Elegía del turista

mardel_playa2_10769Llega enero y las ciudades balnearias se llenan de turistas. Los medios comentan acerca de la cantidad de personas que arriban, los restaurantes llenos, los teatros que estrenan obras, el dinero que gastan, el porcentaje de ocupación de los hoteles, la “invasión” de visitantes que dificulta la vida diaria y normal de quienes habitamos estas costas todo el año.

Pero nadie habla del comportamiento del turista no relacionado al consumo, sino a aquello que pretende encontrar en un lugar de veraneo. Si realmente descansa, si la vida que lleva en ese lugar es, en efecto, la vida que propone ese lugar, un promedio entre dos formas de vida o un conjunto de puestas en escena fácilmente disponibles en su lugar de origen si no mediara la distancia con aquellas tareas llamadas “obligaciones”.
“Yo, cuando me jubile, me vengo a vivir acá ¿eh?”, dice un visitante que parece contar con un lugar donde se vive mejor que donde vive todo el año pero al que recién va a venir a vivir cuando su cuerpo le comience a impedir disfrutarlo. Es como pasar privaciones económicas y tener una cuenta abultada en el banco, y nadie tiene la longevidad comprada.
El turista argentino, cuando va al interior de su país, intenta trasladar algo de su vida de las grandes ciudades. Por un lado quieren disfrutar de la tranquilidad que dicen no tener en sus lugares de todo el año, y por el otro, se juntan en restaurantes, recitales masivos, caminatas por calles atestadas de gente, etc. Se quejan si no encuentran lavaderos rápidos, deliverys, compran en los mismos comercios de su lugar de origen. Repiten que los “nativos” sobreviven gracias a que ellos pagan. No ocurre lo mismo cuando viajan al exterior e intentan asimilarse a la vida de ese lugar. Ser un ciudadano del mundo más, con diálogos como: “Estaba en el Deli Tissen de la cuarta y Park Drive…” “¿El que tiene el gorro de cocinero en la puerta?”, le preguntan, “Nooo!!!, ese es el de Central Ave. y la octava”, contesta como si fuera un habitante mas de esa otra ciudad.
¿Son tan buenos los lugares de descanso, o la gente que vive en las grandes ciudades ha transformado sus lugares de residencia en verdaderos infiernos a condición de poder encontrar un kiosco abierto a las dos de la mañana, y llamar a eso “civilización”?
Está probado que pueden haber ciudades de cinco, de diez millones de habitantes. Pero es posible que todos esos millones de habitantes en un mismo sitio no puedan vivir bien. En un punto, la vida diaria, desplazarse, abastecerse, esperar por todo, hace que la obtención de las cosas mas sencillas se transforme en un absurdo, que si bien haya una mayor disposición de ciertas cosas, el trámite para conseguirlas se convierta en un infierno en sí mismo. Somos gregarios, pero hasta un cierto punto.
Cada verano, cada fin de semana largo, mi barrio se transforma. Un sistema de vida, el de los visitantes, se superpone sobre el sistema de vida de los que vivimos acá todo el año. Reinterpretan lo que perciben como la vida en un lugar tranquilo, toman algo que vieron en alguna película e intentan reproducir esas normas. Cambian su indumentaria y apelan al jogging, al que consideran esa forma de andar en pijama sin que sea exactamente un pijama: reluciente, planchado, virgen. Como el patrón de estancia que se viste de gaucho para ir a vigilar a los peones. No tienen, como los que vivimos acá, estos perros mestizos y atorrantes rescatados de la calle, sino acobardados caniches toy o Yorkshire terriers a los que llevan con correas de colores y que ladran todo el tiempo. Muchas veces se les escapan, haciendo que el barrio se llene de cartelitos de búsqueda, o son presa de algunos perros de la calle. Tienen muchas llaves, hacen operativos para sacar el auto de la cochera, desconfían del que pasa por la puerta. Las señoras se ponen capelinas, usan una especie de batón muy abierto por debajo que dejan ver piernas entradas en grasas, estrías, bultos y várices que jamás mostrarían a la vecina del departamento con la que comparten pasillo desde hace veinte años. Andan en bicicleta con un andar recreativo y alegre como creen que lo hacemos nosotros, los granjeros de la zona. Hacen mucho asado, porque en donde viven no tienen parrilla y esta comida alcanza un nivel inaudito de sacralización: se pasan direcciones de carnicerías donde –dicen- venden la mejor carne porque el carnicero es una especie de sibarita, se pasan el nombre de este trabajador (“decile que sos amigo mío, decile”). Siempre hay un comerciante que trae los pollos desde cierto campo en Entre Ríos y otro que cría cerdos cerca de Laguna de los Padres “y hay que encargárselos”, se dicen como si fuera un secreto a guardar. Descubren y se recomiendan vinos:”Este Reserva González es suavecito, pero para el asado está fenómeno: veinte pesos.”. O se transforman en descubridores de alejadas fondas donde sirven el pescado mejor que en el más caro restaurante del puerto.
La pregunta es: ¿si son tan felices, porqué restringen esta felicidad a sólo unos pocos días en el año?, lo que lleva a la otra pregunta: Si en realidad ocultan que prefieren vivir todo el año entre apuros, embotellamientos, piquetes, paros de subte, etc, cuando dicen que eso que hacen durante el veraneo “es vida” ¿se están mintiendo a sí mismos y a los demás? En cuyo caso ¿por qué motivo lo harían?
Es cierto que nadie dice: “unos días así y ya es suficiente”, sino que todos se lamentan cuando deben partir
En uno de los últimos fines de semana largos, pasé por una de las casas de mi barrio que suelen estar vacías durante el año, y había gente habitándola. Habían puesto un auto sobre la trotadora del que salía música. Dos señoras bailaban y tomaban unos tragos. Sus maridos, sentados en los sillones del porch, charlaban y se reían, unos adolescentes bajaban de otro auto cosas de la playa. La escena feliz, es recurrente en tantas casas del barrio.
Pero parece que más allá de haber venido de la playa, la misma escena puede tener lugar en cualquier barrio de casas bajas, en cualquier lugar del país y en casi cualquier época del año, no así en uno de esos cada vez mas grises barrios de la Capital Federal y otras ciudades grandes, alfombrados de edificios y pavimento.
Tal vez como sociedad hemos elegido vivir de otra manera. Hemos sobrevalorado el departamento, la cochera, el subte a dos cuadras, el chino, el supermercado de cadena internacional, el no pisar pasto durante días, el levantar la persiana y que el paisaje sea el departamento del vecino al que también le servimos de paisaje, el reemplazar la felicidad por la meta conseguida y transformar nuestras vidas en engranajes que sostienen ese estado de cosas, a tal punto que nos sorprende entender que podemos ser felices viviendo entre esa especie de granjeros Ingalls que son los habitantes costeros que se pasan el año entre casas desocupadas, colectivos que no vienen y negocios tapiados. Se vive igual, muchachos, se vive igual.
Hay vida más allá de dilapidarla en objetivos que jamás hemos pensado como propios.
Algunos dicen que “no pueden vivir lejos de sus afectos”. Sin embargo, es la vida mas relajada la que permite un mayor contacto con esos afectos cercanos. Porque, más allá de los afectos inmediatos y esos amigos ocasionales, compañeros de trabajo en los que es imposible no encontrar coincidencias al compartir celda, un futuro pasado común y con los que llenamos ciertos vacíos, ¿con qué asiduidad se encuentran con primos, sobrinos, cuñados que viven en la otra punta de una ciudad de tres millones de habitantes? ¿Con qué asiduidad esas relaciones funcionan y se mantienen como tales?
O tal vez la cuestión pasa por con qué rellenar los días libres. Y todo el patetismo generado por aquellos que no pueden encontrarle un sentido a que la suerte les haya dado unos días sin tener que fichar en la gerencia de la fábrica de las cada vez mas sofisticadas bolas de hierro con cadena para atar los pies de los modernos esclavos, que hacen horas extras en la fábrica de las cada vez mas sofisticadas bolas de hierro con cadena para ganar mas dinero y comprar el último modelo de bola de hierro con cadena a la que hay que atarse para que todos nos admiren y trabajen cada vez mas para comprarse la próxima bola de hierro con cadena mas sofisticada.
La prosperidad, el progreso, no es sólo la satisfacción de dos o tres cosas que nos impusieron como un mandato que encima suena como libertario y superador de otros estados. Es mucho más difícil aventurarse en el pensamiento y determinar si en vez de cambiar el auto cada cuatro años queremos vivir pudiendo mojar las patas en un charco cada vez que se nos ocurra. Tal vez el turismo deje de ser tal el día que todos vivamos como queremos vivir.
Una de las fábulas con las que se ha adoctrinado la clase media durante décadas es la de la cigarra y la hormiga. La hormiga es la heroína responsable que acumula en el verano, que sacrifica la diversión, para consumir en el invierno.
No hay veraneo posible para la hormiga. El goce no está permitido para cierta gente.
En realidad, la astucia de la hormiga consiste, por encima de todo, en disfrutar del fruto del trabajo gracias a sobrevivir al sacrificio que se precisa para obtener ese fruto, y volver a empezar una y otra vez.

Fuente: Jorge Tesán | 24baires.com