Vecinos “justicieros”, vecinos asesinos
“El que mata debe morir”, dijo alguna vez Susana Giménez en un rapto de absurda venganza al estilo de la más básica interpretación de la Ley del Talión. Ahora, el que roba, ¿también debe morir?
Un adolescente de 18 años falleció este martes tras permanecer varios días internado en estado grave, luego de que un grupo de vecinos del barrio Azcuénaga, en la ciudad de Rosario, lo golpearan hasta matarlo. El justificativo fue que minutos antes de la salvaje golpiza, este chico le había arrebatado la cartera a una mujer.
Y yo escribo esto y hay personas que quizá se alegren, personas que quizá suscribieron a las irresponsables palabras de la comunicadora que solía atender teléfonos y sortear millones. De seguro hay personas que piensan o se animan a decir “uno menos”, los he escuchado en otras oportunidades. Personas que no lamentan que David Moreira, de apenas 18 años, haya sido muerto a golpes a manos de un grupo de cincuenta cobardes que actuaron bajo el cobijo indigno del anonimato que provee la turba iracunda.
En la ciudad de Rosario, cuna política de dirigentes de talla nacional, como Hermes Binner, además del gravísimo problema del narcotráfico que está desatado y parece no poder ser controlado por los poderes provinciales, esta semana atravesó tres casos similares: grupos de, pongámosle, vecinos, que intentaron linchar a ladrones: dos chicos huían en moto luego de un robo, chocaron contra un taxi y uno de ellos fue golpeado en el suelo y herido gravemente; otro, de 21 años, terminó internado también grave luego de que sustrajera las carteras de dos mujeres. Y David, que pereció luego de la paliza, cosa que de seguro era el objetivo de los que se la propinaron, que lo dejaron tendido en el suelo con la cabeza partida, perdiendo masa encefálica.
Pero TN, canal de noticias y punta de lanza televisiva del Grupo Clarín, lo vio como un acto de reparación y lo tituló “Vecinos justicieros”. ¿Qué forma retorcida de la justicia puede ser esa? No me voy a detener aquí en lo que pienso del oligopolio mediático, de su participación activa en la dictadura y de sus sucesivos intentos de desestabilización a la democracia, pero es insostenible que llamen justicia al asesinato de un pibe a golpes, de a cincuenta. Los que matan a patadas y se van, son vecinos que “hacen justicia por sus propias manos”, y el chico muerto, ¿qué era? Hay una cosificación del otro muy peligrosa, que lo desprende demasiado de los demás, que lo inhumaniza y que lo expone a sufrir en cuerpo propio la violencia más atroz. Un alejamiento, un extrañamiento que permite hasta no sentir culpa al partirle el cráneo de un puntapié, porque no es yo, porque no es nosotros, porque es un ladrón, porque no es humano.
Y tenemos la otra violencia explícita, la difundida por los medios que ponderan esta aberración. Que llama “justicieros” a esta patota de criminales impunes. Esos postulados mediáticos, que no son inocuos, que no son ingenuos, están pensados para promover esa violencia, para azuzarla.
Pero como en tantas otras cosas debemos tener nuestra propia visión, filtrar lo que vemos, lo que leemos, lo que nos dicen, porque si naturalizamos estas prácticas siniestras, estamos perdidos. Si apoyamos que te maten a piñas en grupo porque robaste una cartera, la justicia no está lejos, está directamente en otra dimensión.
La vida y su preciosidad tienen que ser objeto de cuidado, no la moneda de cambio de nuestras frustraciones, de nuestra bronca, de nuestra impotencia ante una realidad dura. De a muchos, anónimos, golpeando hasta matar a un chico, no solucionamos nada, pero empeoramos todo. “Si creyeron que robó, lo tendrían que haber llevado a la comisaría”, dijo desde el peor dolor la mamá de David Moreira. A nadie le gusta que lo roben, eso no hace falta ni escribirlo, pero si hacemos la vista gorda con estas cuestiones, como si no pasaran, estamos naturalizando la barbarie, el odio, la violencia. Quizá algunos puedan, yo me niego a mirar para otro lado, me niego a creer que eso es justicia, me resisto a la idea de que no hay que oponerse con firmeza a estos hechos, porque era un ladrón y no un asalariado, me resisto a la idea de que otras muertes sean más importantes, o duelan más, porque ese es justamente el momento en que empezamos a separarlo del nosotros, a ponerlo lo más lejos posible de nuestra sociedad, y ahí es cuando comenzamos a dar el visto bueno para que las patadas y las piñas anónimas empiecen a llover con saña.
