La papa caliente
En estos últimos días pudimos observar ciertas actitudes emanadas desde el Poder Judicial que al menos a mí me han inquietado bastante. Jueces que no quieren hacerse cargo de la causa que presentara a principio de año el Fiscal Nisman, que versa sobre un supuesto intento de encubrimiento a iraníes señalados como posibles autores del atentado a la AMIA por parte de la Presidenta de la Nación y otros funcionarios. También vimos como la Fiscal Fein, quien tiene a su cargo la investigación de la muerte del propio Nisman, dice una cosa un día y se corrige al otro como si hubiera decidido repasar tarde los títulos de Clarín y por eso habla desinformada un día antes. Ni qué decir que hoy anuncia que deja a dos fiscales de su confianza investigando y ella se toma vacaciones y mañana se corrige, desarma la valija, y dice que no se toma franco. Leer más

No sé qué les ocurrirá a otros escritores, pero imagino que a muchos les han dicho por estos días cosas como “Seguro todo esto te da un montón de ideas para un policial”, o similares. Lo cierto es que, personalmente, prefiero mis propias ideas, por simples o malas que resulten, porque es así como me siento cómoda, aunque a veces sean ideas incómodas. Suena extraño pero seguro se entiende.
Para aquellos que continúan pasmados por el suicidio de Nisman, una novedad los hará seguir sintiendo que vivimos en estado de alarma: se retiró Juan Román Riquelme.
Si ya decidiste qué creer, aun sin saber, significa que la verdad no está entre tus intereses más acuciantes. Y no importa qué hayas decidido creer. Si elegís no esperar pruebas, argumentos y razones y señalar con tu ya gastado dedo de señalar todo lo que no se encuadra en tus gustos y necesidades o se escapa a tus conocimientos, la verdad te es tan extraña como te es conocida la ignorancia. Si es así, no hay más que decir para vos, dejá de leer en este punto. 
La cosa era la libertad de expresión. Antes que nada y sobre todo. En tren de respetar creencias, que a la libertad de expresión se la caricaturice, pero que no se le responda con la violencia. Como en la época en que “se armaba un seleccionado en cada esquina”, cada argentino parece tener distintas hipótesis sobre la autoría del hecho. 
Llega enero y las ciudades balnearias se llenan de turistas. Los medios comentan acerca de la cantidad de personas que arriban, los restaurantes llenos, los teatros que estrenan obras, el dinero que gastan, el porcentaje de ocupación de los hoteles, la “invasión” de visitantes que dificulta la vida diaria y normal de quienes habitamos estas costas todo el año. 
La verdad, no tengo la culpa de haber nacido en esta sociedad occidental. No tengo la culpa de que, por costumbres que se pierden en la precisa noche de los tiempos, se festeje el comienzo de un nuevo año. Si a mí me hubieran dado a elegir, hubiera preferido nacer en una sociedad que no celebrara el año nuevo, mas bien en la que no hubiera año nuevo, ni viejo, ni nada. Simplemente, que los tiempos transcurrieran sin que el momento anterior determine al siguiente, en el no haya fines de mes a los que debamos hacer llegar nuestros sueldos, donde los hombres fueran hermanos y se dieran las manos. Pero mis padres, atados a las cadenas del nunca controvertido pensamiento que juzgo occidental, prefirieron vivir en el barrio de Flores, donde nadie abjura del año nuevo y peor aún, lo propicia.