Deseos de finales y comienzos
Cierto es que si quisiéramos hacer aquí un racconto político o balance del año vivido nos extenderíamos demasiado y nos pasaríamos por lejos de la extensión acostumbrada de estas opiniones y, probablemente, aburriríamos con tanta cháchara porque seguro abordaríamos temas que interesan a unos y fastidian a otros.
Entonces mejor elijamos algún tópico, algo que se haya repetido mucho, algo de lo que quisiéramos hablar. Yo esta vez voy a elegir lo que no quiero, lo que no quiero más, ni para mi, ni para el que lee, para nadie en Argentina, así, amplio: la desconfianza, la mentira, la falacia, el invento cuentapropista, el daño cruel de decir lo que no es en beneficio propio.
Eso no quiero más, ni para el 2014 ni para el resto de nuestras vidas. Aunque sé la de utopía de este deseo, también sé de la imperiosa necesidad de desearlo, fuerte. Porque el invento y la mentira es algo que sobró durante el 2013 que se va, y aunque no va a cambiar mágicamente el 1 de enero para que todos digan, escriban e informen las cosas como son aunque se perjudiquen, repensemos juntos un poco por qué sucede esto y por qué dejamos que siga sucediendo.
Los medios de comunicación han tenido un año duro. Muchos usan y abusan de ellos para llevar sus mentiras confeccionadas a medida a nuestras casas mediante diarios, programas de tv o radios, y esas mentiras que inventan con imaginación y desparpajo no tienen otro motivo que perjudicar a alguien y que, a su vez, ese daño hecho los beneficie a ellos o a quienes les pagan por hacer y decir determinadas cosas. Simple.
Muchas falacias han sido grandes operaciones que han implicado a periodistas, políticos, empresarios y, triste, han logrado incluir a televidentes, lectores y radioescuchas en sus embustes, porque sin ellos creyendo de nada serviría pergeñarlos. Nos han mentido en la cara, mirándonos a los ojos, y nos hemos escandalizado y juzgando a los demás con el admonitorio dedo de las ficciones que lograron instalar, que fueron muchas…
Denunciadores (o denunciadoras) seriales que no atinan a hacer más que eso, porque eso son, porque eso les ha funcionado, y gastan energía a veces desde una playa en Punta para decir cosas que atentan contra la cordura ajena, en vez de invertir tiempo y ganas en intentar mejorarle la vida a alguien que la pasa mal. Son profetizadores del caos que nunca llega, pero que anhelan.
Infames escribas de los poderosos, que usan la pluma o la palabra para sembrar el miedo en el otro, en lo diferente, intentando hacernos creer que eso o ese es el malo. Que se llenan los bolsillos anunciando realidades que no existen más que en sus guiones, que entregan con gusto a otros menos locuaces que los repiten como loros: les dan con placer la papa a Pedrito y Pedrito habla sin saber y replica sus mentiras, y a veces hasta consigue muchos votos así. Esos difamadores de traje caro, de cara dura, y lengua viperina abundaron este año.
Esto es lo que no quiero más, lo que deseo que deje de suceder. Si fuera romántica esperaría la noche y buscaría el brillo de una estrella y se lo pediría. Si fuera romántica o si me aseguraran que funciona, pero dudo que así sea. Aunque creo en que hay una manera de lograrlo, o varias. Podemos empezar por asumir la simpleza de que nadie es tan bueno o malo como parece o como a alguien le conviene hacernos creer que es. Podemos eligir nuestras propias batallas, en vez de ser los sacrificables peones de un ajedrez de hombres y mujeres que se han pasado décadas y décadas utilizando sus medios contra el pueblo, atacando a quienes han intentado y muchas veces logrado elevar las clases más desprotegidas, quienes han gozado y gozan con obscenidad mientras las mayorías sufren, quienes gustan de poner a unos contra otros porque así se sostienen sus imperios de millones y mentiras.
Podemos hacer eso, sin dudas. Podemos elegir la batalla de la solidaridad, que no es caridad, que no es dar lo que sobra, sino que es comprometerse con lo que siente y necesita el otro. Podemos elegir nunca más apartar la mirada del dolor ajeno y tender la mano, sin esperar nada más que otra mano que apriete la nuestra. Podemos hacer eso, lo hemos hecho, muchos lo hacen a diario.
Podemos despreciar la comodidad del sillón del living, del control remoto en la mano y analizar con empeño lo que nos dicen, de pasar lo que vemos y escuchamos por el tamiz de nuestras propias conclusiones. Podemos hacerles difícil el desparramo de las noticias que no existen y buscar las cosas buenas que pasan, que son más que las malas, aunque se esfuerzan con esmero por hacernos creer lo contrario.
Podemos ver a los que se muestran en las buenas y huyen en las malas y tiran piedras desde la vereda de enfrente, tratando de que nos vaya mal para que a ellos les vaya bien. Y no olvidarlos.
Y también podemos ver a los que siguen trabajando, sosteniendo el estandarte de la verdad y la memoria que impide repetir los errores, contra el viento que quiere arrasar y logran mantenerlo en alto y aun así logran seguir en el mismo lugar, firmes, aunque lleguen los palazos, aunque pierdan, aunque los desgarre la pena propia sin dudar en dejar la vida de ser necesario por evitar la pena ajena: ellos son los que dicen lo que hacen y hacen lo que dicen. Bueno, de ellos quiero un 2014 a pleno, y una eternidad, de ser posible.

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