Gracias por el Fuego

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“Yo escribo para quienes no pueden leerme.
Los de abajo,
los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia,
no saben leer o no tienen con qué.”

(Eduardo Galeano)

Él fue un raro tipo que decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Eso escribió Galeano sobre el Che Guevara, pero de seguro nunca supo que con esas palabras se estaba refiriendo a sí mismo, también.

Con su pluma batalladora contó de los intrincados caminos de nuestra Latinoamérica, tierra despreciada y entrañable, como él la describió. Le dio voz a los enmudecidos por las dictaduras, a los acallados por el hambre eterno que mató y mata en nuestros pueblos. Fue canción en la tristeza, esperanza en las derrotas más crueles, fue latido en las tumbas. Galeno fue más que una vena que llevaba la sangre roja, rojísima, de punta a punta de la Patria Grande. Fue una artería que bombeó incansable las ideas desde un corazón acostumbrado a dar pelea, y siempre ubicado a la izquierda.

Los militantes populares de este mundo, hoy despedimos a un gran compañero. Hoy ha muerto el guionista de nuestros sueños, el buscador de la igualdad, el portador de la palabra precisa en los buenos o malos tiempos.
A Galeano lo llorarán los pobres, aun aquellos que no lo conocieron, porque acaban de perder a un defensor de sus derechos, a un amigo simple, adorable, que sólo quería que ellos vivieran mejor.

Galeano rescataba las memorias, tirándose de cabeza en los bravos mares del olvido. Escribió a destajo exponiendo en sus textos a los abusadores, a los que gustan de humillar al otro, a quienes gozan pisando cabezas. Los desnudó para que podamos verlos tan cual son, aunque vistan ropas caras. Supo acercarse a los líderes mundiales que hicieron lo posible por progresar, por rescatar a sus pueblos de las garras imperiales, que sólo tocan para marcarte con el signo de la pobreza y de la guerra.

En su tentativa de síntesis para recuperar la unidad perdida del lenguaje humano, logró incendiar nuestros pensamientos de libertad urgente, de sed de justicia, de solidaridad hermana, de revolución o muerte.
Hoy, acurruquémonos en el rincón que queda a la sombra que se proyecta desde esta nueva ausencia, palpemos la soledad que crece a nuestro alrededor: ha muerto un luchador. Reguemos con nuestras lágrimas dolidas los caminos de la Patria que él transitó, desde las montañas a las selvas, desde la nieve a los desiertos, desde las llanuras a los montes.

En tus libros, Eduardo, seguiremos buscándote, cuando necesitemos consuelo ante la injusticia repetida, cuando nuestras palabras sean pocas y no alcancen para decir lo que queremos, cuando necesitemos leer y aprender de uno de los escritores más libres que han nacido en nuestras tierras.
Gracias por el fuego, Eduardo. Tu llama, como la de tantos otros luchadores de la Patria Grande, será difícil de apagar. Hasta la victoria, siempre, compañero.

 

 

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