Año nuevo

bebidas-para-el-brindis-de-navidadLa verdad, no tengo la culpa de haber nacido en esta sociedad occidental. No tengo la culpa de que, por costumbres que se pierden en la precisa noche de los tiempos, se festeje el comienzo de un nuevo año. Si a mí me hubieran dado a elegir, hubiera preferido nacer en una sociedad que no celebrara el año nuevo, mas bien en la que no hubiera año nuevo, ni viejo, ni nada. Simplemente, que los tiempos transcurrieran sin que el momento anterior determine al siguiente, en el no haya fines de mes a los que debamos hacer llegar nuestros sueldos, donde los hombres fueran hermanos y se dieran las manos. Pero mis padres, atados a las cadenas del nunca controvertido pensamiento que juzgo occidental, prefirieron vivir en el barrio de Flores, donde nadie abjura del año nuevo y peor aún, lo propicia.
Y bajo esa maldición, nací.

Pero además, para estas fechas, la gente viaja, se regala cosas, organiza comidas, consume. Y yo no quiero ser parte de ese vértigo consumista. Creo que si yo no festejara el año nuevo, una cuarenta millonésima parte de todo eso que se gasta para estas fechas, se ahorraría y sin duda se destinaría a los hogares de niños huérfanos.

Así que, ni bien abran las oficinas públicas tras los festejos, iré al Registro Civil a pedir que se me excluya del listado de gente que celebra el año nuevo.

Simplemente, no creo en el año nuevo.

No existe el año nuevo. Sólo es una invención de esta raza humana débil que necesita de estas cosas para encontrar alguna forma de orden a vidas sin sentido, a creer que el eterno devenir del sol de un lado al otro del día, determina algo. Es parte del pensamiento mágico.

No creo en su autoritario devenir, en su totalitaria forma de regir nuestras vidas, de separar etapas, de parcelar épocas y vidas.

En nombre del año nuevo se han emborrachado adolescentes, se han tenido relaciones no del todo consentidas, se han hecho fiestas feas, se ha vomitado, han volado ojos y dedos por la pirotecnia, y han discutido parientes entre sí.

Y ha habido masacres, si. El año nuevo está manchado de sangre.

Por eso, además, voy a iniciar acciones para que en las reparticiones públicas no haya almanaques. La Constitución Nacional no establece al calendario gregoriano como regente de cosa alguna. Por lo tanto, el Estado es a-anual y no puede privilegiar algún objeto de medición temporal por encima de otros.

Tampoco queremos almanaques en espacios públicos, ni relojes en campanarios, ni nada que establezca una preferencia en la medición del paso del tiempo por encima de otros métodos menos dogmáticos que no arrastren esa huella de crímenes, sangre e imposición forzosa.

Nadie nos preguntó si queríamos el año nuevo. Simplemente se nos impuso como una forma de colonialismo cultural de un Estado al que le convenimos obedientes y ovejunos. Una forma de adoctrinarnos desde la cuna.

No nos molesta que haya minorías que crean en esa superstición del año nuevo. Sólo que no intenten regir el pensamiento de quienes nos sabemos libres.

Todo es un ardid que nos separa de la verdadera sociedad de hermanos que deberíamos crear. Donde no haya banderas, ni fronteras, y se hable un solo idioma, que es el del amor.

Y que esos retrógrados, cretinos, pensadores mínimos, atavistas, imbéciles, subdesarrollados mentales comprendan de una vez que en esa sociedad, una vez arrepentidos, también tendrán su lugar.

Fuente: Jorge Tesán para 24Baires