No pudo llegar a ser el Lázaro del Rock
¿Por qué no se murió hace cuatro años, cuando tuvo el ACV? Quizá obtenga algunas respuestas a esa pregunta. Los religiosos dirán que no era su hora, que el plan de Dios, -que deben entender tan poco como yo-, estaba escrito así. Los que se vuelquen a la ciencia me darán un puñado de razones médicas que no entenderé del todo y que, aunque comprendiéndolas, no me responderán la pregunta, al menos no como yo quiero. Algunos hablarán de las buenas y caras clínicas y los costosos tratamientos a los que tuvo acceso, dirán, quizá, que fueron la razón de esa supervivencia ambigua y silenciosa, que lo tenía lejísimos, pero acá, al alcance de las manos de su madre.
Ninguna respuesta va a satisfacerme, porque estoy empeñada en no entender. ¿Para qué, todos estos años de agonía? Científicos y religiosos, abstenerse de opinar, porque sus respuestas me enojan. ¿Por qué, cuando ese rayo le partió la cabeza en Venezuela, no murió? Ahí, sin padecimientos extra, sin ilusionar a quienes lo amaban, sin generarle expectativas a nadie. ¿Por qué, la muerte, que hoy se cansó de esperar, no se lo llevó ese mismo día de 2010? No lo sé. Las cosas funcionan de una manera odiosa.
Si iba a aguantar cuatro años y medio, hubiera despertado, pienso. Y sé que yo también caí en las redes que nos tendió la esperanza, cruel y cínica, como siempre. Amamos y odiamos a la esperanza, todo el tiempo, y hasta al mismo tiempo. Pero es tan adictiva la droga de la ilusión, que no queremos desprendernos de ella aunque la realidad nos de codazos en las costillas y nos señale lo que no nos animamos a mirar de frente.
Yo creí, de verdad, que un día se iba a despertar. Lo confieso, lo juro, si hace falta. No es que pensé que de golpe se levantaría y que volvería a cantar, a componer, a vivir entre nosotros. No, no fue, no pudo llegar a ser el Lázaro del Rock que nos hubiera llenado de alegría. Creí que alguna oportunidad de recuperación, quizá mínima, quizá sólo llegaría a abrir los ojos y decir algunas palabras durante un tiempo, luego saldría de su silla de ruedas, volvería a caminar… La esperanza. Yo también tejí ilusiones que, ahora sé, son apenas literatura.
Llueve en Buenos Aires, no podría ser de otra manera. Yo escribo lo que siento en esta ciudad de todos que siempre me es ajena. Cerati, al final, despertó. No como queríamos, claro. Pero despertó de ese descanso absurdo, que nunca quiso. Despertó, al final.
Los que se aman no pueden morir, porque amor significa eternidad, dijo alguna vez Emily Dickinson. Pero hoy estoy muy triste para abrazar las palabras de la poeta, la decepción es el complemento nefasto de la esperanza perdida. Aunque sí, vaya si era amado Cerati. Sigue siendo amado. De aquel amor, nos queda la memoria repleta, los mejores recuerdos en los ojos y los oídos. Pero no alcanza para salvarnos de la muerte, que perdió la paciencia y dijo basta, no nos libra, nada nos libra, nada más queda. Nada más.
