Es el “mercado”, pavotes

barril petroleoEn las últimas semanas, una entidad bastante olvidada por la falta de protagonismo en el rumbo de la economía global volvió al centro de la escena. Se trata de nuestra querida OPEP. Quizá si nombro la Organización de Países Exportadores de Petróleo usted no tenga idea de lo que estoy hablando. Pero seguramente, si tiene la edad suficiente, recuerde el Rodrigazo. Es que la OPEP, en contadas situaciones, ha influido en las crisis económicas de los países subdesarrollados, sin ser la Argentina una excepción a esta premisa. No vamos a profundizar sobre la obvia importancia que tiene el petróleo no sólo en nuestra economía sino en todas las economías del mundo, sino que nos vamos a centrar en el desafío que nos presenta la coyuntura con respecto a la caída del precio del barril de petróleo.

¿Qué es la OPEP? Por definición (de ellos mismos), es un organismo intergubernamental creada para coordinar las políticas de producción de petróleo de sus 11 países miembros, con el fin de estabilizar el mercado internacional de los hidrocarburos, conducir a los países productores de petróleo a obtener un razonable retorno de las inversiones y asegurar el suministro continuo y estable de crudo para los países consumidores. La OPEP produce el 40% del crudo mundial y el 14% del gas natural.
Lamentablemente esa “estabilidad” en el mercado del petróleo fue alcanzada en un puñado de años bastante acotado. ¿Por qué nombre el Rodrigazo en un principio? Corrían los años 70. Los países miembros de la OPEP habían decidido dejar de exportar su producción a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra con Siria y Egipto en ese mismo año. Al haberse modificado las condiciones de venta en las que el petróleo fluía a bajos precios hacia las principales potencias industriales, como Estados Unidos, y el bloque Occidental europeo, se desencadenó a nivel mundial una fuerte inflación “importada” (producto del aumento del insumo base de la generación de energía) y consecuentemente una desaceleración del crecimiento industrial sostenido desde la posguerra. El precio del barril se triplicó, por consecuencia de la “oferta y demanda del mercado” –pasó de U$S 4 a U$S 12 de un día para el otro.
Europa, el principal mercado para la carne argentina, se volcó al proteccionismo como respuesta a esta crisis internacional generada por este aumento de precios, reduciendo así los niveles de consumo de todos los productos -entre ellos la carne-, e impactando sobre los ingresos percibidos por las exportaciones de nuestro país. El aumento en el precio del petróleo, también perjudicó a la Argentina, ya que se trataba de un bien que aquí se importaba. Este “shock” de precios provocó una fuerte salida de dólares que hizo caer el 66% de las reservas internacionales.
Un tiempo más tarde, ya con Celestino Rodrigo en el cargo de Ministro de Economía, se llevó un plan de ajuste descomunal respondiendo a la coyuntura de caída de reservas, conflictividad social, caída de los salarios reales y precios descontrolados. Paradójicamente (o no tanto), la primer medida fue ajustar el precio de la nafta un 181% de un día para el otro, y unos meses después otro 128% más. Esto aceleró la espiral inflacionaria ya existente.
En las décadas siguientes, más allá de conflictos varios entre los países miembros y países no miembros pero con más influencia que ellos (Estados Unidos o Rusia), el precio tuvo sus vaivenes pero no influyó sustancialmente en la economía argentina. Sin embargo, en las últimas semanas, la caída abrupta del precio del barril petrolero hizo sonar algunas alarmas en la Argentina. El “mercado” (si lo definimos como un grupo de 5 o 6 personas que deciden el precio de este commodity) posibilitó la baja del precio, dejando en la balanza países perjudicados y países beneficiados.
La primer alarma que sonó es la de Vaca Muerta. Mucho se dijo conque la inversión no sería rentable con este nivel de precio. Lo que estos “opinólogos” no saben es que el precio interno del petróleo está desacoplado con respecto al precio externo. Esto ocurrió con un proyecto del año 2007. Esto trajo una serie de ventajas: en primer lugar la garantía de los proyectos de inversión, y, además, la estabilidad en el manejo de los precios internos de los combustibles, ya sea para la suba o para la baja. En la actualidad, el precio desacoplado se define en torno a la referencia del crudo de “Medanito”, unos U$S 84.
La caída del precio internacional es notable, pasando de U$S 99 a U$S 56 en cuestión de días. La brecha entre el precio externo y el precio interno es del 66% en estos días. Esto lleva a un problema: ¿es necesario seguir manteniendo el (ahora) precio mínimo de U$S 84? La realidad es que se está estudiando la posibilidad de bajar el precio de referencia y, por consiguiente, el precio de las naftas.
El precio de la nafta siempre fue algo controversial en Argentina. Prácticamente todos los precios que observamos día a día están influidos en mayor o menor medida por el precio del combustible. Los medios de transporte lo utilizan para la distribución, o para el traslado entre fábricas, o entre comercios, etcétera. Desde un televisor hasta una prenda de ropa. En todo vemos, implícito, el precio de la nafta. Este año tuvimos una cantidad considerable de aumentos en el precio de la misma. Probablemente mayores que la inflación. Esto se debe a un reacomodamiento de los precios de, sobre todo, YPF, que maneja la porción más importante del mercado (YPF cuenta actualmente con el 56 por ciento del mercado interno de los combustibles, lo que resulta una referencia ineludible para el resto de las compañías operadoras, sobre todo si no son petroleras integradas en toda la cadena de la industria). Pero, cuando comenzó la caída del precio internacional del petróleo, dejó de haber aumentos, lo que en un contexto inflacionario podría significar que bajó el precio de la nafta en términos reales. Todo esto sumado a la desaceleración de la inflación que ya tiene lugar en nuestro país. Es necesario considerar que la nafta es un bien relativamente inelástico. Esto significa que el precio debe variar en una cuantía muy grande para modificar los hábitos de los consumidores y dejar de adquirirla, o consumir más de ella. Es por eso que se dice que aumentar el precio de la nafta repercute directamente en los ingresos totales de las estaciones de servicio, ya que muy poca gente dejará de cargar nafta ante este aumento. Al revés también ocurre igual, pero lo importante es saber que una baja en el precio de la nafta descomprimirá los costos de todas las empresas que utilicen combustible en alguna parte de la cadena productiva, además de ser un alivio a los bolsillos de los consumidores finales.
Una modificación a la baja del crudo local podrá redundar en un menor precio final de los combustibles refinados pero resulta clave que dicha baja no termine afectando a las inversiones para exploración y producción de hidrocarburos, lo cual, en el caso de los yacimientos no convencionales en Argentina hoy requiere contar con un precio del barril en torno a los 78-80 dólares, de acuerdo con análisis del mercado de hidrocarburos. Esto daría los márgenes de ganancia que los empresarios “necesitarían” para invertir. Sin embargo, el petróleo va a seguir siendo un bien preciado por las grandes empresas en el mundo. Por eso, algo que no se entiende (por la vía del “mercado”) es la baja del precio del barril mientras ese bien se hace cada vez más escaso en el mundo. No hubo un excesivo aumento de la oferta mundial como para explicar semejante caída. La lógica microeconómica nos arroja la idea que el precio debería subir. Pero, ya dijimos, ni el mercado ni la competencia perfecta existen. Sin ilusiones para explicar conceptos más profundos.
Otra pata importante son las provincias. Las provincias productoras también procuran preservar los actuales precios del crudo para no ver afectados sus ingresos por regalías y por ello el proyecto en estudio podría considerar una reducción de la carga impositiva que aplica la Nación sobre los refinados, como un modo de «repartir las cargas» entre las tres partes y viabilizar la baja en los precios en las bocas de expendio. Se considera que la actual carga impositiva sobre las naftas oscila el 40%.
También hay un “efecto alivio” en la balanza comercial. Sabemos que, principalmente por la gestión REPSOL, nos convertimos en grandes importadores de energía. Según la consultora Elypsis, la caída en el precio del petróleo podría ahorrarle al país 2700 millones de dólares. El cálculo surge de considerar «el precio anual ponderado de un barril de petróleo Brent a un año corrido hasta octubre de 2014 (US$ 106,5 para importaciones y US$ 105,9 para exportaciones) y proyectando para los próximos 12 meses un barril en US$ 60, el déficit comercial acumulado se reduciría en 2700 millones de dólares, desde US$ 6100 millones a US$ 3400 millones.
Todo esto a nivel Argentina. Pero el conflicto es geopolítico. La estructura global nos permite diferenciar entre ganadores y perdedores por la caída del precio del barril. Los beneficiados son los países que importan petróleo y los perjudicados son los que lo producen y exportan. Uno podría decir que es casualidad que cuando en Estados Unidos la inflación comenzó lentamente a acelerarse el precio del petróleo baja. Pero por ahora nos quedamos en eso, sólo en una “casualidad” del “mercado”.
Lector, no se impresione. No pretendo ni por lejos comparar el Rodrigazo con la actual caída del precio del petróleo. Sólo intento explicar que, estos falsos “mercados”, no consideran las situaciones coyunturales de los países, sino que detentan la política económica por intereses propios. Por eso, este desafío que se nos presenta en el plano internacional es un hecho económico pero también geopolítico. Lo que no tengo dudas es que lo sortearemos de la mejor forma, siempre con la cabeza fijada en el empleo, la producción y el sostenimiento de la calidad de vida de todos los argentinos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Juan Ignacio Fulponi |24 Baires