Murió papá

fidelAbracémonos como hermanos. Lloremos juntos, lloremos fuerte: murió papá, compañeros. Reguemos con nuestras lágrimas los caminos que él trazó. Que con cada gota caída en tierra logremos hacer germinar sus ideas.

No tengamos vergüenza de nuestro dolor, que se ahorren la angustia quienes no saben lo que perdieron. Porque en esta guerra contra el hambre, la ignorancia y el Imperialismo, perdimos a nuestro Comandante, quien llevó sobre sus espaldas casi un siglo de feroz batalla.
En un mundo acostumbrado a generar desigualdad en cada vuelta, llegó un tipo dispuesto a frenar esa rotación perversa. A demostrarles a los dueños del planeta que nuestros pueblos son soberanos, que estamos autodeterminados a ser libres, y que en esa puja que cuesta sangre, no estaba dispuesto a rendirse jamás. Y jamás significó nunca y para siempre.
En una revolución se triunfa o se muere, si es verdadera, le escribió el Che a Fidel, una vez. Castro sobrevivió a todos sus asesinos: es que siempre supo que cumple sus sueños quien resiste. Y su sueño eran tan grande, que no alcazaba la noche para soñarlo, entonces tuvo que vivirlo. Y resultó ser el sueño más grande y puro de todos: el de la libertad de los oprimidos.
El mundo perdió a su Comandante. Pobre mundo, éste que nos queda.
Perdimos a uno de los padres de nuestra Patria Grande. Cada vez quedamos más huérfanos en estas tierras empeñadas en ser libres y soberanas, regadas de neoliberales y conservadores que sólo piensan en nosotros como esclavos de sus empresas para pocos. Ésos que sólo tienen una mano, y es derecha.
Me entristece profundamente, pero sé una cosa: por este mundo pasó un tipo como él, con ideas que cambiaron todo, que nos enseñaron muchísimo. Con una voluntad a prueba de fascistas y cobardes. Y esas ideas son inmortales.
Algunos dicen que no hay lugar para la pena. Es cierto que no tenemos tiempo para la tristeza, pero murió papá, hermano, hermana. Y este llanto no es de renuncia ni incertidumbre: es dolor, es pérdida irrecuperable. Porque ha fallecido el mejor de todos, el más grande. Murió el gigante que enfrentó a quienes decían que no podíamos educarnos, porque la ignorancia debía ser el caldo en el que nos criáramos. Peleó toda su vida contra quienes dijeron que estábamos condenados a morirnos por enfermedades que, en otros sitios, no mataban ya a nadie. Murió el gigante que desafió a quienes se creyeron durante décadas los dueños de las personas. A quienes nos sacaron históricamente de nuestras bocas el pan que nosotros amasamos. A quienes creían y creen que somos susceptibles a ser vendidos y comprados, como cosas.
Murió quien nos educó, enseñándonos que el analfabetismo es la mejor herramienta que tienen los poderosos para someternos. Y nos educamos.
Murió quien recuperó el pan, quien hizo que haya un médico dispuesto a tender su conocimiento solidario en cualquier lugar de este mundo. Y comimos, y sanamos.
Dale, Muerte, arrasá con todo, como siempre. Pero te aseguro que te quedás con casi nada, con un cuerpo viejo y cansado.
Nosotros nos quedamos con lo aprendido, que traza y alumbra el camino. Nosotros nos quedamos con la gloria de la perseverancia, del puño izquierdo apretado, alzado bien arriba, allí, donde flamean nuestras banderas. Donde aun aguardan nuestros sueños, esperando que tengamos el coraje de Fidel, y podamos de una vez y para siempre soñarlos despiertos. Hasta La Victoria Siempre, compañero Fidel Castro. ¡Viva Cuba! ¡Viva la Revolución!

Fuente: María José Sánchez- 24 Baires