ALCArajo

chavez_mdq ALCA

Dicen los que saben que no debe empezarse una nota con algo negativo, con la palabra ‘no’, por ejemplo. Pero así voy a empezar, porque quiero decir que ‘no’ está bueno tampoco encabezar un artículo hablando de tumbas, no por la cuestión de estilo, sino más bien por la anímica. Pero bueno, acá vamos, de todas formas.

En Mar del Plata hay unos cuantos cementerios, entre municipales y privados. Pero hay uno muy especial, uno que inauguramos hace nueve años y que sólo cuenta con una tumba. Profunda. Cavada por hombres y mujeres que decidieron hacer su propia historia, reescribiendo para siempre la que contaban los vencedores, los poderosos que durante siglos pisaron nuestras cabezas y frustraron nuestro destino desde su Imperio invasor y asesino. Es la tumba del ALCA.

Aquí está, en Mar del Plata. Aquí enterramos el Área de Libre Comercio de las Américas, aquí le pusimos freno a ese tratado que mentía beneficios económicos para todos, pero que en realidad era ponerle la soga al cuello de los países americanos en desarrollo, para que Estados Unidos pueda apretar a discreción. Estos tratados promovidos por los sucesivos presidentes norteamericanos, se iniciaron en 1994, en Miami (Nunca invitaron a Cuba, obvio). Aquí teníamos al nefasto Carlos Menem, amante de las relaciones carnales con los Bush o cualquiera que ostentara el poder de la bandera de las estrellas y las barras, fanático de entregar nuestro patrimonio y futuro al mejor postor, que siempre resultaba ser el mismo. Entonces ahí el Imperio tenía vía libre y hacía lo que quería con la pobre Argentina, de la misma manera que destruía otros países latinoamericanos con la ayuda interna de sus gobernantes neoliberales. Era una mala época para nuestros pueblos. Siempre es mala la época en que los muy ricos ganan más y los pobres se hacen más pobres.

Pero después Latinoamérica rompió el molde del sometimiento instaurado por los traidores de la patria que vendían, pedazo a pedazo, nuestros países desde adentro. Después hubo un Chávez, un Kirchner y un Lula. Juntos hicieron lo que el Imperio yanqui no quería, se aliaron y reconstruyeron los lazos de la Patria Grande.

EEUU estuvo operando para que eso no sucediera, difamaron a esos tres presidentes que representaban como pocos a sus respectivos pueblos. Pero no pudo. “Hemos venido con una pala, porque en Mar del Plata está la tumba del ALCA”, dijo el eterno Hugo, quien en su voz llevaba las voces de los desprotegidos, de los pobres de toda pobreza, de los marginados, de los excluidos de la historia. Y él lo sabía, lo supo siempre, por eso gritó, con el grito bravo de los que se levantan, de los que aguantan de pie aunque lluevan palos y botas, de los que, orgullosos, dicen basta. Y cantó la canción más bonita que esta ciudad ha escuchado: “¡ALCA, ALCA, Al Carajo!”, y los que estábamos en ese estadio quizá no teníamos tan en claro que el lápiz que reescribía la Historia estaba en nuestros puños alzados, pero nos sumamos al rugido potente y coreamos esas palabras mientras tirábamos tierra a la tumba de la explotación de nuestra gente.

Y allí firmamos un compromiso: custodiar ese sepulcro, para que nunca más se levante en nuestras tierras el cadáver hambriento del devorador de pueblos. Porque somos soberanos, porque no queremos volver al pasado oscuro de entregadores y cómplices. Porque si podemos decir “Yo los vi enterrar el ALCA”, debemos defender las ideas que llevaron a tomar esa decisión, a patear el tablero imperialista, a ponerse en la vereda de enfrente de los Estados Unidos. Aun hay dirigentes políticos que se asustan cuando se le habla de igual a igual a EEUU, que piden tratar con más respeto al país terrorista que más ha asesinado, que más ha empobrecido al mundo. Argentina no necesita tipos como ésos, Argentina necesita hombres y mujeres que tengan el coraje que tuvieron aquellos que un 5 de noviembre de 2005, en Mar del Plata, mandarlo a Bush al carajo.