Uno, dos, tres… mil Guantánamos
Hace unos días se difundieron una serie de imágenes terribles de una requisa practicada a jóvenes adultos en una cárcel de jóvenes de San Luis. Una requisa es una inspección que el servicio penitenciario hace tanto en la cárcel como en los presos para encontrar elementos prohibidos y peligrosos y el límite que jamás se puede traspasar al realizar una requisa es la dignidad humana y el respeto a los derechos más elementales de las personas.
Según se pudo ver en las imágenes, los chicos fueron obligados a ponerse en cuclillas o de rodillas, con la mirada hacía el suelo, desnudos y a la intemperie para ser requisados; practica que no es ni más ni menos que una forma de tortura y va contra la dignidad humana.
La divulgación de las imágenes -que fueron obtenidas gracias a que alguien tenía un teléfono celular dentro de la cárcel- en parte gracias a la viralización de las redes sociales y a las más de cien notas que se han publicado en medios impresos como digitales ha llevado al mainstream una muestra de la brutalidad que se vive a diario en las cárceles argentinas.
Resultó inevitable la comparación con la imagen que se dio la vuelta al mundo hace uños en la que se veía a una soldado estadounidense en la cárcel de Guantanamo sonreír ante una pila de cuerpos. Si bien la comparación es valida y hasta obvia, quedarnos sólo con eso nos puede hacer pensar en lo que sucedió en San Luis como una situación extraordinaria y poco frecuente, cuando en realidad la vulneración de derechos, la violencia y los abusos son moneda corriente en los ámbitos de encierro en Argentina.
La historia de las violaciones de derecho y la tortura en las cárceles y lugares de encierro es tan antigua como nuestra historia patria y son sistemáticas y constantes pese a la igualmente antigua abolición de la tortura en la Asamblea del año XIII posteriormente consagrada en la Constitución Nacional.
Por ello, debo reconocer que si bien las imágenes de San Luis me impactaron no me sorprendieron en lo más mínimo; porque parafraseando al Che; en nuestro país no hay ni uno, ni dos, ni tres, sino mil Guantanamos donde se moldean los cuerpos y las subjetividades a garrotazo limpio. No es algo ni casual ni inocente; es la forma que se eligió para administrar las cárceles.
Una muestra de ello, es que Elias Neuman y Victor Irurzun reflejaron la brutalidad y periodicidad de las requisas violentas en una obra llamada la Sociedad Carcelaria que fue publicada en el primer lustro de la década del 70 en la que retrataba con gran detalle esos procedimientos. Por su parte, Pilar Calveiro mostró en más de una oportunidad las continuidades que existen entre las prácticas de la última dictadura cívico militar y las practicas actuales del Servicio Penitenciario Federal; que por cierto se rige bajo una lógica militarista bajo el pulso de una ley sancionada al calor de la doctrina de la seguridad nacional.
Cuando se intenta llevar a los autores de la tortura a juicio la impunidad suele ser la costumbre y la regla, pese al esfuerzo de abogados y organizaciones defensoras de los derechos humanos. Los expedientes donde se investiga la tortura son celebrados por las polillas, como alguna vez escribiera Rodolfo Walsh en “¿Quien mató a Rosendo?”
Mientras tanto y al calor de la criminología mediática y la demagogia punitivista se plantean discusiones y soluciones abyectas y condenadas al fracaso y a generar más daño y dolor tales como aumentar penas, no permitir que los presos puedan acceder a internet o teléfonos celulares, o construir más cárceles. Pero de cambiar la cárcel y de sus insostenibles mecanismos de funcionamiento perversos no se dice nada.
Cambiar la cárcel y las lógicas del encierro es una de las grandes deudas de nuestra democracia.
Quizás sea hora de que la saldemos.
