La vuelta del helicóptero

cobos sanz ucrTodos hoy hablan del acuerdo de la Unión Cívica Radical con el partido de Mauricio Macri. Muchos protestan por una supuesta traición del partido centenario a sus ideales básicos, de que Raúl Alfonsín se estaría revolviendo en su tumba y cosas así. Hablemos, entonces, de la UCR, un partido que se ufana de ocupar el campo popular, de encarnar un cierto progresismo que bajaba de los barcos hace cien años y la representación de los trabajadores de aquella época, pero que sin embargo llevó en sus listas a un señor de apellido Alvear de origen aristocrático y representante de esa Argentina criadora de vacas, que se la pasaba en París tirando manteca al techo.

Con el tiempo, el radicalismo terminó encarnando a esa clase media porteña que se reconoce como hija de inmigrantes “que se sacrificaron mucho para tener lo que tenían”, como si sobrevivir a la dificultad fuera un mérito sobre los que no lo lograron, caídos del sistema, apartados y desprotegidos, tildados de vagos inservibles con marcado desprecio. Lo cierto es que el radicalismo nunca tuvo más ideología que una cierta decencia evocada en décadas inciertas de la que supo sacar una buena tajada. Sabemos también que para la tercera edad, todo tiempo pasado fue mejor. Qué mejor entonces que prometer los valores de aquellos tiempos con un espíritu liberador.
Pero durante la primera mitad del siglo XX, aún con el derrocamiento de Yrigoyen, la UCR formó parte del sistema político que alternaba Constitución con dictaduras y “fraude patriótico” como parte del juego, y sin quejarse demasiado. La propia UCR no surge de los estrados de la democracia ateniense, sino de un golpe de estado. Ante las pésimas condiciones de trabajo imperantes en aquellos tiempos, no interpuso demasiados proyectos de protección del trabajador, y fueron los socialistas quienes lo hicieron, por cierto, con más apasionamiento que eficacia. Por entonces, ante el golpe del ’30, el partido prefirió publicitar la condición de “austero” del líder, ya que cuando una turba saqueó la casa de Yrigoyen, sólo halló allí unos pocos muebles. Era imposible no encontra otra cosa que austeridad, ya que Yrigoyen tal vez no vivía en ese lugar.
No repararon en la rumbosa vida del soltero caudillo radical, padre de 8 hijos, casi todos no reconocidos a través de mantener hogares con “mancebas”, en la que se incluye una turbia historia.
Rufina Cambaceres, muere la noche en que cumplía sus 19 años, mientras se preparaba para una velada en el Colón. Nunca estuvo muy clara su relación con Yrigoyen, que ya contaba unos 45 años y la habría conocido unos años antes. Lo cierto es que el caudillo mantenía una relación con su madre, y que la competencia por la posesión de Yrigoyen determinó su muerte. La madre de Rufina, Luisa Baccichi, le habría estado suministrando a su hija ciertas sustancias para que ésta entrara en un profundo sueño, mientras la señora pasaba sus noches en el lecho de Don Hipólito, con quien finalmente tuvo un hijo. Aquella noche la dosis habría sido un poco alta. Rufina se desplomó sobre el piso de su palacete de Barracas y todos la dieron por muerta. Velatorio, dolor, entierro en Recoleta, y el hallazgo, días después, en la bóveda familiar, del ataúd movido y Rufina ensangrentada en su interior. La chica habría despertado y, tras intentar salir del féretro, murió, esta vez definitivamente.
Algo molesto le sucedió a la UCR, que alternaba con las dictaduras el rol de “izquierda democrática”, de partido institucional y serio con el trabajo sucio de los militares: la aparición del peronismo le robó las banderas detentadas. Un sórdido coronel sacó los pies del plato y ganó las elecciones, hizo a los trabajadores objeto de derecho y les dio una entidad. La frase “donde hay una necesidad, hay un derecho”, les debe haber sonado sumamente promiscua en un escenario donde la Constitución liberal maniataba a los menos favorecidos. Desde entonces, pareciera haber jurado venganza eterna, aunque debieran aliarse a quienes siempre fueron sus enemigos nominales.
Ellos, y no ese partido nuevo, grasoso, impertinente y de negros descamisados, que parecían ejercer el poder como quien lo usurpa, eran la verdadera representación de los trabajadores.
En 1949 se sancionó una nueva Constitución. La nueva norma cambiaba las reglas de juego, las relaciones entre fuerzas políticas, el esquema jurídico. Fue imperdonable. Muchos se quedarían sin su seguro empleo.
Años después, tras el salvaje bombardeo a la Plaza de Mayo en el que murieron unas cuatrocientas personas, y mientras la Marina, a quien pertenecían los Gloster Meteor con que se consumó la masacre, era señalada por el peronismo, el radicalismo organizó una marcha de apoyo. Vemos en una foto patética a militantes radicales llevando carteles con la leyenda “U.C.R. Viva la Marina”. ¿se puede volver de algo así?
Tal vez, no. Pero se puede hacer algo peor. Derrocado el peronismo, la revolución fusiladora llevó a cabo, primero, su rol vengador y sangriento, y recién dos años después, depuesto el dictador Leonardi, y ya en funciones el dictador Aramburu, se dispuso a ir por la Constitución de la Nación.
En un hecho inédito, una dictadura llamó a elecciones a fin de reformar la constitución que no se cumplía y pisoteaban día tras día. Una convención constituyente citada por un régimen antidemocrático. Sin que un Congreso en funciones declare la necesidad de la misma reforma, sin seguir ninguna pauta ni reglamento conocido. Por supuesto, el peronismo estaba proscripto, y no podía participar. El socialismo y otros partidos menores, que se dicen defensores del pueblo, tal cual ocurre hoy en día, se anotaron para la ocasión, porque cuando “tirano es todo lo que no es uno”, lo mismo da. Pero si el radicalismo se hubiera negado a participar, la empresa hubiera sido imposible.
¿Y qué sucedió? El radicalismo, el partido que hoy habla de República y que se vanagloria de su pasado al servicio de las instituciones, accedió a participar. Gustoso, adhirió al trámite que fue la derogación de la Constitución legítima, dejando algunas pinceladas en la norma actual que hubieran rechazado si provenían del propio peronismo.
Se dijo entonces que la Constitución se derogaba porque permitía la reelección indefinida del presidente. Casi cuarenta años después, la reelección de Menem fue clave de la reforma constitucional cedida por el hoy inmaculado Alfonsín y que sólo explicó vagamente.
Si alguna vez la Justicia argentina no estuviera atravesada por el autoritarismo ni los servicios, si asumiera un rol a favor de la democracia, tal vez la Corte Suprema declararía ilegítimo ese acto, y restauraría la norma que nos debiera regir, nos guste o no.
La recompensa no tardó en llegar. Cuando se retiró la dictadura, llegó un presidente radical. Pero si desde las cúpulas militares entendían que alguna parte del pacto no se estaba cumpliendo, y se lo hacían saber, se hablaba de “planteos”, pero el radicalismo no había alcanzado ese lugar sin firmar compromisos previos. El poder legítimo no circulaba por allí y de alguna manera había que intentar mantener la farsa. Así vino el nuevo golpe y otro presidente radical en el ’63, y otro golpe en el ’66. Casualidades: todos los presidentes radicales eran “honestos, profesionales, austeros, peinaditos y limpitos”, pero sin vocación de poder y posibilidad de mantenerlo.
Llama la atención la obsesión radical por la “honestidad” en un sentido contrapuesto a la posibilidad de ejercer el poder y como única virtud del gobernante. Tal vez la idea haya surgido para justificar la ineficacia.
Surfearon todas las dictaduras casi sin mojarse. Balbín, Frondizi, sus máximos y venerados jerarcas cuyas edades hacían que el partido por momentos se pareciera a las cúpulas soviéticas, mantuvieron relaciones aceitadas con los militares.
Alfonsín, que pudo haber logrado que el partido se pareciera un poco a aquello que decían, lo había fundado, pareció acelerar en un momento, para luego frenar bruscamente: punto final, obediencia debida y nuevamente la legitimidad discutida que lo llevó a entregarle la banda a Menem antes de tiempo. Tal vez los “paladares negros” del partido no hayan querido parecerse a aquello contra lo que lucharon siempre.
Por eso no hay que sorprenderse de este acuerdo de la UCR con el PRO. No hacen más que legitimar un acuerdo de clases previo al mismo y muy propio de los porteños que creen que son Roma, y el peronismo, las hordas bárbaras que acechan el imperio. La UCR ya había perdido los trabajadores, y el discurso según el cual los representaban. Ya no hay espacio para perder a la clase media retrógrada, conservadora y de espíritu fascista, negadora de los derechos de los que menos tienen. Durante el menemato, no intentaron resistirse demasiado hasta que otras fuerzas progresistas empezaron a surgir. Entonces buscaron fagocitarse al promisorio Frente País Solidario con la famosa Alianza, cuyo verdadero nombre era “Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación”, exactamente lo que devastaron. Hoy en día, el radicalismo tiene una mayor identificación ideológica con el PRO que entonces con la agrupación de Chacho Alvarez y Fernández Meijide. Después de la crisis de 2001 y la vergonzosa huída de la Casa Rosada, la supervivencia del partido dependió de lograr acuerdos, de alquilar el aparato que permita que algunos de sus miembros logren algunos cargos electivos para poder ganar tiempo hasta que el partido encuentre alguna forma de resurgimiento.
Durante estos últimos tiempos se han embanderado con la abstacta idea de República como concepto fundador de la democracia, y aún prevalente a la misma, y no como una consecuencia de procesos que otorgan derechos a los ciudadanos. Es que sin contenido, no hay república. Pero ponen un nombre como elemento convocante para esas clases que, lejos de ser instruídas, creen serlo. Y en contrapartida de otro concepto que han denominado “populismo”. Confunden el empoderamiento a favor del pueblo, el ceder privilegios, el que compartamos las penas y las vaquitas con esta vaga idea de populismo, y refritan la idea de “Civilización o barbarie”, precisamente quienes buscan superar “la grieta” en función de una supuesta unión nacional en la que siempre la mayoría queda debajo.
Muchos años lleva podrido el radicalismo. Más que centenario, debería festejar sus años de zombie.
La buena noticia es que los triunfos de estas ideas son como los festejos de las clases poderosas y duran lo que la pirotecnia en el cielo estrellado. Nadie podrá tildar de antidemocrática a la fuerza política que desde el 10 de diciembre de este año luche para que estos intolerantes –si ganaran las elecciones- dejen el poder lo antes posible. Podríamos citar miles de frases, hechos, conjuras de estos sujetos proferidas desde 2003 y que habilitarían este accionar sin derecho a la queja. La frase de Sanz sobre el uso que se le daría a la Asignación por Hijo es un ejemplo sutil de aquello.
La mala noticia es que estos proyectos se suelen ir dejando veinte muertos en la Plaza, y la exclusión resultante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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