El “problema” del progresismo y las políticas de seguridad

cuadro opiLlamemos progresismo, en materia de políticas criminales, a todo el espectro que va desde el garantismo (políticamente liberales) a los “críticos” (de inspiración de izquierda). Curiosamente no hay ningún término para designar a aquellos que proponen como política de seguridad, más cárceles o castigos más duros. Llamémoslos, por oposición, conservadores, o de derecha (al menos, ese término es más amplio que “represivos”, que sería lo opuesto a garantistas).

Se suele decir que el garantismo tiene razón en su crítica a la inhumanidad de las cárceles, al denunciar las torturas policiales, y al denunciar la tolerancia del sistema frente a los delitos de los poderosos, pero carece de un plan de seguridad: qué hacer con la inseguridad y el delito común. Eso es falso. El ambiente progresista en el sistema penal está lleno de debates sobre políticas de prevención del delito. Por el contrario, el pensamiento conservador sólo tiene una receta, que lleva más de dos siglos, y que ha probado, ser bastante ineficaz: más cárcel. Es decir, supone que la seguridad se maneja aumentando las penas en la ley, y provocando que así quede más gente presa en la cárcel o por más tiempo. Pero desde hace quince años que no hacemos otra cosa: aumentamos y aumentamos las penas en las leyes (recordemos, por ejemplo, que las reformas Blumberg fueron en el 2004). Decimos que la culpa es de la policía que tiene las manos atadas y les damos más poder, a ellos y a los fiscales (se los sacamos a los jueces), que necesitamos sistemas procesales más eficientes. O que la culpa es del sistema judicial, que es muy lento, y entonces, nos fijamos en acelerar los procesos, a costa incluso de ciertas garantías de racionalidad y de justicia -que entorpecen un poco esa eficiencia-. Tratamos de endurecer y acelerar la política criminal y como resultado la tasa de encarcelamiento en todas las provincias de nuestro país ha crecido mucho en las últimas dos décadas. Y sin embargo, se sigue sintiendo que la inseguridad es un problema grave. Evidentemente encarcelar cada vez a más gente no ha logrado mucho.

Las recetas del progresismo, que hay muchas, muy distintas, parten de otra asunción: que las políticas de seguridad no son la política criminal. Es decir, que una cosa es la política criminal: qué hacemos con la ley penal, con los procesos judiciales y con los jueces, que hacen ellos con los imputados, qué hacemos con las cárceles, etc. Y otra cosa, muy distinta, son las políticas de prevención del delito. El delito no se previene ni se puede prevenir con más cárcel, ni con procesos más rápidos. Cuando la violencia se empieza a convertir en un problema generalizado (pensemos en las barras en el futbol, en los linchamientos vecinales que hace poco hemos conocido y que terminaron en resultado trágico, en la violencia intrafamiliar, de género, etc.) es evidente que tiene raíces sociales profundas, y que las violencias que se ponen en juego en el mismo sistema penal (desde el contacto con la policía hasta el paso por la cárcel) no harán más que agravarlas. No se trata en este momento de discutir la justicia del castigo (justicia cuándo, justicia cómo, justicia para quién), cosa que tal vez haremos en otra oportunidad. Se trata de saber que en una sociedad grande y compleja los castigos no son la vía para atacar causas sociales profundas y también complejas. Y que tampoco sirven para evitar ser víctimas de delitos. Es decir, que una cosa son los castigos, y otra, muy distinta y que requiere herramientas muy distintas, la prevención del delito.

No se puede prevenir el delito interpersonal ni la violencia que hay en él mediante la aplicación de castigos, porque el problema es amplio y está distribuido en toda la sociedad, en todos los sectores sociales. Se puede prevenir, o reducir, de muchas otras formas.

Porque la inseguridad, en cambio es otra cosa, que incluye, pero no se agota en el delito concreto, es también el efecto de resonancia, el efecto simbólico y el efecto psicosocial que el delito callejero produce. Es decir, que una cosa son los delitos interpersonales violentos (cuántos, cómo, en dónde, quién), y cómo hacer para reducirlos, y otra cosa más amplia es la inseguridad: qué tanto miedo tengo a ser víctima de ese tipo de delitos, cuánto sufro en caso de ser víctima de ellos, qué tanto me afecta, en mi vida cotidiana ese miedo y ese sufrimiento. Podemos incluso reducir el delito callejero en algunos lugares focalizadamente, pero que la inseguridad siga siendo muy grande, es decir, que la gente, por cientos de razones, no se sienta segura. La “seguridad” requiere además, lograr un sentimiento de fortaleza propia, de estar cubierto frente a los riesgos, de saber que si uno sufre un hecho desgraciado cualquiera estará cubierto, protegido, o será reparado, de alguna forma. Dejaremos, entonces, el debate de qué sería necesario para reducir la inseguridad, para otro momento.

Por alguna razón, aunque demos propuestas, aunque expliquemos que esas propuestas pueden ser mucho más efectivas que consignas altisonantes de “meter bala a los delincuentes” o “mano dura”, que ya han probado ser absolutamente ineficaces, resulta muy difícil extirpar la idea de que el garantismo o el progresismo penal está “a favor de los delincuentes”. A pesar de que el progresismo sí tenga propuestas, muchos prefieren ese mensaje simbólico de valentía, de “coraje”, del sheriff que promete combatir a los forajidos, a pesar de que se sepa, porque está probado tras décadas, que si hay algo que no hace, es, justamente, prevenir o reducir el delito.

A la inversa, se acusa a los progresistas en esta materia, de ser “amigos de los delincuentes”, porque el progresismo penal está a favor de reducir el delito, pero también toda otra clase de violencias. Está por la protección de la víctima en el momento en que es o puede ser víctima, por ejemplo, en un robo, pero también a favor de proteger a la víctima de muchos otros delitos. Y cuando el autor de un hecho delictivo es torturado, también está a favor de protegerlo en ese momento, porque en ese momento también es víctima Ese también es un delito (o un crimen) que se quiere evitar. Es víctima quien es robado, pero también lo es, y requiere intervención, quien es torturado de muchas formas posibles, en una comisaría o en una cárcel, o quien no tiene oportunidad de defenderse frente a un juez, a ver si es cierto lo que se le acusa. No se trata aquí de un juego de suma cero, como pretende el discurso conservador: si el delincuente tiene derecho a la protección, la víctima de su delito no. Se trata de querer una sociedad que todos tengan ciertos derechos mínimos, incluso los que merezcan castigo. Se trata de querer una sociedad que rechace la violencia del más fuerte sobre el más débil en cualquiera de los momentos en que ocurre. Se trata de establecer un piso mínimo de violencias no aceptables para toda la sociedad. Se trata de no caer en eso mismo que nos aterra ver en el crimen: el sadismo, el placer de ver a otro sufrir.

Finalmente se trata de reconocer que si la violencia no se soluciona con más violencia, con violencia institucional no se puede solucionar un problema de violencia social. Hay propuestas que van por otro lado ¿alguien las quiere escuchar?