Los promotores del odio de ayer y de hoy, a 32 años de Malvinas
Estamos atravesando épocas donde algunos se esfuerzan por hacernos creer que hay vidas con más valor que otras. Que hay quienes creen tener, por algún circunstancial hecho, potestades sobre las vidas de otros y que esos otros no tienen derechos, al menos no los mismos derechos que nosotros. Y hacen de ese nosotros un sitio oscuro, abyecto y peligroso. Vivimos momentos donde agitadores violentos, por diferentes medios, gustan de pinchar donde más duele esperando obtener réditos conspicuos. Donde dirigentes políticos justifican hechos aborrecibles con mentiras y así muestran qué sociedad construirían si ellos gobernaran: una sociedad en la que no quiero vivir.
No es nuevo, siempre hubo buscadores de odios que aprovechaban las debilidades y miedos de otros para apoyarse en ellas y edificar infamias que sufrimos hasta hoy. Hace 32 años, un grupo de asesinos despreciables, utilizaba una herida abierta, como Malvinas, para intentar obtener un salvoconducto y apuntalar una dictadura agónica. Y así enviaron a morir a cientos de chicos en 1982, siguieron matando como desde 1976, exacerbando un patriotismo retorcido, que sólo sirve para matar y morir por las decisiones y conveniencias de algunos, siempre pocos, siempre menos que aquellos que se exponen y perecen por esas razones que no son propias, sino de esos asesinos. Porque la Guerra de Malvinas no fue una gesta patriótica, sino el último cartucho a gastar por unos genocidas que no querían irse más y perpetuarse en ese poder corrompido que supieron erigir a base de torturas, robos y sangre. Malvinas, los caídos y los sobrevivientes, también necesitan de la Memoria, la Verdad y la Justicia.
Y eso fue lo que les hicieron a los pibes que mandaron mal armados a los confines de nuestro territorio con la mentira de que se los enviaba allí por la Patria, por La Argentina: los torturaron, los hambrearon, los mataron de frío y los dejaron a merced de unos piratas que, después de la sorpresa inicial, se restregaron las manos (también calentitos en sus castillos medievales) y aprovecharon lo que los militares argentinos les servían en bandeja. Thatcher y su alicaído gobierno obtuvieron un empujón inesperado de la dictadura para restaurar su gestión y no lo desaprovecharon.
Pero nuestra Patria, que es la Grande, no la mínima y artrítica que algunos creen, hoy recuerda a los veteranos de esa guerra y reivindica la soberanía argentina, señalando al Reino Unido como lo que son: unos usurpadores que hacen oídos sordos al mundo que cambió, que no quiere más colonias desde hace décadas, que privilegia el diálogo y el entendimiento racional al uso y abuso del poder y la fuerza.
Hoy, 32 años después, otra quiere ser la historia, otra debe ser la historia. Durante décadas se relegó a la peor muerte tanto a los que dejaron su vida en las islas como a los que volvieron: se los relegó al olvido, al desprecio. Como si no hubiera pasado, como si no recordarlo sirviera. Muchos veteranos se suicidaron después, porque ellos no olvidaron nada, mientras la sociedad, en su mayoría, miraba para otro lado. Durante años sembraron desmemoria, injusticia y mentiras. La dictadura rompió los tejidos sociales, la solidaridad fraternal para con el otro, y algunos que fueron votados en democracia profundizaron esa ruptura hasta pulverizarlo todo.
Como sucede ahora, quisieron imponer la lógica del ellos y el nosotros. Le había pasado a otros y no a mí, por eso yo era diferente, no como ellos, porque nosotros no somos ellos. Así operó la dictadura en la sociedad, sembrando el miedo, los prejuicios, el odio, para cosechar desprecio, cobardía y violencia, que son algunos de los mejores ingredientes para dar forma a la masa irascible en la que luego se escudan.
Pero la patria, que es el nosotros amplio, inclusivo, tolerante y solidario, es siempre el otro. Porque sólo hace falta el mínimo esfuerzo de ponerse en el lugar de los demás. Porque si así hubiera sido hace 30 años, la soledad no se hubiera abatido como ave carroñera sobre los que volvieron de luchar una guerra de genocidas, que no quería recuperar soberanía, sino seguir destruyéndola. Porque ahora sabemos que ése pedazo de suelo argentino y latinoamericano que llamamos Malvinas, y que fue regado con sangre tantas veces, volverá a ser nuestro por la lógica que la paz, la unidad de los pueblos libres y la solidaridad entre hermanos, más temprano que tarde, terminará por conquistar.
