Lesa Humanidad: detuvieron en Chile al ex juez Romano
Al ex juez lo detuvieron anoche agentes de Interpol en la ciudad balnearia de Reñaca, donde vivía desde 2011. Había cruzado los Andes escapando de la justicia argentina. Tuvo su rol como fiscal durante la dictadura. “Romano no daba curso a las actuaciones», denunció un querellante. En los próximos días será trasladado al país
Al ex juez Otilio Romano se le terminaron los días de sosiego en su refugio chileno. Anoche, a las 22.30, lo detuvieron agentes de Interpol en la ciudad balnearia de Reñaca donde vivía con orden de arraigo y un laxo arresto domiciliario nocturno, y lo trasladaron a la Corte de Apelaciones de Santiago. La detención fue ordenada por un juez de la Corte Suprema trasandina, Adalís Oyarzún, después de que la segunda Sala de la Corte Suprema de Justicia de Chile fallara unánimemente que había que extraditar al juez que había cruzado los Andes escapando de la justicia argentina, en agosto de 2011. En los próximos días lo trasladarán a la Argentina.
Así, el máximo tribunal de Chile descartó el principal argumento de la defensa del ex camarista: que era un perseguido político, y que Chile debía atender al principio de reciprocidad ya que Argentina le había dado el estatus de refugiado al ex guerrillero Galvarino Apablaza Guerra, procesado por el asesinato en 1991 del senador Jaime Guzmán, fundador de la UDI, un partido de extrema derecha chilena.
La noticia debe haber llevado algo de alivio a algunas de las 103 familias que durante la dictadura mendocina llegaron desesperados hasta su despacho, o al de otros jueces federales, a pedir por sus familiares secuestrados, torturados y desaparecidos. A muchos no se los volvió a ver. Que presentaron en vano recursos de hábeas corpus, porque a pesar de su deber de hacerlo, no investigaron.
Susana Ontivero es una de ellas. Era sindicalista. El 9 de febrero de 1976, almorzaba en su casa con su pareja y su hijo de cuatro años. Por el garaje, entraron insultando 7 u 8 hombres que llevaban puestas barbas falsas y pelucas. Les pegaron con el caño de sus armas largas, tanto que su hijo se quedó mucho tiempo sin habla. Los vendaron y los maniataron, y los cargaron en autos diferentes al D2 de la policía de Mendoza. Allí comenzó el verdadero infierno.
La tiraron en un calabozo durante 18 días. La patota la golpeaba y la violaba diariamente, “los momentos más horrorosos de su vida”, según recordó. La amenazaban con matar a su hijo si no colaboraba: estuvo secuestrado durante unos días y Susana no podía saber entonces que sería recuperado por su padre.
Romano era el fiscal de aquella causa en la que se la acusaba de violar la ley 20.840 de “actividades subversivas”. Pero no hizo nada. Ontivero no está segura de que haya asistido en persona al calabozo, porque estaba tabicada, pero sí recuerda que desfilaban personas “más cultas” que los guardias que les pedían “¿qué tal? Aguantá un poco más”. Desde allí fue trasladada a una comisaría donde funcionaba un juzgado, y tuvo una entrevista con el juez federal Rolando Carrizo. A Ontivero la arrastraban entre dos policías, destrozada como estaba por las torturas y las violaciones.
–Doctor, mire como estoy– le dijo tímidamente.
–¿No se habrá caído?- fue toda la respuesta.
