Un cielo para Elsa

elsa osterheldHéctor Oesterheld y sus cuatro hijas, Estela, Diana, Marina y Beatriz, fueron secuestrados durante la última dictadura cívico militar. Héctor fue capturado por efectivos del Ejército en abril de 1977 y luego trasladado a Campo de Mayo. Quienes pudieron sobrevivir a las torturas en el centro clandestino de detención El Vesubio, afirmaron haberlo visto allí con vida. Se presume que Oesterheld, el creador del Eternauta, ese héroe colectivo, luego fue asesinado en la localidad de Mercedes.

Pero antes de esto, fue secuestrada Beatriz. El cuerpo de la joven pudo ser recuperado y sepultado por la familia.
En julio de 1976, a los pocos días de ser secuestrada Beatriz, Elsa, esposa de Héctor, se enteró por los diarios que Diana, otra de sus hijas, había sido masacrada en Tucumán, en lo que los siniestros personajes de las botas y las armas denominaban enfrentamiento armado, ese eufemismo cínico que aplicaban a la mayoría de los fusilamientos que hacían. Diana estaba embarazada de seis meses.
A poco mas de un año y medio fueron asesinadas las otras dos hijas de Héctor y Elsa: Marina y Estela, madre de Martín, que fue secuestrado con ella y luego entregado por los represores a Elsa.
Y Elsa crió a Martín, porque Elsa sobrevivió a todo, hasta este fin de semana. Es la primera vez que Martín pudo dar sepultura a alguien de su familia. Y ahí se resume el dolor al que la sometieron. La perversidad de la dictadura genocida que nos partió en dos, a ella la explotó en mil pedazos. Pedazos que tuvo que reunir para proteger y educar a su nieto, después de que arrasaran su familia.
Y Elsa luchó, creo, imaginó un país con memoria, con justicia, y militó en Abuelas de Plaza de Mayo, donde pudo ver concretadas muchas de esas batallas por la verdad. Porque aún a sus 90 años seguía trabajando por todo lo que falta.
“Fue morir con vida”, dijo Elsa en 2011, cuando la distinguieron con el título Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires. Pero ella se sobrepuso a esa muerte rara, que te roba todo, te vacía, pero de algún modo cruel logra que sigas respirando. Ella se sobrepuso a todas las muertes: la de su esposo, la de sus cuatro hijas y sus dos yernos. Fue tan generosa que puso todo ese dolor al servicio de la lucha, al servicio de todos. No buscó venganza, persiguió la justicia.
Y con la pena que sintió, que ni siquiera atino a figurarme algo así, no podemos hacer otra cosa que seguir trabajando por todo aquello en lo que ella luchó, desde el desgarro.
Por eso a veces de verdad quisiera que el cielo exista. Cierro los ojos, cruzo los dedos. Quisiera que exista un cielo para Elsa, para Héctor, para sus hijas que llegaron ahí, -de existir tal sitio- con la juventud recién empezaba. Me es difícil pensar en esa posibilidad, porque así urge la explicación, entender por qué pasó todo, por qué a ella, por qué tanto. Y no puedo ni empezar a responder todo eso.
Pero hoy voy a hacer el esfuerzo, porque si un lugar así existe, quienes la lastimaron tanto están lejos, en otro lado. Porque ese cielo que intento imaginar, es para los buenos. Quisiera que exista un cielo para Elsa, sin puertas de entrada, para no demorar mas el encuentro.

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