Que florezcan mil Casey

casey wanderCuando se habla de la libertad de expresión, de poder decir lo que se piensa en público sin temor a represalias, de poder pensar como a uno le plazca sin que exista un filtro que censure nuestras palabras, debemos aplicar primero esos principios valiosos a los demás, antes que exigirlos para con nosotros. Es que el discurso se cae muy rápido si reclamo a los gritos mi libertad, pero me molesta la ajena.


Desde hace un par de días hay algunos individuos que están con un ataque de caspa atroz y se debe a las espontáneas declaraciones de un niño de once años. ¿Hasta dónde puede llegar el odio visceral hacia el gobierno nacional y quienes lo encarnan? Muy lejos, evidentemente, ya que se ha agredido de manera desmedida a una criatura que dijo lo que pensaba sin ningún empacho.
Acaso será la bronca de saber que en sus propias filas opositoras con cuentan con ese semillero, acaso sea la simple envidia de saber que ni siquiera ahora de adultos logran exponer sus ideas con la claridad con la que lo hizo Casey Wander, que dijo que “adora a Néstor Kirchner por todas las cosas que hizo por los argentinos” y que quería ser presidente en el 2050 e hizo un recuento de las conquistas sociales del Kirchnerismo con un conocimiento y una vehemencia abrumadora. Si es así, que no canalicen sus frustraciones agrediendo a un nenito, porque demuestran una gran pobreza intelectual.
En fin, las mentes pequeñitas han estado escupiendo su bilis amarga contra un nenito, porque ya perdieron todos los límites y porque, también, pueden decir lo que se les canta en todos lados, porque la libertad de expresión es así, aunque algunos la utilicen para dar cátedra de irresponsabilidad ciudadana.
¿Qué puede tener de malo que un chico hable con énfasis de lo que le gusta, de lo que sueña? Nada, al contrario, es esperanzador. Algunos, acostumbrados a otras épocas donde el silencio era lo que se les imponía a la fuerza a los jóvenes porque hablar de ideas estaba penado con desaparición y muerte, quizá se descoloquen ante las manifestaciones de una libertad integral y del compromiso que otros pueden expresar. Quizá añoren esas otras épocas. Quizá tengan nostalgia del menemismo, cuando estaba muy mal visto que un niño o joven opinara de política, era mirado con extrañeza y señalado como raro porque “política” era mala palabra.
Pero ya no es más así hace mucho tiempo, por suerte, con el gobierno de Néstor Kirchner, se comenzó a reconciliar a la política con el pueblo y ahora estamos viendo en vivo y en directo los frutos de esa unión: niños que provienen de familias militantes, que viven desde la cuna la participación activa de sus padres, que crecen en democracia plena y que, por fortuna y pese a quien le pese, no tienen empachos en decir en voz alta lo que piensan y lo que esperan del futuro. Porque hay futuro, porque están brotando las semillas sembradas en un pueblo que ya se acostumbró a estar de pie y así se siente cómodo. Están floreciendo. Que florezcan mil Casey.