Memoria de la implosión

diciembre de La Rúa represión Hace 13 años Argentina implotó. La larga mecha siempre encendida que terminaba –como suele suceder- en los barriles de pólvora que eran el hambre y la paciencia, finalmente se consumió del todo. Y estallamos, de todas las formas posibles.

Y nos mataron, regaron con nuestra sangre las plazas de la patria, porque tiraban a eliminar. Porque no estaban para cuidarnos, el pueblo no era prioridad: si querías proteger de los balazos a los pibes de un comedor, ligabas un plomazo en la garganta, como le pasó a Pocho Lepratti, por ejemplo. Pero para ciertos diarios era la “Crisis” que mataba argentinos, no quienes estaban en el poder en ese entonces: “La crisis costó 25 vidas, en 9 de Julio y Av. De Mayo un muchacho cayó muerto con una bala en el cuello”, dice el Clarín del 21 de diciembre de 2001. No De La Rúa, no Cavallo, que con sus políticas neoliberales alineados al Imperio yanqui hambreaban a la inmensa mayoría, no la represión maldita que avalaron.

Era la Crisis que nos asfixiaba, que nos quitaba el trabajo y el pan de la boca, claro. Porque en esa época oscura de dolor, aun mucha gente pensaba que lo que salía en los diarios era la realidad, que sus letras de molde estaban imbuidas de certezas. Y para proteger a quines ellos mismos habían apuntalado hasta el Gobierno, nos mentían con esa crueldad que ahora tan bien conocemos. Porque cuando Clarín ponía en tapa que la Crisis había dejado más muertos, esas palabras impresas también chorreaban sangre y culpabilidad. Lo sabemos ahora. Hemos recorrido un largo camino, hemos aprendido mucho, porque hemos aprendido a reconocernos.

Han pasado 13 años de esos dos días de fuego, del miedo, de la desesperación. Pero lo que empezó un 19 de diciembre no terminó tan rápido, haría falta más tiempo. Llegó al gobierno, al final, uno que es conocido por apagar los incendios con nafta, cuando le conviene que todo se consuma, aunque había cínicos que lo llamaban “piloto de tormenta”. Todavía faltaba para empezar a enderezar nuestro rumbo, para empezar a creer en nosotros, para darnos cuenta que no sólo podíamos lamernos las heridas, sino que podías intentar sanarlas. Y porque nuestras llagas son históricas, había que empezar de nuevo. Ya nos habían mal vendido a pedazos, había que recuperar lo nuestro.

En parámetros históricos es muy poco tiempo el que pasó desde aquellos dos días, de esa semana con cinco presidentes, del desconcierto permanente. Pero mirá para atrás, fijate dónde estabas vos, tu familia, tus amigos. Recordá cómo estabas, recordá como la pasaba la mayoría y fijate dónde estás ahora, y mejor aun, miremos más allá de nuestra nariz y nuestro entorno. Es un sabio ejercicio y se llama Memoria. Y es nuestra mejor herramienta para no volver atrás, para reconocer a quienes nos dejaron aun más debajo de la lona, verlos y escucharlos ahora, con las mismas recetas, haciendo lo imposible por volver.

Nosotros venimos desde la desesperación, desde la locura de no saber qué va a ser de nosotros mañana, de la panza vacía y los puños pelados de golpear puertas que no se abrían, de ahí venimos. De las horas y horas de fila por un puesto de trabajo que nunca te tocaba a vos y si te tocaba, tenías que bancarte la flexibilización laboral de la Alianza porque detrás tuyo había miles esperando. Y Memoria es eso, saber de dónde venimos, valorar a dónde hemos llegado y saber que el único camino posible es seguir avanzando, porque no podemos retroceder, por nosotros, por nuestros padres, por nuestros hijos, por los muertos de las plazas, no podemos volver a ese pasado reciente de angustia, no podemos dar ni un paso atrás.

Fuente: María José Sánchez para 24Baires