelas encontraron otro nieto?”
Parece un fenómeno de esos que explotan a veces en las redes sociales, informaciones de impacto que hacen que casi todos hablemos de lo mismo. Pero en realidad es algo infinitamente mejor que eso: somos nosotros reconociéndonos en los demás. Somos cada uno de nosotros reflejándonos en el espejo de esa alegría, porque también hacemos nuestra esa lucha. Por eso es propia, porque las Abuelas batallan por todos.
Es como cuando Guido se encontró con Estela. Fue como ganar un Mundial, nos abrazamos, lloramos, festejamos, hasta se escuchaban los bocinazos en las calles. No, no era mi sangre, pero era mi hermano y mi abuela. Era tu hijo, tu madre. Eran los compañeros que, al abrazarse, nos regalaban la alegría del año.
Algunos pueden creen que son felicidades ajenas. Que les pasan a otros, que son momentos privados que no tienen nada que ver con quienes no los protagonizan. Hechos aislados que no hacen al conjunto de la sociedad, que no nos modifican en nada.
Lo que yo creo es que no hay mayor felicidad que la compartida, no hay mayor alegría que la colectiva. No hay mayor triunfo que el que se logra luchando junto a los demás. Y esas victorias, que son restituciones históricas, no sólo se disfrutan en conjunto, sino que nos modifican la realidad a toda la sociedad, porque de a poco nos vamos volviendo menos injustos, de a poco nos vamos construyendo más igualitarios.
Seguimos aprendiendo de quienes invirtieron su vida en la búsqueda de la verdad, quienes tomaron el dolor y lo transformaron en amor. Y algo así, tan trascendental no puede no afectarnos, no puede no mejorarnos, no puede sernos ajeno.
Y entre el fuego cruzado entre oficialismo y oposición, este salvavidas que nos tiran en un mar revuelto y agresivo, sirve para detenernos un poquito y reflexionar sobre otras cosas importantes, aunque para diarios como Clarín no lo haya sido y por eso no incluyeran en tapa novedad de la Nieta 117. La verdad no esperamos nada de ellos, lo único que esperamos, porque en eso estamos, es que el amor siga venciendo.