To Disney or not to Disney

disneyAllá por nuestra infancia, en el colegio se organizaban “tardes de cine”, generalmente después de algún acto escolar o previo a un feriado. En el salón de actos ponían una enorme pantalla y se proyectaban dibujos animados. Por lo general, eran cortos de Disney que en aquellos tiempos no se pasaban por una televisión más propensa al típico programa infantil con un conductor o conductora y en el que los dibujitos eran los de Hanna-Barbera.

Los barrios de Buenos Aires se desperezaban de su propia esencia para moverse lentamente a este hoy de edificios con seguridad privada e identificadores de huellas dactilares.

Toda la obra de Disney tiene la característica de superar cualquier análisis objetivo. Si bien eran de una calidad muy superior a la de Los Picapiedras, el Oso Yogui o Los Supersónicos, venían ya con una atmósfera de algo mágico y sorprendente: la fantasía misma plasmada en el celuloide. Por supuesto ¿quién iba a contradecir este preconcepto a los diez años de edad? Aunque los dibujitos repitieran la lógica de las ardillitas molestando a Donald, aunque no fuera congruente que un pato tenga el mismo tamaño que un ratón junto a un perro que caminaba en dos patas y otro, que lo hacía en cuatro. Disfrutábamos los dibujitos de Disney como si fueran la quintaesencia del dibujo animado.

Esa admiración se transmitía mas tarde a otro concepto, denominado “Disneylandia”, un lugar seguramente tan mágico como aquellos dibujitos y cuyo anhelo era mayor cuanto mas lejano estaba. Disneylandia –o Disneyworld- eran la encarnación de todas aquellas cosas que veíamos en los dibujitos. Por aquellos tiempos, las películas de Disney, muy esporádicas y con argumentos simplones, eran con actores, ya que las de dibujos animados pertenecían a un pasado cuyos costos las había permitido.

En filmaciones, veíamos personas disfrazadas de Mickey, Donald, Pluto o Tribilín que, a diferencia de la movilidad que los personajes mostraban en los dibujitos, sólo podían saludar estúpidamente con las manos y fingir besos a los niños con esas máscaras de sonrisa congelada.

Disney tenía un cine en Buenos Aires llamado “Los Angeles”, y allí, cada tanto, estos personajes “visitaban” y saludaban a los niños que íbamos a ver las películas, muchas veces reposiciones de viejos estrenos.

Sin embargo, Disneylandia era un sueño para todos los niños que íbamos a la primaria en alguna escuela pública de este bendito país. Los yanquis, que ahora luchan contra el Islam, no advirtieron entonces que los niños queríamos peregrinar a esa Meca ubicada en La Florida.

Un anhelo de la clase media que la reafirmaba como tal.

Algunos padres pudientes, que habían crecido en otras realidades más propias de Tarzanito en la radio, llevaban a sus niños a Disneylandia. El regreso era una fiesta en casa, con anécdotas, exhibición del merchandising, show de diapositivas y bizcochuelo.

Los años pasan y muchos de esos sueños van cambiando convenientemente. De eso se trata crecer. La Meca de Disneylandia terminó siendo un recuerdo con algo de bochorno. Uno comprendió a Walt Disney, a los muñecos, al capitalismo y al imperialismo. No hizo falta ir a Disneylandia. Otras expresiones de lo mismo se fueron instalando mas cerca y muchas veces comprobamos cuánto nos puede lastimar un peluche.

¿Todos lo comprendimos? Lamentablemente, no.

Oculto entre las multitudes, entre todos esos amigos de la infancia, un enorme amor por el Ratón Mickey continuó ardiendo en forma oculta en algunos. Aparentemente olvidado, deshechado al debatir sobre lances amorosos, estudios, iniciaciones laborales, agachadas, rencores a los padres, alquileres y negocios, el amor por el ratón permaneció.

En la historia argentina reciente, el amor por el ratón suele estar acompañado por la admiración a otro país, a otra forma de organizarnos como sociedad, a ser otros, a denominar “Meca” a otra cosa muy relacionada a Disneylandia.

¿Y cuándo evidenciarlo, cuándo darle finalmente la rienda suelta, en qué momento ese amor se vio protegido de la burlona visión pública, del cuestionamiento?

Así es, cuando se es, finalmente, padre.

El bebé acaba de nacer y ya papá le compró la mamadera de Mickey, el babero del burro de Winnie Poo, la sábana de Donald, y cosas así.

Cuando el nene puede apenas ver la tele, ya tiene DVDs de todas las películas recientes de Disney, que ven una y otra vez y en lugar de pasar por alto aquello del argumento simplón, ahora no: el papá lagrimea con el final de La Bella y la Bestia.

Uno entra a esa casa y ve muñecos de Disney por todos lados. El papá explica del nene: “No sabés lo que le gusta Disney”, como si fuera inocente, como si lo del nene fuera una iluminación como la del Cristo perdido en el Templo.

Por supuesto, ni bien el bebé puede hablar, ya tiene un sueño: “Ir a Disney”.

Y el papá, o la mamá, en vez de que eso sea un llamado de atención acerca de cómo están criando a su hijo, toman esta manifestación como un compromiso, algo que tienen que hacer. El objetivo familiar resulta el del bebé.

Y un día, finalmente ocurre. Papá, mamá y el nene parten rumbo a Disneylandia. No importa que hayan sacado el viaje en mayo y el nene tenga que faltar quince días a la escuela. Eso es aún mejor: si el viaje fuera en enero, los compañeros del nene no se enterarían. Cada día de clase con ese banco vacío es como repetir mil millones de veces “Mientras ustedes pierden el tiempo intentando el conocimiento, ese objetivo vacuo, yo estoy en Disney realizándome como ser humano”. Hoy en día, las redes sociales acentúan el viaje le dan plazos inciertos. En vez de las sórdidas diapositivas de hace treinta años, soportaremos selfies con comentarios bobos en Facebook y Twitter. Uno desde acá se pregunta qué emoción, qué sentimiento de revelación se puede experimentar frente a ese jabalí verrugoso hecho de cartapesta. Cómo un cerebro puede suponer que un país mejor consiste en un cantero decorado con los muñecos de Aladdin. Seis meses después, papá, mamá y el nene siguen posteando fotos del viaje, entradas colorinches y playas de estacionamiento enormes.

Encontrarse a alguno de ellos representa soportar anécdotas insípidas y mirar el álbum de fotos de “Magic Kindon”, porque de nada valió pasarse una semana en un lugar para aprender cómo se escribe.

Fotos de fotos, imágenes que intentan que el otro sienta, no la felicidad que el protagonista sintió en ese momento, sino que el otro se está perdiendo LA felicidad encarnada en un pulpo que entrega hamburguesas.

Nunca se habla de Disney persona, un tipo cuyo mejor personaje resultó ser él mismo, y supo ocultarse convenientemente. Negreador de dibujantes, negador de derechos intelectuales, mal pagador. Siempre al borde de algún problema.

Y todo porque papá no elaboró esa vivencia infantil de las tardes escolares, no vio, no pensó, no experimentó, no sintió.

No creció.

Su infancia, tan congelada como nos decían que estaba Disney.

Hay quienes dicen que Peter Pan es capaz de conservar eternamente su niñez en Nunca Jamás porque, como aquellos a los que ve el protagonista de “Sexto sentido”, está muerto.

Los niños muertos, son siempre niños.

Siempre actuarán como niños.

Y pasen por la boletería, por favor.