La revolución derogadora
Allá por septiembre de 1955, los genocidas que nuevamente ejercían el poder en esta Patria, dictaron un decreto. La estupidez del mismo es sólo comprensible en el odio ciego, no al gobierno constitucional depuesto, que ya era historia, sino al apoyo que éste seguía teniendo en aquellos millones de personas que por primera vez se habían sentido objeto de derecho.
El decreto disolvía al Partido Peronista “en sus dos ramas, por su vocación liberticida (sic)”. Meses más tarde, ya en 1956, un decreto adicional reafirmaba el miedo que estos payasos asustadores le tenían a un pueblo organizado. Prohibían a cualquier institución o persona física y jurídica la utilización de imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, obras artísticas, retratos, escultura de funcionarios peronistas o sus parientes, la marcha peronista, la canción Evita Capitana, la abreviatura P.P., y otros items que aludan a la ideología peronista. El gobierno usurpador llamaba a Perón “dictador prófugo”.
Hubieran prohibido aún el pensar en el peronismo, si hubieran podido.
Es interesante detenerse en las causas de esta llamada “Revolución Libertadora” por los mismos que impedían la libertad del pueblo argentino y la existencia del partido mayoritario, para observar casi en espejo a casi los mismos protagonistas y situaciones similares a las actuales.
Ya en 1949, sancionada la nueva Constitución, sectores militares quedaron altamente desairados. Se sucedieron algunos hechos de violencia política adjudicados al gobierno de Perón y, por supuesto, la clase media celebró cuando las víctimas de estos hechos resultaron pertenecer a los sectores progresistas contra los que, si hubieran ejercido el poder, estarían conspirando. El aparente poco acceso que la oposición tenía a las radios, que en ese momento eran el medio de comunicación de mayor fortaleza levantó el nivel de tensión.
Una conspiración lenta y sorda, pero constante, había comenzado.
En 1951 el peronismo triunfó con el 62,49% de los votos, adjudicados claro, al control de prensa que el oficialismo ejercía en detrimento de otros candidatos y al asistencialismo. Los que hoy se hubieran autodenominado “Somos el 37,51%” reclamando el 100% de algo que jamás obtuvieron, pusieron el grito en el cielo. El general Benjamín Menéndez, tío del genocida Luciano Benjamín Menéndez y del Mario Benjamín Menéndez que ofició como gobernador en Malvinas durante 1982, planeó un golpe militar sin consenso en las Fuerzas Armadas. Sin embargo, en algún momento no resistió más y se insubordinó al gobierno de Perón. El intento fracasó a las pocas horas. Perón no comprendía cómo sus pares podían jugarle tan sucio y pese a algunas medidas rimbombantes, actúa con cierta paciencia y prudencia. Error.
Por supuesto, el gobierno peronista comienza a ser acusado de corrupción.
Aquí habría que hacer una salvedad. En la Argentina, un gobierno puede ser bueno, puede ser inoperante, puede llevarnos a la ruina o a la más abundante de las riquezas, pero en cuanto alguien acusa a ese gobierno de corrupto, la gente cree que aún lo bueno de ese gobierno está mal y todo logro ulterior pierde asidero. Algunas multitudes pueden llegar a creer que cierto funcionario sale todos los días de su despacho con una bolsa blanca en los hombros con el signo “pesos” impreso sobre ésta, y que el dólar y las cosas en el supermercado aumentan por eso, y las reservas caen por lo mismo. No basta con que la Justicia investigue los casos de corrupción: la denuncia también implica a la Justicia como manipulable o manejada por el poder de turno.
El lamentable menemismo y su estela de desocupación y quiebra económica mantuvo su caudal electoral aún cuando hizo sentir su rigor privatista, entreguista y endeudador. Todos creyeron su uno-a-uno, la posibilidad de pasar los fines de semana en Miami y de comprarse todos los electrodomésticos que salieran al mercado hasta que comenzaron las pruebas de la corrupción, nunca castigada.
La propia dictadura militar que asesinó a 30 mil argentinos, se apropió de bebés y de los bienes de los desaparecidos gozaba de la mejor de las imágenes hasta que los chocolates que le mandábamos a los soldados en Malvinas nunca les llegaron y les eran vendidos, y hasta que las bombas no explotaron sobre los barcos ingleses.
Todavía se defienden las corrupciones de gobiernos pretéritos, no por no creer en esa corrupción, sino por suponer sin pruebas que el actual gobierno es aún más corrupto.
Peor aún, la gente suele recordar, o cree recordar porque los medios se lo han dicho, a gobiernos malísimos, administraciones torpes que nos han dejado en la ruina, pero cuya reputación, acaso también implantada por los mismos medios, consiste “en no haber robado”.
Volviendo a la “Libertadora”, en 1953, el capitán Bassi, en el habitual viaje de instrucción, revela a sus camaradas un sombrío plan. El marino leyó un artículo del militar japonés Mitsuo Fuchida en el que éste relataba cómo había planificado el ataque a Pearl Harbour, y agregó: “¡Qué lindo hacer un Pearl Harbour en la Casa Rosada!”
Por supuesto, en algún momento, la tensión llegó a los estudiantes universitarios. Los sectores que se dicen progresistas suelen adjudicar al gobierno contra el que luchan características de derecha y despotismo, para luego comprobar muy tarde que el despotismo estaba en aquellos a los que servían y los gases lacrimógenos también apuntaban a ellos. Idiotas útiles que tradicionalmente han tratado de torcer la historia o falsos progresitas al servicio de las clases dominantes. Hace pocas horas, el sindicalista Pablo Miceli reveló sorprendido que “lo que viene” es más de derecha, como si se enterara recién ahora, como si alguien entre la oposición proviniera del trotskismo mas rancio.
El “factor Evita” también fue importante. La Primera Dama y Abanderada de los Humildes irritaba a los capangas. Crispación, le dirían hoy. Por suerte, un cáncer muy vivado acabó con su vida en 1952, permitiendo que los sectores dominantes pudieran seguir difundiendo su tradicional mensaje de amor y evitando que la Argentina se cayera del mundo.
Y también hubo enfrentamientos con la Iglesia. Los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, dejando alrededor de 400 muertos, llevaban pintadas en sus fuselajes cruces con una “v” debajo y la leyenda “Cristo Vence”.
Algunos de estos aviones capturados fueron “intervenidos” por militantes peronistas que dibujaron una curva entre el extremo superior de las cruces y el lado derecho de su trazo transversal, transformándolas en “P” y dando origen al “Viva Perón”.
Claro, desde un avión se puede invocar a Cristo para una misión de muerte, pero resulta que el “liberticida” era el peronismo.
Días después del bombardeo, en una foto de una marcha en apoyo a los golpistas podemos ver banderas en las que se viva a la marina firmadas por la Unión Cívica Radical. No es algo casual: fue el partido que resultó el principal beneficiario del golpe, que se transformó en la “alternativa institucional” a los militares en dos ocasiones hasta el “desafío” de Lanusse a Perón, y que contribuyó a derogar en 1957, en una convención constituyente totalmente ilegal, dada la proscripción del peronismo, la constitución de 1949, que hoy debería regirnos si no fuera por el apoyo del partido del “Padre de la democracia”.
De modo que tenemos conflictos con los militares, las clases dominantes, la Iglesia, los medios y aquellos que se situaban a la izquierda del movimiento.
Hasta tuvimos quienes vivaron el falso cáncer de la Presidenta.
Parecido. Salvo que hoy definimos los golpes en círculos rojos y grupos empresarios, fondos buitres y agromafiosos que apoyan a uno u otro candidato. La representación del pueblo es una abstracción.
Y ahora hablan de derogar leyes votadas durante este gobierno. Muy parecido a ese par de decretos de la Libertadora. Aunque tudo bom, tudo legal, por supuesto.
Se presentan como “la gente que puede hacer las cosas bien”, porque la economía, hoy “está mal”. ¿Se olvidaron de que terminamos en el corralito gracias a su accionar mesiánico? ¿Qué nos puede hacer pensar que hoy harían las cosas en forma diferente? ¿El sólo paso del tiempo?
Si en definitiva, la “década ganada” sólo hubiera sido posible gracias a la sola ausencia de sus impericias
Todos, con sus diferentes manifestaciones vitales, tropiezos de lengua, opiniones, tuits erróneos, manifestación de apoyos de los mismos sectores de siempre, abrazos a señoras, no hacen mas que evidenciar desesperación e incapacidad.
Y entonces hablan de “Fin de ciclo”. Un concepto acuñado por el demócrata Mariano Grondona para publicitar un libro suyo con ese título. Luego fue adoptado por el politólogo asináptico Mauricio Macri que lo repite creyendo que tiene entre sus neuronas, algo parecido a una idea.
Fin de ciclo, creen torpemente. Como creyeron los militares de 1955 que lo intentaron a sangre y fuego.
Y si en Brasil triunfa Neves y en Uruguay, Tabaré, se viene otra falacia, la de “ponerse a tono con las realidades de los vecinos latinoamericanos”. Olvidarán el triunfo de Evo en el Alto Perú, e intentarán cercarlo.
Siempre imaginaron un futuro distinto. Creyeron que el peronismo era una varicela cívica, y lo siguen creyendo del kirchnerismo.
El diagnóstico siempre fue errado: hubiera bastado sólo con gobernar para el pueblo. Aunque les fuera ingrato, practicar la misma demagogia.
Desde este lado, la gente tiene memoria. Tal vez nos toquen unos años amargos, algunos traidores adentro, algunos desasosiegos.
Pero para aquellos que ignoren al soberano, siempre habrá un destino de helicóptero.
