Demandan al Estado y policías por el caso de torturas en la Comisaría de Olavarría
Mientras se aguarda que la fiscal Susana Alonso eleve la causa a juicio, el abogado de Diego Alejandro González, el hombre torturado el año pasado en la Seccional Primera de Policía de Olavarría, Gustavo Scotto, confirmó que en los próximos días presentará una demanda civil contra los oficiales imputados y el Estado provincial, que es responsable por los actos de sus funcionarios y empleados según el Derecho vigente.
Todavía no se ha planteado un monto para el resarcimiento económico de la víctima, ya que eso depende de «muchas variables que deben ser analizadas», precisó el representante legal de Diego González.
De este modo, se abre una nueva instancia en uno de los casos más conmocionantes en la historia penal de Olavarría tanto por las características del episodio como por la ausencia aparente de razones para que un hombre sufriera vejámenes de tal magnitud.
Lo que debió haber sido una simple contravención por ebriedad, lo que se resuelve generalmente con una multa y unas horas durmiendo en la Comisaría se transformó en un escándalo que terminó con tres oficiales presos y en riesgo concreto de pasar una larga temporada en la cárcel, otros dos policías y un médico procesados por omisión de denuncia y todos los miembros de la fuerza de seguridad en Olavarría como blanco de todas las miradas.
La única hipótesis con visos de lógica es que González fue torturado al ser confundido con un homónimo al que se buscaba por una serie de delitos graves y que se había esfumado presumiblemente con dinero de los botines y armas de fuego.
Esa conjetura se fundamente en que mientras lo golpeaban y le arrojaban agua hirviendo le pedían que les dijera dónde estaban «el dinero y las armas». González vivía desde un par de meses atrás en Olavarría y se alojaba en la casa de un tío, quien también le daba empleo.
Los acusados de ser los autores materiales de las torturas son el capitán Néstor «Nene» Rodríguez y los oficiales Nicolás Manuel y Edgardo Constancio. Los tres están presos en la cárcel de General Alvear. Hasta ahora todos los recursos presentados para conseguir la libertad o la prisión morigerada han sido rechazados.
El más insistente es Rodríguez, cuya defensa argumenta que la diabetes que padece requiere de una atención que no puede recibir en la cárcel.
Nacido para ser víctima
Tal vez la peor experiencia en los 31 años de vida que tenía en ese momento Diego Alejandro González fueron las torturas que le inflingieron ese triste sábado 12 de mayo de 2012, pero no fue la única oportunidad en la que desempeñó el rol de víctima.
A juzgar por la documentación obrante en la causa, fue víctima prácticamente desde su nacimiento.
Al referirse a su historia de vida, la síntesis del estudio dirigido por la doctora Emma Virginia Creimer señala que «conforme a los datos aportados por el señor González, es posible identificar una dinámica familiar inestable signada por una precariedad social, económica y laboral, sumado a ello la deserción escolar y la fragilidad de los soportes vinculares y relacionales».
Se agrega que «la sumatoria de estos factores conformaron una zona de vulnerabilidad que comprende toda una gama de familias como la descripta, caracterizada por trabajadores independientes sin reserva económica que no pueden beneficiarse de sus ganancias así como satisfacer las necesidades básicas».
Diego González no pudo eludir el destino triste de los vástagos de estas familias disfuncionales. Terminó convirtiéndose en un chico de la calle y «las formas clínicas de este aislamiento aparecieron bajo la forma de excesos: droga, alcohol y delito», indica el informe.
Se casó, tuvo hijos, pero la familia que pudo armar también se disolvió. Formó otra pareja, tuvo más hijos, fue vendedor ambulante en los colectivos. Después de una nueva separación se vino a Olavarría en busca de torcer un destino aciago.
Nunca se pudo desprender del alcoholismo. Por eso el sábado 12 de mayo «simplemente me quedé dormido en una cancha de golf, quedé tomado, me había quedado dormido de la borrachera que tenía, había tomado vino, cerveza y una botellita de ginebra. Me quedé dormido en el club, como daba mal aspecto el de seguridad llamó a la policía y me llevaron a la comisaría. Ahí comenzó el calvario. Todo el tiempo me pedían plata, me tiraban agua caliente y me pegaban en la boca del estómago porque gritaba del dolor, les pedía por favor que no me echen más agua, que plata no tengo. Me echaron una, me echaron como seis o siete teteras, pero estuve prácticamente como una hora, todos los golpes, me exigían plata, me gritaban echale agua…», según señala su declaración textual ante los forenses.
La consecuencia fue que quedó con más del 20 por ciento de su cuerpo quemado, con lesiones calificadas de graves por los médicos.
Y «como reacción al impacto traumático producto del menoscabo de su integridad psicofísica ha desarrollado sentimientos de temor y horror intensos, la reexperimentación persistente a través de los sueños del acontecimiento traumático, un estado de hiperalerta a cualquier estímulo, respuestas fisiológicas como reacción a los sueños recurrentes, esfuerzos para evitar pensamientos y sentimientos sobre el suceso traumático, incapacidad para recordar aspectos importantes del trauma, sensación de un futuro incierto, dificultades para conciliar y mantener el sueño, dificultades para concentrarse, elementos todos que confluyen en una profunda perturbación del equilibrio psíquico que hasta ese momento el entrevistado había logrado y su vínculo con el mundo exterior».
