La moralina con la que los poderosos devalúan la democracia

constitución argentinaMe preguntaba esta mañana qué hubiera sucedido si hubiéramos sido un país con instituciones en las primeras décadas del siglo XIX. Cuántos jueces, cortes, estrados de las distintas regiones hubieran pedido la detención de Belgrano y San Martín por no respetar órdenes de Buenos Aires, cuántos hubieran pedido el detalle de los gastos de sus ejércitos y de sus acciones, aún privadas.

Por suerte eso no sucedió y logramos avanzar hacia una independencia que en algún momento chocó contra esto de “las instituciones del país”. Digo “Instituciones” porque no hablo de un país instituido, de uno cuyos estamentos de poder puedan responder a sus mayorías en vez de consolidar a los poderosos de siempre que muchas veces atentan contra la Patria misma.

Posiblemente alguna vez despertemos a la idea de que la llamada “institucionalización” del país no fue más que un intento de sojuzgar los derechos de las amplias mayorías con los caprichos de la sempiterna oligarquía, entonces ilustrada.

Una forma de que una minoría pueda hacerse de un poder que de ninguna manera hubiera obtenido en elecciones libres.

Tal vez con esto de tomar como modelo a la constitución de los Estados Unidos, y todo lo que vino en ese intento de hacernos ver ante el mundo como “una civilizada nación del siglo XIX”, transformarnos en el “país serio” del que tanto hablan hoy los críticos, no hicimos mas que intentar moldear el pie en función del tamaño de un zapato previamente construído, de someter al país al famoso “lecho de Procusto”.

Procusto era un posadero de la mitología griega que ofrecía albergue al caminante solitario. Una vez que éste se dormía en la cama que Procusto le ofrecía, era atado por el hotelero y, en caso de que le sobresalieran de la superficie del lecho los miembros, ya sea la cabeza o las piernas, Procusto procedía a igualar la longitud de éstos con la de la cama mediante el uso de una sierra. Si el viajero era mas pequeño que el largo del lecho, Procusto igualaba la longitud a mazazos sobre las coyunturas de la víctima. La cama nunca se veía afectada en sus dimensiones, pero su ocupante moría de todas maneras.

Podríamos establecer como razonamiento cínico que en un país, la gente debe estar sometida a la ley, en este caso de Procusto, y que nadie puede estar por encima de ella y todos deben ser iguales ante la misma.

Pero la historia tiene una vuelta más. Procusto habría tenido dos lechos: uno corto y uno largo que entregaba de acuerdo a la estatura de la víctima. Es decir, la ley se acomodaba de acuerdo al capricho del poderoso.

Tal vez en nuestro país sucede lo mismo. La ley se acomoda de acuerdo al capricho del poderoso. De hecho, en muchos casos, la ley fue redactada por el poderoso. La democracia y sobretodo, su ejercicio, fue igualando en parte las cosas, pero las leyes siguieron ahí, redactadas como siempre ¿Pero qué sucede cuando por algún designio del destino, alguna casualidad cósmica, el poderoso no puede ejercer esta potestad de manejar la ley a su antojo? En un país en el que estos poderosos tratan de ocultar sus riquezas para no pagar impuestos, en el que se burlan los derechos laborales, en el que se fugan fortunas, en el que fabrican desigualdades a diario, en el que se han asociado a cuanta dictadura hubo y en el que se apuesta al dólar ilegal al que se le pone un nombre de fantasía que encubre su naturaleza delictuosa, ¿qué hacen los grupos de poder para desacreditar al gobierno de turno al que no pueden ventajear?

Lo acusan por todos los medios de corrupción.

Reclaman el cumplimiento de la ley que contribuyeron a redactar y a la que burlan sistemáticamente. Porque han logrado establecer como una premisa cierta gracias a su poder de convencimiento sobre esa clase media temerosa de caer mas abajo o deseosa de acercarse al calor del dinero, que un gobernante puede ser un verdadero estadista, un inútil, un ladrón confeso, un putañero, un prócer, pero sólo será bueno si se comprueba que no ha robado, y esa comprobación obedece más bien a una percepción que a una realidad fehaciente, y así será por los tiempos.

Porque pareciera que no puede haber otra dimensión en un gobernante que la incorruptibilidad. O es el bronce pétreo e inmóvil o la peor de las maldiciones.

Pero en tanto esa honestidad sólo es determinable a través de instituciones colonizadas por la oligarquía a través de las leyes que contribuyó a establecer, es posible que esta oligarquía levante o baje el pulgar para impulsar o atemperar el desempeño de estas instituciones de acuerdo a los favores que haya recibido del gobernante de turno.

Entonces no estamos hablando de honestidad.

Ahí lo tuvimos a Menem diciendo –contradiciendo a la Constitución del que era mandatario- que en el país “no hay tres poderes, sino uno, y dos vertientes”, sin embargo, no hemos visto al establishment ni a tribunal alguno, efectuar denuncias sobre temas de este tipo. Sí lo hemos visto perorar sobre los dineros que Menem se habría robado, que es lo que le molesta al poder verdadero y que otros tribunales más amigos terminan por desestimar o convertir en juicios de fantasía.

Claro que no estoy haciendo una defensa a favor de la impunidad de los funcionarios que roban. Voy mucho más allá.

Porque lo que se intenta con esa idea moral –falsamente moral- no es señalar al gobernante deshonesto, sino establecer que son otros, y no los elegidos por el pueblo, quienes tienen una moral intachable al punto de permitirse señalar la moral ajena desde púlpitos que se otorgan entre sí.

Aquello del reservorio moral de Occidente ¿se acuerda?

Los candidatos hacen campaña asegurando que “no van a robar”. Debe ser el único país del mundo donde se hace campaña enumerando lo que no se va a hacer.

Por lo tanto, no se busca simplemente denunciar la corrupción. En tanto lo que se denuncia es al funcionario, a su sucesor y al sucesor del sucesor y sus eventuales sucesores deben jurar que no van a robar, se trata de un intento de demostrar que lo sucio es la democracia. Que aquello que es tocado por el pueblo, está mal, que lo malo es el procedimiento, como la madre que intenta convencer todo el tiempo a su hija de que se casó con un inútil.

Siempre los “capaces” provienen de universidades, empresas y consultoras privadas.

Ellos son los limpios. Los que saben y deben ser siempre consultados sobre los destinos del país, que inevitablemente consisten en que se llenen los bolsillos.

Cuando ya no hay argumentos, atacan por la vía judicial. La oposición, lejos de poder organizar actos masivos ni cacerolazos exitosos, festeja allanamientos y citaciones judiciales como único intento de poder reencontrarse con derechos que parece haber perdido.

“Juicio, cárcel y confiscación”, dicen los voceros de los que especulan con los alimentos de los argentinos y se guardan los granos en silobolsas al costado de cualquier ruta.

Y la Justicia, que como ciertos burgueses, no quiere pagar impuestos, obedece. Es su oportunidad de lograr llamar la atención para que los privilegios tampoco sean recortados.

Claro que no pretendo que se sosiegue a la justicia, sino que actúe, pero tampoco que lo haga como si a los autos que andan por la calle les hicieran la Verificación Técnica Vehicular en cada semáforo. Tal vez de esa manera no habría accidentes, tampoco la gente lograría transportarse.

Cierta gente festeja. Cree que la Justicia al fin despertó. Tal vez la verdad es que nos están durmiendo de nuevo.

El truco es evidente. Lo único que logró que los poderosos de este país no nos avasallen fue la democracia a la que tanto le temieron y evitaron que se desarrolle y que genera derechos imposibles de soportar.

En algún lado nos perdimos, por aquello del lecho de Procusto, de poder generar instituciones democráticas propias y de acuerdo a nuestra identidad como pueblo, en vez de trasladar entidades ajenas. La democracia tal vez compensa esto, y por eso es observada y ha sido talada tantas veces en el último siglo para implantar el mismo viejo proyecto.

El que no resulta un ortiba del poder real, el que termina haciendo fuerza con la democracia, mas allá de su condición moral, será catalogado de corrupto. No importa que haya o no robado: sólo eligió no ser un sirviente.

Esperemos que a diferencia de otros tiempos, la gente haya aprendido, y sepa en qué trasero pegar la patada.

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