Los niños muertos

taller clandestino“Pero ese instante sudoroso de nada
acurrucado en la cueva del destino
sin manos para decir nunca
sin manos para regalar mariposas
a los niños muertos.”

(Alejandra Pizarnik)

En el barrio porteño de Flores había un taller textil clandestino. Eso quiere decir que era un lugar que estaba fuera de la ley, donde podía haber trabajo esclavo, trabajo infantil y otras violaciones a los derechos humanos. Este lunes ese sitio ilegal se incendió. Dos nenitos, uno de siete y otro de diez años murieron allí, no pudieron escapar del humo y el fuego.
Según las pericias y por la forma en que encontraros sus cuerpitos, probablemente murieron asfixiados antes de que las llamas les den ese abrazo voraz: estaban acostados, como si hubieran estado durmiendo. Los adultos pudieron salir a tiempo, aunque heridos, los chicos no. Las ventanas y paredes estaban tapiadas.
Pero el incendio fue la última trampa de la que no pudieron escapar estos nenes. Hubo otras, tendidas por quienes ponen esos talleres, por quienes deben controlarlos, por quienes pasan la gorra vacía y se la llevan llena y mirar hacia otro lado, por quienes eligieron desoír las denuncias, que existían. Por quienes sabían que allí había trabajo infantil, esclavitud, hacinamiento y mucha injusticia y no les importó, porque sus intereses están en otro lado. Los intereses de las Juliana Awada y de todas aquellas personas que poseen marcas de ropa de mucho renombre y fomentan esto porque les reditúa aun más dinero de las millonadas que ya tienen, y que explotan gente, que abusan de la gente y las exprimen hasta sacarles la sangre, no son los dos nenes muertos. Ni aquella familia de bolivianos que murió en otro taller clandestino en 2006. No, para nada. De dónde salieron esos pibitos saldrán otros para hilar sus hilos, para coser sus prendas, para dar la vida por sus malditas monedas.
Mauricio Macri, en defensa del negocio de su esposa, publicó este miércoles una columna en el diario La Nación donde destaca la cantidad de empleo que genera la industria textil. Debería haber acompañado la columna de una secuencia de fotos en donde se muestre como escupe sobre los cuerpos calcinados de esos nenes, de los muertos del 2006, y de todos aquellos esclavizados en la actualidad, en la ciudad que gobierna, que son cientos.
Y todo, todo eso es por plata. Nada más que por plata. Y los billetes de seguro arden más rápido que una familia pobre, pero ellos sí son buscados con ahínco, cuidados con esfuerzo. No les importa que la plata huela a miseria y chorree sangre. Pero si esto sólo sirve para pegarle a Macri, para mostrarse en campaña, entonces merecemos que nos gobierne alguien que cree que los derechos humanos son un curro.
Lo cierto es que podemos no comprar indumentaria de las marcas sospechadas de tener talleres clandestinos con trabajo esclavo, podemos seguir denunciando esta realidad y, de hecho, debemos hacerlo. Pero hagamos lo que hagamos, para esas dos criaturas vamos a llegar tardísimo. A ellos les fallamos todos. Lo que hicimos no alcanzó. El amor que ponemos en la construcción de la igualdad a ellos no les llegó. Se quedaron afuera de la patria que queremos, se los llevó el fuego del egoísmo, de la corrupción, de los que quieren un país donde los pobres se multipliquen, porque son la mano de obra barata de la inequidad sistemática que orquestan. Ganaron ellos, los de este lado perdimos, porque esos muertos son nuestros. Nos van a faltar a nosotros. Y hagamos lo que hagamos nos van a faltar toda la vida.

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