8N: Yo no lo vi

(Por Guillermo Enrique Perriello*) ¿Cómo fue el 8 de noviembre para mí? ¿Qué fue lo más importante que me pasó? ¿Qué rasgo distintivo, que nota, que color subrayan ese transpirado jueves de noviembre? ¿Cómo amaneció el viernes social y político desde mi percepción de ciudadano con pasado político, y con presente de ciudadano que gusta (mucho) de la discusión del aquí y ahora?
Cada pregunta tiene una respuesta, atravesada por un eje común: para quien relata esta nota, el jueves fue un día como cualquier otro. Nada demasiado importante pasó ese día, salvo los pequeños y maravillosos milagros que la vida cotidiana le muestra a nuestros ojos tantas veces tozudamente cerrados: los chicos que crecen, el año que pasa, la primavera esquiva, la vecina que cada tanto nos mira extrañada, vaya a saber por qué.

El punto notorio de la jornada fue el calor, agobiante de a ratos. La tarde apenas fresca me permitió darme un gusto: dar clases a mis alumnos del Instituto Terciario donde trabajo, sentados en las escaleras del patio, al aire libre, mientras la nochecita aliviaba los sudores del día.

El viernes amaneció transcurriendo mansamente, preludio de un fin de semana destinado a “desquitarnos” de una semana a pura actividad.
Volviendo al 8N, les voy a contar que hice: no vi, ni el jueves ni el viernes, ninguna imagen de las concentraciones y marchas que se hicieron en varios puntos del país. Ni escuché ni leí ningún discurso, ninguna consigna. Tampoco presté atención a las arengas previas, ni a las sabias y doctorales conclusiones de los ilustres pensadores del coro desafinado del “todo mal”, luego de la jornada.

Me pasó de largo la gesta boba.

Muchas veces es buena esta práctica. La recomiendo como ejercicio. Lo que uno tenga que saber, de lo que tenga que enterarse, nos va a llegar igual: o te lo cuentan otros, o te lo chocás por el anegamiento mediático que abarrota celulares, televisores, páginas web, radios estridentes y remeras bucólicas.

Haber “ignorado” el 8N, creo que me da derecho a opinar sin contaminantes, sin clichés, sin aturdimiento. Además, creo que no era necesario ver ni escuchar lo que de antemano se sabía que iba a hacerse y decirse. Casi que podría escribir una crónica periodística de la tarde noche del jueves como si hubiera estado allí, nada nuevo sacude el verbo de esta oposición descabezada, aglutinada bajo una convocatoria color demagogia, y que deja claras muchas cosas para el que sepa leer los acontecimientos.
Supongamos entonces que un millón de argentinos se concentró esa tarde a manifestar su descontento con el Gobierno. Digamos también que el epicentro fueron las grandes ciudades, algunas condimentadas por temas locales, y especialmente donde se concentran los grupos de sectores más altos económicamente hablando. Reconozcamos también, que en la calle no había pobres (primer test del verdaderamente progresista).

Del total, resto arbitrariamente, digamos, un veinte por ciento. El ABC1 argentino que va detrás de todas las pancartas que le aseguren que pueden seguir viviendo un presente de lujos y comodidades elefantiásicas, como lo hicieron sus padres, sus abuelos, y cuatro o cinco generaciones anteriores. Que vayan a la plaza a cacarear, tienen derecho a expresarse, a mostrarse, a sacudir sus pulseras y sus aros y sus pieles y todo su pasado oxidado bajo el grito de ¡que se vaya!
Otro veinte por ciento está integrado por la militancia de los partidos políticos, gremios rubios, organizaciones empresariales de la ciudad y el campo, que militan por sus intereses o los de sus jefes, y que se sabía que iban a decir presente.

Queda el resto, un sesenta por ciento de ciudadanos que se sintió convocado por algunos de esos puntos del “orden del día ¿cívico?” que parecía escrito en el falso aire de los profetas del resentimiento. La inseguridad, la resaca de gorilismo que nos queda, el denominado cepo cambiario, el bajo tope del impuesto a las ganancias, entre otros slogans con distinto grado de verosimilitud, los llevó a la plaza a manifestarse.
Esa es la gente sobre la cual me interesa detenerme. Esas son las personas que necesitan, del Gobierno Nacional, un gesto, si se me permite, un poco más cariñoso. Un cambio pedagógico.

Esta nueva pedagogía que le pido al Gobierno implica un cambio en la manera de comunicar que tiene, cuando se dirige a las clases medias, esas que se hamacan en el péndulo que va desde votar a este Gobierno porque las cosas no están tan mal, aunque no se lo confiesen ni al terapeuta, hasta el otro límite: ir a la plaza para que “mi problema personal” (léase dólares, ganancias, la cara de la Ministra Nilda Garré, etc) se resuelva.

Es necesario enhebrar un discurso para esos sectores, que incluya las explicaciones de por qué se sostienen determinadas políticas, a saber:
a.- Los planes sociales
b.- Las restricciones monetarias.
c.- Las políticas de seguridad garantistas.
Podrá decirse, con cierto grado de justicia, que ese discurso está expuesto, pero es tapado por el discurso de Clarín (ah! me había olvidado de el verdadero megáfono de esta convocatoria. ¿Error de cálculo o fallido hecho y derecho?).

Pero no es así, es cierto que hay voces mediáticas que argumentan. Pero acá falta, en la difusión de los fundamentos de estas problemáticas, la ineludible palabra estatal. El Gobierno debe comunicar mejor los argumentos de sus decisiones en torno a estos temas, pues soslayar o ningunear, cuando no evitar estos debates, deja la silla vacía, de la cual sacan el jugo los opositores comunicacionales. Es así: si no se comunica, comunican por vos, y apelar a que “quien quiera oir que oiga”, puede darle a los que sueñan con los 90, o con los 76, o con los 30 (la galería de personajes de la nostalgia derechista es diversa), la oportunidad de atraer para su lado a un sector de la ciudadanía que no puede menospreciarse. Que debe incluirse en los planes del Gobierno. Sería un gesto de salud política, inclusive, conciliar y convivir con las opciones sociales y políticas que, aún siendo opositoras, garantizan la democracia como única opción, y el diálogo como una de sus herramientas más importantes.

Por eso, porque este Gobierno podrá tener errores pero no ha traicionado sus ideas básicas y mantiene la iniciativa transformadora; y porque si bien los argentinos tenemos mala memoria, no puede considerarse a esto como un “pecado mortal”, se impone el perfeccionamiento de la manera en que el Gobierno comparte con estos sectores las razones sus actos, para que la tesis mediático hegemónica tenga una antítesis menos implícita y más pedagógica, más explicativa, que no de todo por sabido, que favorezca las conclusiones de los ciudadanos que se han sumado a la queja pensando únicamente en sus intereses individuales, sin darse cuenta que a muchos de ellos, no a todos, debería darles un poco de vergüenza; siendo además que, en realidad, si pensamos en valores, en solidaridad y en justicia, esos intereses personales están más a cubierto del otro lado.

 

* Abogado, Profesor, Militante
   Miramar