Sector externo, el desafío del próximo gobierno
Si tuviéramos que distinguir en la agenda del gobierno que viene el mayor punto de conflicto nos encontramos sin duda con el sector externo. El sector externo, en economía, comprende aquellas actividades y estrategias que plantea el estado en relación a sus pares en el extranjero, así como también todo lo concerniente a mantener un intercambio equilibrado productivo, financiero y comercial con los distintos agentes económicos no residentes en el país.
Este sector ha tenido desempeños disímiles desde el 2003 a la fecha. En un primer momento, las exportaciones han crecido a un nivel poco antes visto en la historia argentina, acompañando (o incluso superando) al crecimiento anual del Producto Bruto Interno, que en promedio rozó el 8%. Este crecimiento comenzó a mostrar ciertas dificultades a partir del año 2008. El principal factor que explica este fenómeno tuvo que ver con la crisis mundial que, si bien comenzó en ese año, aún no parece tener fin e incluso parece profundizarse. Las crisis mundiales, o, mejor dicho, las recesiones, producen una disminución del ingreso de los países. Esta disminución del ingreso produce una merma en su capacidad de importar. Y las importaciones de los países desarrollados son, en gran parte, las exportaciones de los países subdesarrollados. En este sentido, la Argentina no fue la excepción y le tocó sufrir consecuencias en su intercambio comercial.
A su vez, la merma en la demanda produce una caída en los precios. Este efecto hace que las crisis mundiales nos perjudiquen por dos vías: en primer lugar por la caída en sí de la demanda y en segundo lugar por la disminución de los precios de las commodities. Las commodities son las materias primas que tienen cotización en el mercado internacional. Se dice que los países exportadores de materias primas pero en vías de desarrollo son “Price-takers”, es decir, por ejemplo, la Argentina no tiene injerencia directa en el precio de la soja, sin embargo, Estados Unidos sí («Price-maker”).
En los últimos dos años, a la crisis mundial hay que sumarle la profunda crisis brasilera (nuestro principal socio económico) y la devaluación china. La devaluación es la pérdida de valor de una moneda con respecto a otra. En este sentido, el real y el yuan han perdido valor con respecto al dólar. El peso, por decisión del Banco Central, se ha mantenido relativamente estable (por lo menos mucho más estable que antes de la devaluación de enero de 2014), lo que nos lleva a una pérdida de competitividad con respecto a Brasil y a China. ¿Por qué? Es simple: si fabricar un producto en Brasil salía 227 reales hace un año (100 dólares) y en Argentina salía 842 pesos (100 dólares), hoy, suponiendo que no hubo inflación en ninguno de los dos países (es decir que producir ese bien sale lo mismo en su moneda) y ponderando por la devaluación de cada país, el bien fabricado en Brasil cuesta 64,85 dólares y el bien fabricado en Argentina cuesta 91,02 dólares, lo que lo hace mucho menos atractivo al mercado mundial. Si bien es cierto que la competitividad está definida en gran proporción por el tipo de cambio, existen otros factores que pueden ayudar a reducir los costos en dólares como por ejemplo subsidios a la energía eléctrica, al combustible, facilidades de pago, entre otros.
Nunca en los 12 años de gobierno kirchnerista hubo déficit comercial, sin embargo en los últimos meses, exportaciones e importaciones vienen en caída libre por igual, haciendo que el superávit comercial sea de unos escasos millones de dólares. Por esta razón, es complicada la “entrada de dólares genuinos” que supuestamente son los que ingresan por el excedente de la balanza comercial y deben ser repuestos con toma de créditos en dólares y fundamentalmente a través de la licitación de bonos en la misma moneda.
La madre de todas las batallas en el frente externo es sin duda el pleito con los “Fondos Buitre”. El conflicto parece inmerso en una espiral infinita de apelaciones, presentaciones, fallos y fuegos cruzados. La realidad es que, si bien el “Griefault” del año pasado no afectó significativamente el financiamiento del país (el swap con China trajo casi U$S 10.000 millones de alivio a las arcas del BCRA), nunca es bien visto por el establishment mundial la “rebeldía”. Aunque una cosa es clara: el fallo es impagable e ilegítimo, por razones harto conocidas y explicadas. El próximo presidente deberá tomar el conflicto con tranquilidad y no dejarse extorsionar por Paul Singer y su secuaz judicial Thomas Griesa, aunque los niveles de pagos de deuda en dólares pendientes son altos, llegando casi a los U$S 70.000 millones para el año que viene.
En definitiva, el próximo equipo económico (si es que cambia) debe ser prudente en relación a nuestros principales socios económicos. Atención: esto no significa que indefectiblemente haya que devaluar la moneda bruscamente, sino se puede, por ejemplo, establecer nuevas cadenas comerciales con países no desarrollados que sean potenciales demandantes de nuestros productos primarios o industrializados. Las cuestiones que se deben atender son aquellas que refieren a la golpeada industria (como se dijo antes, por ejemplo, con subsidios específicos) pero también procurando conservar o elevar los salarios reales, lo cual no es fácil. Por supuesto, se deben mantener los bajos niveles de desempleo que está arrojando el INDEC (6,6% en el segundo trimestre es el dato más bajo de la gestión actual) y se debe intentar generar un balance positivo de esta tormenta mundial que parece no tener fin.
