Romper al niño roto
Hay un nene, chiquito, que tuvo que atravesar lo peor. Unos hombres, que tenían que protegerlo, lo rompieron, lo despedazaron por mil partes, abusaron de él, aun así, tan pequeño y frágil. Después, unos jueces, que tenían que protegerlo, tomaron esos pedazos y los esparcieron lejos, como deseando que nuca pudiera completarse de nuevo, ese nene chiquito.
Esos jueces, perversos como demonios de pesadilla, dijeron que era un atenuante ser el segundo violador y decidieron, con la dignidad estrangulada en un rincón, quitarle años de condena a uno de esos hombres sádicos, que rompieron a ese nenito. Porque pensaron que no se puede romper a un niño roto. Y deben haber pensado eso porque conservan en la estructura de sus mentes la visión más cruel de la humanidad, donde las personas son cosas, donde sus propias perversiones les hacen levantar la mano, juzgar y favorecer a los villanos.
Y ahí se quedó ese nene, con su tía, intentando juntar todos los pedacitos de su cortísima vida, apaleado por los abusadores depravados, humillado por unos jueces que reinciden en el crimen y lo vuelven a violar con la letra fría de un fallo judicial.
No hay abrazo que lo salve, no hay indignación que lo rescate del pasado, no hay amor que logre hacer que todo aquello no pase. La vida lo recibió a trompadas mal paridas, eso es así, pasó. Hay gente que toma en sus manos lo más puro y lo sumerge de prepo en la mierda más inmunda. Hombres violentos, proveedores de inequidades, haciendo de este mundo el sitio más injusto para un nene que apenas tenía seis años cuando la realidad lo asfixió.
Y pensamos en Piombo y Sal Llargués. Yo pienso en lo que decidieron esos dos jueces y lo primero que me genera es un arrebato de ira, una violencia que señala que no sería bueno para ellos cruzármelos por la calle. ¿Para qué negarlo? No tiene sentido bosquejar una imagen componedora cuando la verdad es otra, cuando el sentimiento primario, elemental, es otro. Después, claro que quiero que esos hombres no decidan nunca más por ninguno de nosotros, que no nos enseñen en las facultades, que no hablen nunca, nunca jamás, en nombre de la justicia que demostraron no saber impartir. Pero lo que quiero de verdad es, justamente, lo que no va a poder ser. Quiero que no rompan al niño. Pero eso ya ocurrió. Pero eso quiero. Quiero que todas sus partecitas sigan unidas, como cualquier nene de seis años. Quiero que su prioridad sea jugar y comer golosinas, no tener que huir de las desgracias venenosas que le inocularon los monstruos que se cernieron sobre él. Quiero que sus únicos dolores sean raspones en las rodillas, no las heridas profundas, regadas con vinagre judicial. Quiero que no tenga que aprender a los seis años qué es la crueldad. Quiero que, cuando se despierte, el sueño malo no lo siga todo el día.
Porque, a pesar de que le pegaron con el martillo más pesado de todos, varias veces, es un nene. Sigue siendo un nene. A él le queda el resto de la infancia, la que le quisieron arrebatar. También deseo que todos sus pedacitos rotos se junten, que pueda tomar el amor que debe haberle llegado en estos días y pueda absorberlo para unir cada pieza, por más lejos que hayan dejado una de otra. Eso deseo, que se pare en esa montaña de bosta que algunos juntaron para taparlo con ella, y no se hunda nunca. Y que las oportunidades para ser feliz le lluevan, como antes le llovieron los hombres podridos desde adentro. Y que pueda aprovecharlas todas. Quiero que no se rinda. Y eso sí podría ser. Eso sí.

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