La noche de los museos

zombiesSuele suceder en todas las sociedades: un grupo de personas no está de acuerdo con lo que hace el gobierno de turno y entonces reclama. Se han dado múltiples variantes y grados de protestas en la historia. Hemos asistido allá por los ’80 al reclamo por los derechos de todos, pisoteados con sangre por una dictadura cuyas consecuencias seguimos sufriendo, por los hijos y por los nietos arrebatados. Con el tiempo conquistamos la democracia y con su ejercicio, el imperio del derecho por encima de la imposición de unos cuantos perversos.

El ejercicio de la democracia, la sucesión de sus hechos también nos enseña que la República no es un ámbito quirúrgicamente estéril y ajeno de toda contaminación: la vida no lo es.
Hay una conciencia en la que podríamos llamar “ciudad de Buenos Aires profunda” en el sentido de ser un espacio que se ha mantenido “peronismo free”. Una sensación de que, pase lo que pase, de la General Paz para adentro “no deben avanzar”. Eso es lo que llevó a votar a De la Rúa como Jefe de Gobierno en una especie de compensación por la senaduría que el Colegio Electoral le quitó a favor de María Julia Alsogaray, entonces traicionando ideales a favor del gobierno de Menem. Es lo que hizo que Macri, que tenía una imagen muy relacionada a su pasado de presidente de Boca y torpe niño bien, tenga hoy una verdadera hegemonía en la ciudad que gobierna, a tal punto que sus partidarios no logran creer que los que vivimos de la General Paz hacia afuera pasamos días sin siquiera toparnos con su nombre.
Mis tías porteñas, sus amigas, la familia en general y tanta otra gente insultaban aún años después, al peronismo que las obligó al luto por Evita en los años cincuenta, criticaban la supuesta ignorancia de sus dirigentes, y recreaban historias sobre cómo Perón le puso un revólver en la cabeza a Juan Duarte y le dijo: “O te suicidás, o te mato”.
Evita andaba con Agustín Magaldi, tal lo retrata la ópera rock de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice. Cuando Libertad Lamarque le pegó un cachetazo por llegar tarde a filmar –por no cumplir con las normas- se tuvo que exiliar en México donde, como una especie de revancha al peronismo que la exilió, fue muy exitosa y adoptada como una mexicana mas.
Encima Evita llegaba tarde porque “se estaba viendo” es decir, tenía sexo, con un coronel del ejército.
Libertad Lamarque era la Argentina que se portaba bien y respetaba las reglas, y Evita era la que transgredía y nos sumía en la incertidumbre. A punto tal que Libertad Lamarque, aún fuera del país, no pudo más que demostrar su excelencia, destino reservado a tantos argentinos ninguneados por la ignorancia populista.
El relato de todas estas ignominias no resistían el menor análisis, en caso de ser ciertas, ante la realidad del bombardeo a la Plaza de Mayo. Sin embargo, esta última circunstancia ni siquiera se mencionaba.

En los últimos años, tantas décadas e ingenuidades pasadas, como en una remake exagerada, hemos visto cómo esas conductas se fueron reiterando.
La Presidenta no estuvo internada en el Otamendi: se fue al exterior a encontrarse con Néstor para llevarle parte de las grandes sumas que se roba de todos los argentinos. Además, con Néstor aprovechó y tuvo sexo –la historia remarca este aspecto como algo sucio pese a que se consumaría en el marco del matrimonio-, por eso la infamia precisa relatar que Cristina no siempre le fue fiel a su marido. Cuando Néstor la conoció, en La Plata, ya había tenido una hija con síndrome de down a la que había abandonado en el hospital público, y por eso no se habría recibido de abogada. Por entonces llevaba el apellido de su madre, porque el tal Fernández no la había reconocido sino hasta que lo amenazaron, porque esa conducta promiscua ya viene de antes. Además, Máximo se parece al jardinero. Eso sin contar que cuando era senadora andaba con Alasino y quien tenía las fotos de esa relación era el periodista Juan Castro, que por eso halló una dudosa muerte a manos de los servicios.
Denigrar a una mujer sin explicar cuáles de estos aspectos, si fueran ciertos, la invalidaría para ejercer la función pública.
El jueves pasado, un grupo de ciudadanos disconformes marchó por las calles de Buenos Aires. Sabemos que en otras ciudades también marcharon. Sabemos también que en todas las ciudades hay gente que quiere parecerse a los porteños como éstos quieren ser como los Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, o al menos Uruguay y Chile.
El tema no es que estén disconformes. Lo sabemos, sino la forma y la naturaleza de los reclamos.
Por suerte, hay que confiar en la conducta cívica de los argentinos y estas manifestaciones parecen estar quedando en el pasado, pero llama la atención la indignación con la que se manifiestan, y las caras adustas –coloquialmente solemos usar otra frase- que detentan.
Por un lado muestran un cierto optimismo, una presencia de ánimo positiva al encarar un reclamo que además junta a otras personas con similares ideas, pero por otro, muestran un inusitado nivel de violencia gestual.
Parten de creer que un país se basa en cumplir las normas que acaso fueron dictadas para su fracaso y a las que, por dictadas en épocas pretéritas, no se las discute, de suponer que las instituciones y el día a día de estas instituciones deben desarrollarse en un marco de situaciones ideales fuera de las cuales se invalidan, que los Padres de esta Patria son aquellos que firmaron su rendición.
Hay blanco, y si no, negrísimo.
Criticar a Sarmiento está mal. Denigrar a Belgrano desde el reciente libro de un historiador de muerte aún mas reciente, si.
Claro, Belgrano traicionó a su clase. Sarmiento luchó por treparse a las mismas.

Como las fans de Justin Bieber o de Violetta, como nosotros cuando queríamos ser como Carlitos Balá o Piluso, siguen lo que un programa de televisión les indica que está bien. “Sabsay a la Corte” piden, sin saber si Sabsay reúne mas condiciones que reclamar erróneamente el título de abogada a la presidenta. “Crisis argentina”, dicen en unos cartelitos prefabricados, sin saber si se trata de un reclamo o el logro de quienes convocan a estas concentraciones.
“Basta de inseguridad”, piden, como si los asaltaran sólo a ellos, o como si el Estado debiera impedir que los asalten a ellos, pero a otros no o que los asaltos se produzcan en sus paquetes barrios. Hacen profusión de banderas argentinas y de reivindicación como ciudadanos. “Nosotros también existimos”, parecen gritar, como si tuvieran un enorme sentimiento de pérdida de algunos valores que tal vez, nos impiden avanzar a todos como sociedad.
Una directiva de la Sociedad Rural de Azul, donde los agrocomerciantes hacen ostentación de silobolsas al costado de las rutas, se cree con derecho a pintar los pañuelos de las Madres
Quienes sostenían aquello de “que no iban a permitir que un sucio trapo rojo flamee como bandera argentina”, y se molestaban por eso, resulta que algo les parece aún más aterrorizante: que aquellos indicados como “zurdos” se apropien de los colores nacionales. Entonces deben exagerar su impostación de argentinos. Argentinos son ellos, no los otros.
La Argentina son dos barrios de la Capital Federal.
Tampoco hacen ostentación de banderías políticas, aunque todos sabemos que muchos son la rama puteadora de muchos líderes opositores, camuflados entre quienes se vanaglorian de “no creer en la política”. La señora de la Sociedad Rural de Azul es muy amiga de Carrió, por ejemplo, y no hubiera podido dañar nada sin evitar la paliza policial si hubiera sido parte de una marcha de gente morocha.
Pero sin duda, no se sienten representados. Hacia adelante sólo ven una pared a la que se aproximan a doscientos kilómetros por hora. No porque no haya nadie que encarne su pensamiento político, sino porque no lo tienen. No se puede llamar “pensamiento político” a ese listado de demandas de señora gorda que sólo exigen castigos cuya aplicación implicaría violar la dignidad humana de cualquiera. Toda su idea es la salvaguarda de algún vago valor, volver a estados que la civilización desechó, alguna buena intención cristalizada en el tiempo a la que llaman “Patria” sólo porque tiene olor a Manual Kapelusz.
Y tal vez el enojo provenga de la creencia de que, como clase, tienen el copyright del ser argentino, y que sus valores por primera vez en la historia, han sido cuestionados, echados de los altares, decolgados de la pared como el cuadro de Videla. Viven, conviven, respiran el odio de quien ve, como en el cuento de Cortázar, cómo la que creen su casa es compartida habitación por habitación.

Enumeran una serie de supuestos delitos de la administración pública, a los que fácilmente se le pueden anteponer otros de otras administraciones ante las cuales no protestaron. Reclaman justicia sin conocer las leyes, piden que se acabe la corrupción y establecen per se que efectuar escuchas telefónicas es un delito mucho menor a “quedarse con la fábrica del dinero”. Reclaman “confiscación”, sin saber si esa figura existe en algún código de justicia.
Ignoran, y militan la ignorancia.
Mientras en el mostrador van atendiendo el número 17 rosa, ellos tienen el 246 de dos talonarios mas tarde, y la queja sólo busca colarse –como si tuvieran algún tipo de autorización- en la fila del reparto de derechos y estómagos llenos sin tener que atravesar los caprichosos recorridos de la democracia.
Y ya no hay cuarteles para ir a golpear.
El jueves pasado, hasta los medios que los suelen convocar les dieron la espalda.
Hay quienes dicen que los organizadores de estas marchas siguen los principios de Gene Sharp, un filósofo estadounidense que escribió sobre las formas de derrotar dictaduras sin violencia. Pero Sharp, que es casi nonagenario, plantea una serie meticulosa de requisitos para llevar a cabo sus teorías, y reclama que haya un líder de la protesta que catalice las críticas y los ataques, lo cual no sucede. Pide un mensaje claro y suscinto, habla de un gobierno dictatorial e impopular, pide organización, no una piara de incoherencias.
Si alguna vez siguieron las ideas de Sharp, claramente se desmadraron.
Por eso, y mas allá de algún efímero suceso, la protesta no hace mas que reclamar las mismas viejas injusticias de siempre. La marcha de los reclamos zombies.
La noche de los museos.