Y Milagro, mansa, jamás

El verano pasado el clima tampoco ayudó. Llovieron cascotes pesados, seguido. Cayeron desde todos lados, no podías recuperarte de uno que ya te caía otro. Muchos pensaron que sólo caían lejos, aunque los veían estallar alrededor. Creyeron que llovía para otros, que a ellos esas piñas oficiales no les caerían encima. Ojalá ya se hayan dado cuenta de que debajo de esta lluvia injusta, quedamos todos, sin techo, sin cobijo, vulnerables.

Después de observar con la impotencia en carne viva cómo nos iban arrebatando derechos que conquistamos con esfuerzo y trabajo, algunos entendieron que sólo quedaba el camino de la lucha, otros, eso ya lo habían entendido desde hacía mucho tiempo. Como Milagro Sala, a quien Gerardo Morales y Mauricio Macri metieron presa convirtiendo a nuestro país en un reducto antidemocrático, en una tierra triste, como la de antes, cuando cayó la noche y nos robaron 30.000 futuros.

Nos pegan donde más duele. Porque nos quieren ver sufriendo. Nos quieren sin alegría, sin voluntad. Mansos o presos. Y Milagro, mansa, jamás. Entonces presa.

Es como procesar a Cristina cada vez que se desata una hecatombe nueva en el gobierno de Cambiemos. Lo hacen para desviar la atención, claro. Pero también lo hacen para pisarnos la cabecita, que ellos ven de un negro siempre pisable. Y sus ultrajes son pesados, pero nosotros tenemos la frente en alto, y eso se llama dignidad, y ahí sus botas no llegan.

Pero llueve, fuerte, desde hace un año. Más, de hecho. Perdimos tanto en 400 días que esta nota podría ser una lista extensa y penosa, pero lo resumiremos en algunas palabras: llegaron portando el hambre voraz de un nuevo neoliberalismo. Llegaron imponiendo el ritmo vertiginoso de las mentiras encadenadas, esas que sólo se sostienen con más mentiras frescas.

Un cascotazo, y vimos morir la Ley de Medios que parimos entre todos y todas. Otro cascotazo y vimos como miles de argentinos y argentinas se quedaban sin trabajo. Llovió muy fuerte el día que entregamos otra vez nuestra soberanía económica a los mismos buitres que habíamos logrado dejar con las fauces vacías, pero siempre sedientas de la sangre de nuestros pueblos. Y sangramos otra vez. Y ellos bebieron sin saciarse.

Y un 16 de enero Milagro Sala fue la revancha cínica de Morales. Su detención injusta, los apremios, los golpes, la humillación. Y ahí está ella, todavía. Quieren privarla de hacer lo que mejor sabe: ayudar a otros. Es que los dueños del mundo no toleran a las mujeres que se levantan entre las ruinas que ellos mismos esparcen y dan pelea. Les resulta insoportable que alguien dedique su vida a mejorar la de los demás. No sólo no lo entienden, sienten la irreprimible necesidad de acabar con eso. Estela y Hebe podrían dar cátedra de eso.

¿Qué los pibes disfrutes de piscinas y juegos en verano como si no fueran jujeños pobres? Qué locura. Si son eso, ¿no? Pibitos sin un peso, con padres sin un peso. ¿Cómo se le ocurre a esta mujer darles eso? ¿Cómo Milagro desafía la realidad puntillosamente edificada para que esos pibes sean pobres siempre? Luchar para que los que menos tienen no sean el combustible de la maquinaria siniestra que nos proponen los Morales, amigos de los Blaquier, no está permitido en el país donde sembramos memoria, y a veces cosechamos la injusta crueldad del olvido.

Nos quitan hasta los remedios para los viejos. Nos quieren hacer creer que eliminan privilegios, pero lo único que han hecho desde que llegaron es asesinar nuestros derechos en el callejón oscuro al que no quieren llegar las cámaras de los grandes medios. También nos dicen que vinieron para combatir la corrupción, mientras se nos ríen en la cara pensando en los millones que fugaron a paraísos fiscales.

La injusticia es así. La derecha es así. Vinieron a hacer lo que están haciendo. Vinieron por nuestros empleos, por el pan de nuestras mesas. Vinieron para callarnos, para sembrar el miedo, para reprimir cualquier protesta, cueste lo que cueste. Vinieron porque habíamos dejado de ser mansos, vinieron por los empoderados, que somos millones. No sólo vinieron para volver a vender el país por partes, vinieron por la dignidad de nuestro pueblo: ahí van dirigidos los cascotazos más pesados.

Milagro Sala, en su celda, nos enseña todos los días el valor de la resistencia, que sólo puede existir cuando las convicciones son sólidas. Ellos tienen los gases, las balas de goma, los palazos, los funcionarios insensibles y corruptos, los amigos poderosos que quieren apropiarse de la Patagonia. Ellos son aliados del hambre y el odio.

Desde hace más de un año exigimos la libertad de Milagro Sala. Lo cierto es que, ahora que lo pienso, aun allí en su celda, Milagro para su libertad siempre se bastó sola. Y esa libertad a prueba de tiranos es aire fresco entre el humo del incendio de esta patria, es un aire cargado de democracia, de dignidad, de justicia social, de amor. Llenémonos los pulmones de ese aire. Respiremos al ritmo de Milagro. Palpitemos junto a ese corazón que late por los otros, por todas y todos nosotros. Que su lucha sea el techo que nos cobije, aquel que destruyó la lluvia macrista.

Fuente: María José Sánchez | 24baires.com

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