Algunas consideraciones sobre el conflicto gremial docente

docentes casa provinciaCuando se opina y se hace pública esa opinión se puede estar seguro de algunas cosas, como que habrá gente que se disguste con nuestros dichos y otras personas que se sientan representadas por ellos. Si escribimos lo que pensamos sólo cuando vaya a haber más gente a favor de nuestra palabra que en contra, no mereceremos ni siquiera ser leídos, más allá del contenido de lo que queríamos expresar.

Y cuando hacemos costumbre esto de expresar por medios como éste nuestros pensamientos sobre determinados temas en los que creemos que podemos versar algunas líneas que aporten algo nuevo, sabemos qué tópicos despertaran más rispideces y ataques que otros, pero no por ello caeremos en el facilismo imperdonable de no abordarlos.

Tal es el caso del conflicto docente que aqueja a la Provincia de Buenos Aires. No digo que “aqueja desde hace casi dos semanas a la Provincia de Buenos Aires”, porque es una falacia, este problema tiene sus picos candentes a principio del ciclo escolar, pero está vigente todo el año. En esta oportunidad, este jueves se cumplen 12 días de paro y no se atisban en el horizonte prontas soluciones. Y esto es porque quienes estaban encargados de las negociaciones por parte del sciolismo han demostrado poca cintura política y porque desde los gremios docentes no están negociando, porque no piensan ceder en nada. Entonces, 4 millones de chicos pierden. Así de corta.

Ahora, vamos por partes, como el decimonónico londinense del cuchillo. Cuando Nora de Lucía, Directora General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires, afirmó que un docente que “acumula dos o más cargos, tantos que con la proyección de esta oferta llegarían a cobrar $44.255 mensuales de bolsillo”, exponiendo un disparatado número que, incluso, está fuera del escalafón docente, no ayuda a solucionar nada. Decir eso cuando los docentes, así como la mayoría de los empleados estatales, tienen muy bajos básicos y cobran el resto como adicionales (es decir, montos que pueden ser no remunerativos y no servir para calcular sus jubilaciones) es empezar por el error.

El 36% de los docentes sólo ocupa un cargo y gana (sin aumento) $3,400 más un incentivo de $200 en un básico de $1,800 (un docente sin antigüedad). Y otro 41% ocupa, según la información circulada por la Directora, “de uno a dos cargos”. Sólo el 16% posee “de 2 a 3” y el 7% “más de 3 cargos”. Lo que significa que poner como ejemplo de salario al 7% de los docentes en un conflicto desmadrado como este no es sólo una simulación de la realidad, sino un grave yerro político.

Los docentes deben ganar bien. No se puede exigir a un docente -por ejemplo a un maestro o una maestra de grado-, cubrir tres turnos, mañana, tarde y noche y pretender que se desempeñe con excelencia.

Es decir, podemos pedirles eso y horrorizarnos si no lo hace, total, la hipocresía es gratis. Para enseñar, para comprometerse, para consustanciarse con el alumnado, tienen que planificar, corregir, proyectar actividades, etcétera. Y saliendo a las 7 de la mañana y volviendo a las 11 de la noche eso no puede lograrse. Y todos queremos que a nuestros hijos los instruyan en las escuelas personas aptas, entonces pensemos unos minutos esta realidad.

Por otro lado, es llamativo que los mismos docentes no quieran cobrar presentismo: todos los asalariados del mundo deben presentarse a su trabajo, el presentismo es un premio a esa asistencia, deberían tomarlo como una conquista gremial y no como una imposición del gobierno. Porque un docente apto es, también, el que se presenta a dar clase. Los docentes deben ganar bien y deben ir a trabajar.

Y aquí llegamos a un punto conyuntural, los gremios docentes. Es imposible continuar analizando este conflicto sin poner en claro algo que ya casi todos sabemos: si el titular de SUTEBA, Roberto Baradel, está a los besos y los abrazos con uno de los líderes opositores del momento, como es Sergio Massa, no pretenderá que seamos tan incautos de pensar que sus exigencias inamovibles no tienen otras connotaciones que exceden al conflicto salarial en sí y que son meramente políticas, pero de la política vieja, esa en la que abunda el massimo, la que no queremos. Este dato debe ir al análisis, necesariamente, puesto que Baradel es una de las caras más visibles de esta problemática y tiene una de las posturas infranqueables que a veces dificultan creer que realmente quiera que el conflicto se resuelva: no podés sentarte a una negociación si no estás dispuesto a negociar, en ningún lado.

Y seguimos con 4 millones de chicos sin clases, mientras muchísimos otros ya los aventajan en casi dos semanas yendo al colegio, así se amplía la brecha entre educación pública y privada, siendo los niños lo más perjudicados, siempre. Las dificultades entre cualquier gremio y el gobierno tienden a resolverse, de una forma u otra, pero los docentes no acatan la conciliación obligatoria dictada por el Ministerio de Trabajo, y siguen demandando desde una posición de fuerza en la que terminan poniendo, junto al Estado, a los pibes de rehenes.

Y todavía no hablamos de infraestructura en las escuelas, y todavía no hablamos de calidad educativa, de perfeccionamiento docente para utilizar las nuevas herramientas que otorga el Estado en sus políticas educativas, como Conectar Igualdad. Estamos sólo hablando del sueldo de un sector de empleados del amplísimo espectro de trabajadores estatales.

Estas son algunas impresiones, opiniones propias que se desprenden desde la ideología, de la experiencia personal y las ideas que se tienen para la sociedad en la que se quisiera vivir, una sociedad solidaria, donde cuando un grupo exige mejoras que creemos legítimas, como los docentes, y reclaman la solidaridad de la población en general, sea ese mismo grupo el que se levanta en auxilio de otro, como puede ser por ejemplo el de la salud pública que está mucho peor que el docente, y todos tengamos la madurez de acompañar lo que creamos justo, aunque no sea nuestro propio bolsillo el afectado, por eso así como se construye una sociedad más igualitaria, con lazos fraternales sólidos, donde podemos crecer parejo, sin mezquindades, codo a codo.

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