[OPINIÓN] Crítica de la angustia

“El mundo era tan reciente,

que muchas cosas carecían de nombre,

y para mencionarlas

había que señalarlas con el dedo”

Cien años de soledad

Quisiera escribir sobre la angustia, una sensación mucho más común de lo que se la asume. Quisiera describir la angustia. La mía, la que veo en los demás. La que palpita en calles desiertas, la que ronda los sitios que nosotros y nosotras ya no. Pero también la que habita dentro nuestro y tampoco sale de casa.

Me gustaría desarmar la angustia, abrirla en canal como una sandía jugosa, y verla por dentro. Quisiera poner a secar al sol a la angustia, como hacíamos en casa con la yerba, cuando era chica. En un repasador limpio, obvio, sobre algunos diarios… dejando que el calor del cielo nos regalara la nueva oportunidad de un sabor gastado. Ya seca, ¿serviría se nuevo, la angustia, como la yerba?

La desarmaría, pieza por pieza. Sobre un mantel blanco que no tengo, depositaría las partes de la angustia. Sería una tela nívea, para que resalten mucho. Porque se me ocurre que la angustia es espesa y negra, como una babosa muerta. Me gustaría viviseccionarla en partecitas, aun sabiendo que seguiría viva.

Quisiera escribir acá sobre la angustia cotidiana, la que tiene niveles como luces y sombras tiene el día. Cada día. Quisiera escribir sobre las horas de esos días, babosas y espesas, negras como angustias muertas. Porque hay que ponerle nombre a esa mezcla ansiosa de intranquilidad y miedo, de apatía y desesperanza. Si no lo nombramos, no existe. Y mentira que no existe.

Es angustia. Es eso que raspa la garganta, que quita el aire, que duele en todo el cuerpo. Es angustia. Ahí está: su silueta recortada en la pared repetida de la habitación que no podemos abandonar. Listo, la atrapamos. Ahora vamos a conocerla, que es la primera forma de enfrentarla.

Siempre hay que ser valientes a la hora de encarar la angustia, y así veremos como se reduce un poco su sombra en la pared. Y mucho cuidado las y los más empáticos: no hay que tratar de amigarse con la angustia. Porque no inspira ni acompaña como la tristeza o la pena. No. La angustia desespera. Y así nada puede pensarse bien, nada puede aprenderse. La tristeza sabe hacerle lugar a la alegría, siempre hay una punta de hilo para empezar a ovillar la madeja. La angustia no sabe cómo salir de sí misma. A la angustia hay que combatirla. Y para poder vencerla, como a todo enemigo o enemiga, hay que saber con quién se trata.

Era eso lo que nos pasaba: angustia. Esas ganas de nada, ese aburrimiento incordioso, ese pánico al estornudo. Ahora deberíamos respirar profundo, hay alivio en nuestro descubrimiento. Y la angustia está ahí porque pasan cosas horrendas, claro. Y nos sentimos así porque estamos conectados y conectadas por infinidad de lazos, variados, diversos. De muchos teníamos conciencia y otros se reconocen ahora, con la perspectiva que ofrece la distancia necesaria. Lazos fraternos, lazos solidarios, lazos identitarios. Lazos que son como cuerdas invisibles que vibran a diferentes intensidades pero que componen, en su totalidad, la música de nuestra vida. Entonces, si esas cuerdas no suenan como lo suelen hacer, llega un silencio que recién ahora podemos empezar a conocer.

No dejemos que la angustia nos gane. Porque nos bloquea, anula otras sensaciones, nos invade la memoria, nos niega la posibilidad del mañana. Reforcemos otros sentimientos para que la combatan en su terreno. Amemos más, por ejemplo. Una excelente forma de hacerlo es ver qué necesita el vecino, el amigo, el compañero. Ahí está la clave, la solución al problema. Siempre podemos hacer algo: la angustia nos encierra de la peor manera, que es en nuestro propio ombligo, nos nubla la vista para que parezca que no hay nada más allá de nuestra propia nariz y nuestro propio problema. Y todavía hay un mundo ahí afuera. Todavía hay un mundo ahí afuera que nos precisa responsables, conectados, alertas y vigilantes.

Ni siquiera hay lugar para la angustia, pienso, mientras veo empequeñecerse su silueta aun más, en la pared blanca. Hay mucho por hacer, hay muchas personas que necesitan que sigamos organizando esta resistencia, desde las trincheras de nuestras casas.

Otra cosa que hice de chica, muy chica, -además de poner yerba a secar al sol-, fue destripar una muñeca. Le expliqué a mi mamá, de ésta forma, porqué no me gustaban: solo tenían trapo dentro, a diferencia de la radio Carina de mi abuela, que resultó ser tan compleja y atrapante a la hora de ser desmenuzada.

Ahí está la angustia, desparramada por mil partes, como un juguete vacío de gracia para una niña. Inútil. Te hemos vencido por el momento, angustia. Pero sabemos que te replegarás y acecharás cada hora desde los rincones de los cuartos que guarden nuestro aislamiento por la supervivencia. Pero ya te conocemos, angustia. Y ya sabemos cómo combatirte, en éste día y cada día.

Fuente: María José Sánchez / 24baires.com

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