Hay un niño en la calle

niño golpeado nene“De otro modo es inútil ensayar en la tierra
la alegría y el canto,
de otro modo es absurdo
porque de nada vale si hay un niño en la calle”

(Hay un niño en la calle, Armando Tejada Gómez)

A esta hora exactamente hay un niño en la calle, hay un niño en la calle. Tiene seis años, más o menos, eso creemos, porque no lo pudieron ver muy bien los que supieron mirarlo cuando hecho un ovillo, en el piso, aguantaba las patadas de la vida, como todos los días. Con un vidrio, dice la dueña o la empleada, intentó robar su negocio, ese niño de la calle que creemos anda por los seis años. Con el odio ignorante de los más egoístas, lo sacó a la vereda y lo pateó, cuando en piso cayó, y le gritó que ojalá muerto estuviera. Y hubo otra gente que alentó. Y cuando una mujer se apiadó y quiso rescatarlo de ese horror, -no del horror de toda su vida miserable, sino de ese otro horror impensado que generó otra mujer al patear en el piso a un niño de seis años-, la insultaron también, los que comen todos los días y pudieron educarse y tienen casa y tienen trabajo y de seguro han tenido uno o dos padres. No como ese niño de, creemos, seis años, que vive en la calle, sabemos.

Porque a ese nenito no le dieron pan para su hambre eterno, ni techo y ropa para ese frío que ya es suyo, que le debe estar comiendo los huesitos, también, ahora, mientras escribo esto. No. No le dieron cariño para su desamparo. Le dieron patadas, le desearon la muerte, a los gritos, entre los golpes, contra un árbol, en el piso. A ese nene que no pidió nacer, que, de seguro, lo único que quería era comer.

“Hay que matarlos de chiquitos”, dicen que dijo uno de los matadores, que, abusando de su cobardía, quería que murieran todos los pobres, o todos los niños que deben robar para comer, que viene a ser lo mismo. Así dijeron, mientras alentaban a esa mujer que si podía, lo mataba, lo linchaba, por haber entrado con un vidrio a robar a su negocio, o al negocio de la dueña o el dueño para el que trabaja. Esa mujer que, apoyada por algunos como ella, debe creer que esos niños están mejor muertos, porque así están lejos de ella, porque así no los tiene que ver, así no tiene nada que temer, porque el miedo y la ignorancia, cuando se combinan con un egoísmo tan crudo, generan un odio tan intenso que nos descoloca, porque no lo esperamos, porque los monstruos como ella nos aterran, no importa la edad que tengamos. Porque esa mujer que pateaba, cree que ese niño no merece nacer, por eso cree que merece morir, pero no sabe que ese nene no pidió nacer y que la única mal parida de ese cuadro grotesco, es ella.

Y esto pasó en una ciudad a la que algunos, todavía, le dicen La Feliz, y suena a burla absurda, cuando tenés seis años, y robás porque no sabés cómo es de otra manera y porque como todo ser humano necesitás comer. Y nadie te da de comer, porque prefieren que te mueras, y como el hambre no actúa tan rápido como quisieran, lo ayudan con patadas.

Y ese niño pequeño sigue en la calle, golpeado, quizás mal herido, sufriendo fuerte, de seguro. Porque en la calle se sufre así, fuerte. Y no le doy de comer con estas líneas: no sé dónde está, mi voz que lo busca, así no lo alcanza. Y no le doy seguridad con este texto, mis brazos no llegan a abrigarlo con estas palabras. Sigue ahí, solo, pobre, golpeado, odiado, hambreado, excluido. Y esa mujer, de ese negocio de Belgrano casi Yrigoyen, también sigue ahí, rodeada de sus vecinos siniestros, con el odio latiendo en su sangre, con la bota dispuesta a pisar al que menos tiene. Esta nota no cambia nada: un hecho aberrante que nos hace explotar de bronca a los no queremos que esos chicos desaparezcan, sino que los queremos bien comidos, abrigados, en la escuela. Pero no cambió nada, ¿no, nenito? Más patadas, más vida basura, a esta hora, después de varios días, no cambió nada. Porque a esta hora exactamente hay un niño en la calle, hay un niño en la calle.

21 comentarios