El día que hicimos Historia

no al alca¿Saben, las personas, reconocer el momento exacto en que se hace la Historia? ¿Pueden notar el cambio que empieza a generarse y se dan cuenta cuando son parte de esos hitos que marcan la vida de los pueblos? No lo se. Presumo que no, al menos no la mayoría. Es muy difícil tener incorporada semejante perspectiva y tomar esa distancia no sólo en el análisis, sino en la propia práctica. Pero tal vez existan los que mientras avanzan reconocen minuto a minuto los signos que deja la Historia cuando su huella se marca.

¿Sabíamos todos y todas lo que estábamos construyendo aquel 5 de noviembre mientras caminábamos juntos por la Avenida Independencia, en la ciudad de Mar del Plata rumbo al estadio Mundialista? No lo se. Sabíamos que era algo grande, éramos muchos con el mismo grito libertario en la garganta, éramos muchos diciéndole a Bush y a todo el imperio No a su ALCA, no a su FMI, no a su pie sobre nuestros pueblos, nunca más. Había un sentimiento de cosa importante.

Pero no marchábamos solos. Aunque muchas veces, antes, así lo hicimos, en las épocas en que los pueblos latinoamericanos eran tan pero tan diferentes de sus gobiernos. Esos gobiernos que preferían besar anillos y reverenciar a las potencias extranjeras, ofreciéndoles nuestros recursos, nuestras esperanzas, nuestras vidas para que jugaran al tiro al blanco y se lleven todo.

Pero esta vez, no estábamos solos. Mientras, bajo un aguacero continuo, caminábamos cantando, contentos, porque aun en las adversidades nuestros pueblos muestran los mejor de sí, y ofrecen la sonrisa de la lucha, mientras íbamos portando nuestras banderas, nuestras consignas, otros, en un salón caro, definían el futuro.

Muchos quizá no sabíamos todavía la importancia de reunión semejante. Hasta nos reímos y todavía lo hacemos cuando nos recuerdan la anécdota de Néstor Kirchner diciéndole a Hugo Chávez que cuando él se cansara de hablar en la reunión le cedería la palabra, a sabiendas que el venezolano era de verba fácil y completa. Es que no había que dejar hablar a Bush. No, no ese día, no acá. Bush tenía un vuelo pautado y tenía que irse sin poder hablar. Porque ya se había cavado la tumba del ALCA, ese intento de expansión yanqui de libre comercio con las Américas donde los únicos beneficiados serían obviamente ellos. Los enterradores, los presidentes que no besaban anillos, que no reverenciaban a nadie ya lo habían decidido.

Néstor, Hugo, Lula, Tabaré, un Evo aun no presidente, entre otros, pala en mano, apostados en derredor de esa gran tumba, sonreirían satisfechos al final del día. Porque habían refundado la Patria Grande, nada más, nada menos. Había dicho basta, se habían unido después de doscientos años, para enfrentar a los imperialistas siempre vigentes, y les dijeron que estas tierras eran, fueron y serán nuestras, que ya no eran en patio de recreo de los poderosos, que nosotros con nuestros aciertos y errores decidíamos soberanamente sobre nuestros países.
Y Chávez, pletórico, como siempre, como el mejor recuerdo que podemos tener de él, gritó a un estadio que vibró más que con cualquier partido de fútbol, gritó a los pueblos de la América toda aquella frase que ya es Historia, porque la historia de esta nueva época se empezó a forjar ese día en Mar del Plata: “Acá está la tumba del ALCA…. ALCA, ¡al Carajo!”.
Después vendría la incorporación de Venezuela al Mercosur, la Celac, la Unasur, avances impensados hace diez años. Después de ese 5 de noviembre.
¿Sabíamos todo lo que lograríamos después de ese día? ¿Sabemos ahora todo lo que falta y cómo cuidar lo logrado? Sigo sin saberlo. Pero las luchas tan imprescindibles e importantes como la de la libertad definitiva de nuestros pueblos, la emancipación final de todo poder extranjero, es una lucha que no ha terminado y quizá no termine nunca.

Dos de los más grandes luchadores, los que sentaron las bases de la unidad latinoamericana que hoy sostienen Evo, Cristina, Correa, los Castro, Dilma, Pepe, entre otros, ya no están. Es que la lucha es mucha, y a veces se pasa de cruel y hace que nos quedemos un poco más solos en esa larga marcha de la libertad. Pero a los luchadores se los honra, no sólo se los recuerda: se los imita. Ojalá, bajo sus grandes sombras, podamos entender la complejidad de ese día, hace ocho años, y estar a la altura de las circunstancias para seguir batallando por la liberación económica, la mejor calidad de vida, por la educación de nuestra gente y por nunca, nunca jamás, perder la alegría con la que marchamos juntos ese día.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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