Mar del Plata, prostitución «invisible»
Según un informe realizado por María Alejandra Cornejo para el Grupo OLAS, Opinión Laboral, Académica y Social, en la ciudad de Mar del Plata son dos mil las familias que viven de la prostitución, directa o indirectamente. Experiencias dolorosas, asociadas a la pobreza, la violencia, el abuso, la falta de educación. Parejas intimidantes, hombres golpeadores que nos les permiten a esas mujeres salir de ese círculo de abuso, que les prohíben cambiar de vida, buscar un empleo convencional.
Testimonios desgarradores, sobran. Como el de Sabrina, de 25 años, que trabaja en la prostitución desde hace diez y no ve otra posibilidad de ganarse la vida. Su mamá, sus tres hermanas y sus primas también son prostitutas. Tiene un bebé de un año y medio, que dejó con apenas 15 días de vida en otras manos para volver a trabajar, y que sostuvo en su vientre 9 meses, 6 de los cuales continuó prostituyéndose.
«Mi pareja me manda a ‘trabajar’ y me saca la plata, cada día le tengo que pedir tres pesos para viajar en colectivo, me saca todo, me revisa, me hace desnudar, llama al patrón y le pregunta cuántos servicios hice y más vale que le dé todo… Mi bebé se queda con mi vecina y él le paga unos pesos…», así es el día a día de Sabrina.
Desde muy chica conocía su destino: «Desde que tenía 12 ó 13 años ya sabía que iba a trabajar de esto… Los tipos son una porquería, todos. A los 12 ya me habían violado mis tíos. No sé si es ‘violar’, porque mi mamá sabía y me dijo que estaba todo bien.»
Como bien describe Cornejo en su informe, estas mujeres no son valoradas por sus parejas: las llaman «putas», humillándolas. Ellas mismas anhelan dejar la prostitución, cambiar de vida, pero esto no les suele resultar fácil, son miles los obstáculos, tanto sociales, familiares y económicos, como psicológicos. Es tal el rechazo que sienten por parte de la sociedad que llegan a pensar en que no valen nada, bajando su autoestima, imposibilitándolas de salir de esa vida, de impulsar un cambio.»El estigma, la vergüenza de cruzarse con algún cliente-prostituyente por la calle, hace que vayan recluyéndose, bloqueándose, quedando sin amigos, lo que destruye sus posibles redes sociales y las aleja de espacios comunes donde podrían pedir apoyo.»
También corre riesgo la salud de estas mujeres: Pamela, de 35 años, 18 de prostitución y 4 hijos, se realizó seis abortos, tiene sífilis, sufrió una gran cantidad de infecciones, y tiene seis dientes postizos, porque a los 20 «se los voló un cliente que estaba drogado». Como si esto fuese poco, intentó suicidarse tres veces. «No aguanto más, hace diez años que me quiero salir, pero mi vieja me dice que va a denunciarme, que va a decirle a los chicos que soy puta y no quiero perderlos. Mi marido me dejó cuando le contagié sífilis así que estoy sola, tengo que estar con mi vieja quiera o no, otra cosa no puedo hacer», relata Sabrina.
Por otro lado, con una realidad no muy diferente, está Kendra, de 33 años, que sufre, además, de coacción social: sus vecinos saben que es prostituta y la amenazan con contarlo. «Una vez fue un vecino al puterío y me vio, le contó a todos y ahora me amenazan con decirle a los demás, y que el dueño de la casa que alquilo me eche. Y también tengo miedo de que le digan a mi hijo en la escuela», confiesa Kendra.
En la mayoría de los casos, ellas mantienen a a familia, a sus parejas con sus vicios, se encargan de los quehaceres domésticas y ayudan a sus hijos en las tareas escolares. Los mandan a la escuela, quieren que estudien, para que no repitan sus vivencias, para que no reproduzcan su modelo de vida.
Sus parejas suelen ser «sin compromiso», es común que sean delincuentes que entran y salen de la cárcel, como cuenta Zaira, de 26 años: «Él se dedica a robar, pero ¿qué le puedo decir yo que soy una puta? Si le digo algo él me dice’¿Y vos? ¿Quién sos para hablar?’ Y bueno, es así, yo lo voy a visitar a la cárcel, él me hace llevarle cosas para él y a sus amigos, me gasto todo en llevarle comida, ropa y tarjetas para el celular… Es la única persona que tengo que me quiera.»
El rechazo, el desprecio con el que se trata a los prostitutas, bien se resume en esta fría y cruel declaración de un cliente: “Las putas están desde antes de que yo naciera, que yo deje de venir no cambia nada, que yo venga no cambia nada. A mí no me mueven un pelo, están para eso. Ellas deciden, o al menos dejan que alguien decida por ella, que no es cosa mía. Yo sólo vengo, mi parte es pagar y nada más. No me interesan, si se mueren mañana ni me acuerdo de la cara.»
El informe concluye aceptando una culpa colectiva: «La prostituta no existe sola ni aislada. Como una subjetividad inscripta en una relación social donde intervienen otros sujetos, activa redes de circulación y transacción: el dinero, las prácticas sexuales, la violencia, la prohibición y la Ley, la exhibición y el ocultamiento, la pobreza extrema y la orfandad. El retrato de la prostituta acoge una fatalidad de penitencia y condena sociales que la bordea y casi siempre la victimiza. Por un lado, es despreciada y estigmatizada por la sociedad pero por el otro su cuerpo es usado en la clandestinidad por aquellos que la señalan en la vida pública.»

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