Un grito de corazón
Que día triste debe haber sido ayer para algunos. Pocos, está claro. Sueltos por ahí, cruzados de brazos, molestos, odiados en los sillones de sus casas. Ilusionándose con Robben, insultando los cruces oportunos de Mascherano, sobre todo cuando quedaban pocos minutos y el corazón del pueblo se salteaba latidos, agonizando y reviviendo dependiendo quien tuviera, en sus pies, la pelota.
A muchos les hicieron creer que era imposible llegar hasta acá, a lo más alto. Les dijeron que no era importante, que era de estúpidos e ignorantes seguir hasta el infarto a once tipos corriendo una pelota. Y quizá no lo decían porque así lo pensaran, sino porque era lo que había que decirle a la gente en el manual del Desánimo y la Desesperanza que siguen capítulo a capítulo, al pie de la letra. Algunos se apostaban, exuberantes, en la cima del intelectualismo idiota, creyéndose más inteligentes que otros por no mirar los partidos, por burlarse del que llora con un gol.
¿Dónde estará el cementerio en el que enterraron todos esos títulos catastróficos, que guardaban con adoración, partido a partido? Ahora dicen que no, que no dijeron todo aquello, que no tenían el serrucho en la mano, que no repitieron hasta el cansancio cuán mal nos iba a ir en el Mundial.
Lo único que lograron fue demostrar, y no por vez primera, todo el odio que los envenena. Y ese odio no los deja festejar con la gente, con 40 millones de hinchas que ayer explotaron de alegría, que gritaron, que se abrazaron, que lloraron de emoción, que se exorcizaron de los nervios, del miedo, de la congoja. Y es una pena, no saben lo que se pierden.
Debe ser frustrante no poder ser parte de algo tan inmenso como esto, porque la épica se construye así, nace de estos momentos únicos, y debe ser triste ver a otros levantar la bandera de la gloria y que esa bandera flamee alto. En lo más alto.
Porque manos que aplaudan los triunfos, siempre se consiguen. Sobran. Porque nadie quiere el aplauso falso del que quería que todo salga mal, y ante la realidad gloriosa, tiene que poner en tapa del diario a Romero pegándose en el pecho henchido de emoción y orgullo, después que lo defenestraron durante meses.
Ya sé que la bizarría de la cancha no libera países, no pone comida en los platos, no hace menos pobres a los pobres. Lo sé, lo sé. Pero no me digan que la felicidad no sana, no me digan que llorar de alegría no hace bien, no me digan que ayer no tuvimos uno de los días más grandes de nuestras vidas. Ya sé que Mascherano no es San Martín, pero si El Gladiador te dice que hoy te convertís en héroe, vos vas, agarrás el escudo y la espada y te parás delante de quien sea y atajás dos penales. Ya sé que Messi no va a curar todas las enfermedades del mundo con sus jugadas, pero cada vez que agarra la pelota el corazón late más fuerte y pensás, porque tenés todos los motivos para hacerlo, que algún día te van a preguntar si vivís mucho, seguro, ¿vos lo viste jugar a Messi? Y, sonriendo, eso también es seguro, vas a tener una lluvia de imágenes frente a tus ojos abiertos y lo vas a ver con la memoria dejar pagando a los contrarios, apilarlos de a cuatro, hacer una calesita loca, dejarlos girando como trompos, meter golazos que desafían la gravedad y el tiempo reglamentario y gambetear hasta las críticas más raras que decían que no era ni bueno ni argentino.
Yo sé que ganar la Copa del Mundo no resuelve más que eso: salir Campeón, pero la ilusión, hermano, ¿sabés cuanto vale la ilusión? Vale todo. ¿Vos no terminaste temblando de pánico y felicidad ayer? ¿Vos no te abrazaste con alguien llorando, porque casi no lo podías creer? Claro que si: nos cuesta aceptar que estas cosas hermosas nos pueden pasar también nosotros. Porque todo el tiempo están diciéndonos por la TV, por los diarios, por la radio, que no, que nosotros estamos condenados a la nada, al ostracismo, que estamos alejados del mundo, que estamos al borde del precipicio, que todo lo que hacemos es malo, que nada alcanza, que todo es poco porque somos argentinos, como si eso fuera cierto. Y a veces flaqueamos y casi les creemos y decimos que nosotros no podemos, que la gloria es cosa ajena, y nos dejamos avasallar por ese odio que arrasa. Pero la verdad es esta realidad que estamos viviendo, ninguna otra, aunque las repitan, en letras de molde, hasta el cansancio.
Y si sabemos tan bien todo eso, sepamos otra cosa: se puede. Uno sólo gana, si, pero, ¿quién nos quita la emoción de jugar una Final? Nadie, eso ya es nuestro, pase lo que pase el domingo, ya está, llegamos. Así gritalo, Argentina, gritalo fuerte, porque el cielo ya conoce las marcas que dejan nuestras manos, al tocarlo.
