Racistas 2×1
Sucedió en la provincia de Entre Ríos, y aunque nos queda a unos cuantos kilómetros de Buenos Aires, la situación que allí se vivió se da aquí y en todas partes: la discriminación como herramienta de marketing. “Mujeres de Fiesta. Morochas 2×1. Rubias Free”, rezaba la publicidad del boliche El Templo D-Raku, de la ciudad de Nogoyá.
La delegación del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) de esa provincia, los acusó de incurrir en “prácticas discriminatorias” al promocionar una fiesta en la que se condicionaba el ingreso de mujeres y advirtió “sobre la naturalización de prácticas sociales discriminatorias que estereotipan a cualquier grupo humano por características reales o imaginarias, sean estas del tipo que fueran, sean estas positiva o negativas”.
Parece que, mediante una cuenta de Facebook, los propietarios del bailable intentaron una disculpa que se fundamentaba en que, al final, a las morochas adentro no se les cobraban los tragos. Y en esa defensa no sólo no asumen el error al fomentar esa práctica discriminatoria al diferenciar por el color de pelo y/o piel a las mujeres que asisten a su establecimiento, sino que lo justifican y hasta lo ponderan.
Esta mirada peligrosa por parte de los dueños del boliche es algo que tiende a instalarse en las publicidades y el marketing en nuestro país: mujeres rubias tontas, sólo mujeres usando productos de limpieza, mujeres objeto, gordos lentos y demás estereotipos negativos que señalar características físicas y se valen de esos prejuicios para incentivar el consumo. “Toda práctica discriminatoria es violenta, aún las actitudes que podrían parecer leves, como ciertas generalizaciones estereotipantes con respectos a las mujeres, dado que si no se cambia ese modo de pensar, lo que se logra es quitarle al discriminando su carácter de persona”, explican el INADI en su comunicado donde hace referencia este episodio.
Nada de esto es nuevo. Son prácticas que se reiteran, es sólo que a veces nos enteramos y otras no. Las más pequeñas, las de todos los días, las individuales, esas pasas desapercibidas, como cuando a un chico lo para un patovica en la puerta del boliche por no dar con los “parámetros de belleza del establecimiento”, o por el tipo de ropa que usa, y allí no importa si podía o no pagar la entrada.
Mientras hagamos un culto a la superficialidad, siendo lo más importante el cómo lucimos por fuera y no cómo nos sentimos o cómo somos por dentro, mientras permitamos que desde los conglomerados económicos de las grandes marcas se abusen de nosotros y nos riamos con sus publicidades y pasemos por alto los terribles grados de discriminación y violencia a la que nos someten, esto seguirá sucediendo. Y ponemos aquí algunos ejemplos para ilustrar lo anteriormente dicho: AXE, donde todas las mujeres son tan tontas que caen bajo el embrujo del perfume del hombre y se convierten en sus esclavas; Mr. Músculo, donde la mujer sola no puede limpiar ni un piso hasta que llega el hombre de fuertes brazos y le explica como se hace y ella le agradece a los gritos; Cerveza Schneider, donde un chico quiere meter por la fuerza una chica a un hotel alojamiento mientras ella se niega y el locutor, que viene disculpándose por la ‘inmadurez del hombre’, dice “perdón por pensar que un no es un sí”; Renault Clio, donde un muchacho flaco y atractivo deja que lo pase en la ruta otro menos agraciado y la leyenda del final de la publicidad es “hacé feliz al gordo”. Ejemplos, pocos, lamentablemente hay docenas más.

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