Sobre suicidios

riquelme argentinosPara aquellos que continúan pasmados por el suicidio de Nisman, una novedad los hará seguir sintiendo que vivimos en estado de alarma: se retiró Juan Román Riquelme.
Encendidos y pretendidos puristas del fútbol, gente que cree que saber de un deporte es ir siempre a la cancha o citar estadísticas, refutadores de toda verdad con el pretexto de la pasión, lamentan hoy la pérdida del genial enganche de Boca.

Pareciera que con Riquelme se va algo que tiene que ver con “la magia”, con ciertos disfrutes, con una ética deportiva, con una elección sobre como jugar al fútbol que sólo Román podía entregar y que algunos refieren a otras épocas de este deporte.

Paradojas extrañas: aquellos que hoy lloran su retiro y lo pretendían un artista bohemio, el representante de cierta hombría de bien sobre el césped, han preferido convivir con clubes copados por barrabravas, dirigentes corruptos, politiquería chatarra, negociados a costa de instituciones centenarias. En un país del que se quejan de la inseguridad, prefieren ir en masa a estadios y ser tratados como ganado, hacer cola para sacar entrada, colas para entrar, cola para la reventa, ser registrados y golpeados por policías y por los hinchas “caracterizados”, meados, prepoteados hasta por los trapitos de la puerta. Alimentar el sistema que se devoró esa ética que acabó con aquello que algunos dicen que alguna vez fue un hermoso deporte.

Nadie se queja de eso. Nadie lo combate. O todos se quejan para seguir permitiendo que ocurra.

Digámoslo de una vez. Riquelme hace mucho que se había retirado. Tras sus años de gloria en Boca, de algún fugaz brillo a su regreso de Europa, eligió sentarse a descansar. Echar muchas culpas y no dar tanto. Su actitud de supuesto enfrentamiento hacia los dirigentes –hacia los dirigentes que no le pagaban lo que él quería- sólo podía contraponerse con inolvidables entregas de belleza futbolística dentro de la cancha. Sin embargo, Román jugaba cuando quería. Y quería o no quería según actitudes caprichosas. Ningún dirigente que lo hubiera aceptado a regañadientes en su club hubiera logrado atravesar favorablemente una reunión de comisión directiva en la que los millones que pagados a Riquelme no se hubieran correspondido con al menos, su presencia en la cancha.

Y a veces, sus presencias en el campo de juego se transformaban en largos minutos de inacción.

Sentido de la estrategia, saber leer el partido, saber jugar sin pelota. Frases repetidas por millones de personas, de periodistas deportivos que siempre reciben algo.

Pero la culpa nunca fue de Riquelme, sino de su circunstancia.
Circunstancia sobre la que nadie acciona, ni siquiera para omitir alimentar el negocio.

Y cuando algo no permite ser cuestionado, más que ante un razonamiento, estamos ante una religión.

Román, el símbolo de ese fútbol de barrio jugado entre amigos, no sólo no contaba con muchos amigos, sino que además, pretendía que se le pague como si estuviera jugando en Europa, pero con la permisividad argentina. Que se discuta para él una cotización especial del dólar fuera de todos los mercados. Como aquel niño malcriado que alguna vez se refirió a su madre, quería recibir mucho, y dar muy poco.

Román tampoco era muy afecto a los entrenamientos. Sus defensores arguyen que en otras épocas los jugadores se comían dos platos de ravioles e iban a jugar. No se trata de eso, sino de ser parte de un deporte que se pretende grupal. Estar. Compartir. Respetar al colega. Y Riquelme no quería estar demasiado.

La elección la hizo cuando no quiso más ser parte, cuando no quiso compartir ni respetar al colega. Ahí se retiró. Tal vez ese aspecto del fútbol no era para él.

Con los años, su actitud de capanga, de patotero de vestuario se fue incrementando. Su jerarquía como jugador nunca lo ubicó en la lógica del deportista por la invocación de algunas humildades que no se le reclamaban, y se transformó en un antilíder. Los directores técnicos no lo soportaban. Sobretodo por no poder disponer de él siempre, ni saber hasta último momento si iba a querer jugar el domingo.

Su aventura europea fracasó por esto mismo. Podría estar aún jugando en el Viejo Continente, o retirándose allí. Ahí lo tenemos a Maxi López, que pasa de club en club, y se ha mantenido durante años en las ligas europeas. Su decisión de volver a la Argentina es altamente respetable, pero de ninguna manera lo es el pretender que le paguen aquí lo mismo que en Europa sólo por tener –supuestamente- nivel internacional.

Una especie de manipulador de una prensa deportiva bastante permeable a todo tipo de maniobras y para nada cuestionadora: que la mamá sufría, que el hijo tal otra cosa. Riquelme se retiró hace años. Todo lo demás fue el merchandising de sí mismo, una logotipo mas en medio de la cancha. Riquelme no hizo mas que reclamar un espacio mayor en la maquinaria de un fútbol cada vez mas corrupto, en el que se juega mucho, rápido y mal a propósito y que se parece cada vez mas a los Titanes en el Ring que veíamos de chicos: un espectáculo arreglado, autoelogiado, inflado, dirigido a multitudes que deciden creer que Karadagián es capaz de ganarles a todos, que Peucelle es macanudo y que la Momia, en efecto, vino de Egipto. Y en esa lógica, Riquelme hacía del jugador bueno pero incomprendido, como Pepino el Payaso.

Si Riquelme le hubiera torcido el brazo a algún dirigente y hubiera seguido jugando, no asistiríamos a la victoria del fútbol, sino a más de lo mismo.

A esta altura, ya hay generaciones de chicos hinchas de algún club, que nunca vieron la camiseta real de ese club, escondida entre logotipos y sponsors, modificada por la marca que la fabrica una y otra vez porque esta marca tiene un solo diseño global de camisetas con franjas verticales u horizontales y el ancho de las franjas no estará determinado por la tradición del club, por el gusto de los hinchas, sino por lo que haya decidido un diseñador a miles de kilómetros del barrio donde está nuestro club y la intención de la marca de vender camisetas que nos transformen en una especie de hombre sándwich que difunde publicidad por las calles sin cobrar un centavo.

Y todos se vuelven locos por obtener “la última versión”, carísima, de algo que debería representar la puerta de entrada a esa tradición que luego exigen en la cancha.

Dicen que alguna vez el fútbol fue un deporte noble. Hemos asistido a décadas de reclamos para que vuelva a ser eso que alguna vez fue. En algún momento deberíamos darnos cuenta de que no va a ocurrir. De que es como es porque a muchos les conviene que así sea, ante un público que, en la búsqueda de sentir algo que nunca termina de ocurrir acabadamente ni de explicarse cabalmente, elige no pensar y tragarse ese cabaret generalizado que llaman fútbol.

Riquelme no se rebeló ante eso, sino a la tajada que le correspondía. A ser el que le roba al ladrón. Hay quienes dirán que fue suicidio. Otros señalarán a sus asesinos. Todos reclamarán en nombre de una ética por la que en realidad, no hacen mucho.

Fuente: Jorge Tesán para 24Baires